Los idus de marzo
Aunque con criterio rigurosamente científico pueda afirmarse lo contrario, es indudable que la propia mitología es una vital fuente del conocimiento, por cuanto, más allá de la ficción, suele contener algunos de los rasgos identitarios más característicos de la cultura de los pueblos.
Esta disciplina a menudo controvertida, se alimenta de las tradiciones, las presuntas glorias del pasado y la exaltación de valores de rango universal.
En nuestro país, los ejemplos de mitificación de los hitos históricos de diversa naturaleza son ciertamente abundantes: la hoy extinta Suiza de América, la mentada cultura europeísta, la supuesta invulnerabilidad de la democracia representativa, la inmortalidad de Carlos Gardel y hasta la proeza deportiva de Maracaná.
En efecto, la mayoría de los procesos fundacionales de las naciones se han construido sobre los cimientos del pasado, apelando habitualmente a referentes capaces de generar multitudinarias adhesiones: legendarios próceres, héroes cargados de condecoraciones, líderes políticos, guías espirituales, militantes sociales, artistas, mártires o supuestos profetas.
Una lectura muy detenida de la historia conocida nos permite inferir con meridiana claridad que el poder es, en definitiva, una suerte de construcción colectiva.
No en vano, desde los albores de la humanidad, las colectividades han sido siempre gobernadas por reyes, tiranos o presidentes, entronizados por la fuerza o la voluntad de los consensos.
Aunque esta tendencia a depositar la soberanía del cuerpo social en instituciones o personas pueda devenir en excesos y frecuentes ejercicios autoritarios, no se conocen modelos de organización humana disociados del fenómeno del poder en sus más variadas modalidades.
La Roma antigua auténtico centro del mundo de la antigüedad es un buen ejemplo para interpretar la cultura del poder y las experiencias de expansión imperialista.
Esa civilización, tan paradigmática como controvertida, tuvo, como otras, algunos personajes referentes que marcaron su historia y coadyuvaron a edificar su pasada gloria.
Uno de ellos fue Cayo Julio César (100-44 A.C), militar y político, cuya actuación pública durante el período agonizante de la república contribuyó a edificar los cimientos del futuro sistema imperial.
Nacido en una familia de buena posición social, Julio César desarrolló un prematuro interés por la política, inspirado por su tío Cayo Mario. Este lideraba al partido popular, que apoyó reformas agrarias a las que se oponían los aristócratas.
Cuando Lucio Cornelio Sila fue designado dictador, César abandonó Roma. Al regresar a la Ciudad Eterna tras estudiar retórica en Rodas, era ya un orador muy persuasivo.
El joven construyó una meteórica carrera política, siendo elegido cuestor y edil curul, cargo en el que obtuvo una entusiasta popularidad.
Cuando regresó a Roma después de haber ejercido la gobernación de Hispania, César se unió a Craso y Pompeyo para formar el primer triunvirato. Con el apoyo de sus aliados, fue elegido cónsul y nombrado gobernador de la Galia.
Durante siete años, Cayo Julio César dirigió la exitosa campaña militar en las Galias, al final de la cual el poder imperial romano se extendió al centro y norte de Europa.
Muerto Craso, un encarnizado proceso de lucha por el poder le enfrentó a Pompeyo, a cuyas fuerzas derrotó en Farsalia, Grecia.
César controló toda la península itálica, tomó Hispania y sometió a Asia Menor. Instaló a su amante Cleopatra en el trono de Egipto y regresó a Roma ungido como dictador.
Pese a que según la constitución republicana la magistratura dictatorial podía ser desempeñada por sólo seis meses en una situación de extrema gravedad, Julio César retuvo el poder en forma vitalicia hasta su trágica muerte.
Durante su gobierno, estableció un vasto programa de reformas, eliminó el corrupto sistema de impuestos, amplió la ciudadanía romana, reorganizó las asambleas e incrementó el número de los senadores.
Víctima de una conspiración inspirada por varias familias senatoriales que temían que se entronizara como rey, César fue asesinado en el propio senado el 15 de marzo del año 44 A.C.
La opinión de los historiadores está dividida, entre quienes le consideran un tirano inescrupuloso y verdugo de la república y los que valoran sus logros y reformas.
Sin embargo, en lo que existe consenso es que fue una personalidad descollante de la antigüedad, dotado de inteligencia, talento político e indiscutidas cualidades de estratega militar.
En «Los idus de marzo», el ya fallecido escritor norteamericano Thornton Wilder construye un revelador ensayo en torno al poder, la ambición, la deslealtad y la traición, que trasciende al mero propósito de la novela histórica.
Este libro de reciente reedición pero escasa difusión local, comporta un vasto friso de la Roma antigua, con todos sus esplendores, miserias y contradicciones.
El propio autor confiesa que su propósito no fue encarar una reconstrucción histórica, sino elaborar una ficción con sustento real sobre determinados personajes y acontecimientos de la agonizante república romana.
