ARTE

Anémicas muestras colectivas

 

Las muestras colectivas son todas diferentes. Están los salones nacionales y municipales donde la integración de los jurados suele estar conformada por personalidades disímiles en el momento de adoptar criterios valorativos, con temperamentos también disímiles capaces, unos, de imponer sus criterios o simplemente dejar, otros, que decidan los demás para no crispar el intercambio de ideas. Al no tener en cuenta estas circunstancias (si son críticos o artistas conocedores y frecuentadores de la actividad artística local e internacional, o simplemente tienen referencias informativas) es que se producen los equívocos al tratar de entender los fallos de un tribunal. Pero el simplismo y el despecho (al ver rechazados los amigos o no haber sido elegido miembro selector) obnubila las apreciaciones y las desvaloriza por inconsistentes. Son incapaces de entender que en los salones nacionales debe predominar un criterio más amplio de aceptación que en los restantes y, sin claudicar de la exigencia, flexibilizar los opiniones contrapuestas de un jurado heterogéneo, así como la permanencia de algún miembro a través de las diversas ediciones que establezca un nexo comparativo entre las mismas. El problema es sin duda, complejo, aunque es patético escuchar o leer las objeciones provenientes de partes interesadas que no suelen ver más allá de su propio ombligo.

Luego están los salones realizados por instituciones particulares centrados en una técnica o temática específica, como imposición de determinado formato o limitados a ciertas franjas etarias, preferentemente jóvenes. Curiosamente, no se ha establecido todavía un certamen para la creación a secas, independiente de la edad biológica del artista (aunque los salones oficiales lo sean). A veces la orientación pertenece a un solitario curador (proliferan con esta designación las más ridículas y aberrantes exhibiciones, sin sospechar lo que significa) o a un jurado minoritario de integrantes con formación similar. El resultado es más coherente, aún en la discrepancia final. Claro está que actúan resortes imponderables derivados de las remuneraciones establecidas (para concursantes y jurados) y del destino de las obras premiadas. No aceptar esta diversificada situación, analizar cada caso en particular, es no entender los códigos establecidos en la sociedad actual uruguaya. Claro que lo ideal es un jurado único, responsable de todos sus actos, en el acierto o en el error.

 

IV muestra de profesionales

El profesionalismo del certamen se refiere a los afiliados a la Caja de Jubilaciones y Pensiones Profesionales Universitarios que en esta edición se amplió a los egresados universitarios no afiliados. Así se anotaron arquitectos, economistas, psicólogos, licenciados en diseño gráfico, bibliotecnia y ciencias de la comunicación, médicos, odontólogos y hasta ese inefable título de creador plástico que otorga el Instituto Escuela Nacional de Bellas Artes.

El nuevo edificio de los profesionales, en Colonia y Yaguarón, es de un rastacuerismo arquitectónico posmodernoso, con una espacio interior plúmbeo y sepulcral en el abuso indiscriminado de mármoles oscuros y un diseño convencional. El lugar del certamen, un corredor mirador en el piso décimo catorce, es totalmente inapropiado para la luz del día que compite con la errática iluminación artificial dispuesta sobre los paneles que sostienen los cuadros. El jurado (Jorge Abbondanza, Alicia Haber, María Luisa Torrens) desempeñó bien su labor y consiguió formar un conjunto honorable, aunque no pudo evitar la anemia imaginativa de la mayoría. El Gran Premio Adquisición (tres mil dólares) recayó en Juliana Rosales por obras de impresión digital, aunque está muy lejos de su excelente muestra unipersonal de la temporada en el Centro Municipal de Exposiciones con trabajos en la computadora donde evidenció un dominio sensible de la técnica. Al detener, para imprimir, un aspecto de la secuencia, se pierde la fluidez expresiva. Es probable que el jurado haya tenido en cuenta este antecedente al premiarla. Tres primeros premios (mil dólares cada uno) fueron para el fotógrafo Carlos Costa, un registro despojado y en color del paisaje costero, la pintura en blanco y negro de Diego Masi, con imperfecciones en los detalles no aceptables en esquematismo cinético dependiente de Julio Le Parc, y Claudia Ganzo, acuarelas estructuradas en composiciones minimalistas que disimula la endeblez y vetustez de su propuesta demostrada en el Instituto Goethe hace pocos meses.Tienen interés las xilografías de María Carmen González Fernández con recursos que se aproximan a la anamorfosis, los paneles narrativos de Ana María Dolder que si en su conjunto resultan atractivos cada vez más se advierten la flojedad de su dibujo, las fotografías de Mario Spallanzani que alguna vez fue un niño prodigio junto con José Gamarra. Las esculturas y cerámicas son apenas ejercicio de taller, incluyendo a Andrea Filkenstein que perdió el empuje de hace un par de años, mientras Alvaro Gelabert al fragmentar la instalación que hiciera en galería Del Paseo resiente su contundencia. El arquitecto Francesco Comerci, autor de la plaza sobre el Palacio Legislativo, evidencia su escasa autocrítica en una pintura acrílica que debió quedar en el taller. Una de las menciones honoríficas fue para Diego Lev Asaravicius, en un viejo procedimiento de pintar, cortar y levantar partes del cartón del soporte, propio de los informalistas de medio siglo atrás. Lo alarmante es la hojita que oficia de catálogo, indigna de cualquier salón. Nada profesional, por cierto.

 

Dibujantes inmovilizados

Eppur si muove (y sin embargo se mueve) designa una selección de dibujantes uruguayos tan arbitraria en los nombres como en las fechas de realización (que no están señaladas). La referencia a la frase de Galileo apunta a la vigencia del dibujo que nadie osaría contradecir. Lo que se nota es la ausencia de criterio. Aquí se mezcla pintura y dibujo, sin advertir la especificidad de ambos lenguajes, aunque las fronteras se hayan diluido en la actualidad. Pero Carlos Musso tiene dibujos-dibujos más demostrativos que la pintura dibujada que lo ejemplifica, de la misma manera que Pilar González o Renzo Vayra. Marcelo Legrand fue y es un formidable dibujante posterior al retrato de la primera época enviado a los salones municipales y aquí elegido por razones que la razón ignora y hasta Alvaro Amengual podría haber evitado esos espacios escenográficos románticos cuando su talento para la línea pura, junto con Ricardo Lanzarini (un ausente notorio), lo sitúa entre lo mejor de su generación. Están demás la mediocridad del insoportable comunicador televisivo Tunda Prada, la pobreza de la acuarela de Rita Fischer, en un terreno que no es el suyo. El acierto radica en Alvaro Pemper, la más intensa obra de la muestra y de la carrera del artista: cuando evita escorzos imposibles y plantea con sencillez compositiva su trazo adquiere una sensualidad ondulante muy convincente, sin forzar el erotismo que surge desde dentro y no exclusivamente de la representación. Con los grabados de Rembrandt, los dibujantes uruguayos podrán observar (con lupa) el lugar de la línea que es sólo un prodigio técnico sino que está al servicio de ideas complejas que conforman su mundo plástico.

En el prólogo del catálogo, siempre cuidado en su diseño e impresión, se hace una bienvenida crítica y autocrítica al «lenguaje inextricable» y a la «retórica» «gratuitamente pomposa y vacua» que «no cumple su objetivo comunicador por limitaciones varias», pero es difícil que lo tengan en cuenta y modifiquen el rumbo de la escritura. El dibujo es el arte de pensar con la línea decía Paul Val

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