Aunque para la concepción de su obra Wilder apeló a profusas fuentes de información, los documentos contenidos en este trabajo son fruto de la imaginación del autor, a excepción de los poemas de Catulo y la página final, extraída de «La vida de los césares», de Suetonio.
El ensayista elabora su obra a partir de la subordinación de las circunstancias históricas a la verdad artística, partiendo de la hipótesis que muchos de los escritos consultados falsean o tergiversan la realidad por propósitos de mero oportunismo político.
Renunciando deliberadamente a la estructura de la novela convencional y apelando a la comunicación epistolar, Wilder se interna en los oscuros laberintos de la agonizante Roma republicana.
En ese contexto, el investigador recrea el marco social y cronológico previo al asesinato de Julio César, que fue muerto de veintitrés puñaladas en el propio edificio del senado.
Despojando a su obra de tonos discursivos, el escritor reconstruye minuciosamente la escena social y política de la época, en un momento de tensión y enfrentamiento.
Las cartas, mensajes, escritos, coloquios y discursos contenidos en este trabajo, resultan testimonios reveladores de una sociedad que transita momentos cruciales de su esplendorosa pero caótica historia.
Desde los primeros textos que se sitúan en tiempos no siempre coincidentes con la realidad, el autor ensaya una profunda lectura en torno a la soledad del poder que aqueja a Julio César, que era el hombre más poderoso del mundo conocido.
Por entonces, el dictador y supremo pontífice comenzó a experimentar la inquietud e incertidumbre de saberse cercado por sus enemigos, que preparaban una silenciosa conspiración para derrocarlo.
El relato, construido mediante fragmentos que reproducen supuestos diálogos entre los personajes, desnudan las sórdidas intrigas, la corrupción y frivolidad de la alta sociedad romana. Mientras elogian al dictador hasta límites intolerables, muchos preparan su muerte.
Ocultando sus permanentes ataques de epilepsia para evitar que su imagen pública se deteriorara, Julio César intenta sobrevivir a la conjura en preparación, sin lograr identificar bien a sus aliados y enemigos.
En los primeros escritos contenidos en este libro, el hombre fuerte de la Roma republicana insinúa agudas discrepancias con el clero, deplorando los malos augurios que suelen jaquear el pleno ejerc
icio de su poder.
Aunque las referencias no son ciertamente explícitas, la percepción de la Roma antigua habilita oportunos parangones con algunos sistemas autoritarios del siglo XX, que ritualizaron grotescamente los antiguos modelos imperiales.
En toda la obra se percibe la agonía de la república, a partir de la rivalidad y el enfrentamiento entre poderes, situación a la cual parece estar absolutamente ajeno el pueblo.
La pluma de Thornton Wilder transita los paisajes de una sociedad clasista y autocrática, donde el propio patriciado dirime sus diferencias, ambiciones y apetitos de poder.
Entre vidas licenciosas, ocio consuetudinario, escándalos, prácticas inmorales y murmuraciones, el autor construye la arquitectura de una clase de elegidos por el destino, que se asume protagonista de la historia y el centro del mundo antiguo.
Durante toda la narración, una controvertida familia prepara una ostentosa cena a la cual nadie parece querer concurrir, porque debería reunir a todos los enemigos bajo el mismo techo. Abundan las cavilaciones, excusas y pretextos, para no participar de ese tinglado de odios y subterráneas conspiraciones. Mientras la segunda esposa de César, Pompeya, padece la inestabilidad emocional de su marido, el propio dictador reflexiona en torno a la religión y sus angustias existenciales.
El autor pincela con elocuencia la tensión del momento, cuando describe las actividades de la policía secreta de César, que desarrolla minuciosas operaciones de espionaje procurando identificar a los conjurados.
Thornton Wilder describe las intrigas en preparación para aguardar el arribo de la reina egipcia Cleopatra a Roma. El propósito de la soberana es visitar la capital del mundo en compañía del hijo bastardo del propio dictador, lo que generará naturales controversias.
Para anticipar el advenimiento de la trágica muerte de César, el ensayista y novelista transcribe numerosos volantes que incitan a
la insubordinación contra el gobernante.
El escritor entrecruza diálogos, mensajes, intimidades, discursos, declaraciones, reflexiones y manifiestos públicos o privados, todo lo que nutre de tensión y expectativa la escena del fatal desenlace.
Con lenguaje poético pero a la vez explícito y despiadado, Wilder construye un revelador ensayo en torno al poder, el autoritarismo, el odio, la corrupción, la mentira, la deslealtad y la traición.
Personajes como Cicerón, Cornelio Leponte, Clodio y Clodia Pulcher, Catulo, Marco Junio Bruto y la propia Cleopatra, son figuras representativas de un tiempo de soberbia, ambiciones desmesuradas y confrontaciones viscerales.
Soslayando todo propósito de reconstrucción cronológica de la historia, el autor opta, en cambio, por abordar una profunda observación de conductas humanas, desenfrenadas pasiones, mezquinos sentimientos y frivolidades, en una sociedad consumida por la ambición y la decadencia moral.
(Emecé Editores)
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