Los caminos de la fe
En su haber cuenta con títulos que ya han conquistado al público lector desde su inicial libro de cuentos Libros y perros (1975), o Trampas de barro (1983), hasta sus novelas ¡Bernabé, Bernabé! (1988), La fragata de las máscaras (1996), o A la sombra del paraíso (1998). En diálogo con LA REPUBLICA Tomás de Mattos habló sobre su nueva obra, aportando su visión sobre la novela histórica y el actual resurgimiento de autores nacionales en el mercado uruguayo.
¿Cuál fue la motivación inicial para atreverse con un personaje como Jesús?
Las razones son de vida. Yo, al optar por temas históricos que no conozco directamente, me veo obligado a tener que leer para poder novelar. En cambio en este caso diría que la relación con el personaje es muy anterior al proyecto de la novela, a pesar que este proyecto es viejo. En el primer reportaje que se me hace en el año 1975 con motivo de Libros y Perros aparece la mención del proyecto de la novela sobre Jesús. Diría que debe ser la primera novela proyectada. El tema creo que era necesario. Yo quería leer, y tuve que escribirlo, una novela escrita por un creyente con técnica contemporánea. Porque el hecho es que si uno mira el Siglo XX no hay, que yo conozca, más que dos o tres novelas escritas por católicos, y católicos muy especiales. Por ejemplo, Anthony Burges, el autor de La Naranja Mecánica, que escribe una novela sobre la vida de Jesucristo, que en definitiva me parece es una novela realizada por encargo, porque no noto para nada los dilemas éticos que plantea en La Naranja Mecánica, la inquietud, el fervor que tiene allí. Burges hace una novela que es casi una sucesión de estampas. Las novelas ambiciosas escritas sobre Jesús son escritas o por judíos, como el caso de Simón Asch, o después José Saramago con El Evangelio de Jesucristo, Kazantzakis con «La última tentación de Cristo» y con Cristo de nuevo crucificado. Yo necesitaba novelar a Jesús desde un punto de fe, porque en estos autores en definitiva se soslaya o menoscaba la posibilidad de que verdaderamente Jesús tenga razón que pueda ser Dios. De alguna manera lo que quería analizar, en brutal esquizofrenia, es que uno puede imaginar la coexistencia en un único yo, en una única persona de dos naturalezas completamente diferentes, dos entidades diferentes. Cómo se podría haber procesado, y empiezo a darme cuenta que en definitiva el punto de partida era el mismo de la espiritualidad carmelita, es decir que Jesús comienza siendo un hombre y sigue siendo un hombre a lo largo de toda su vida terrestre, que no tiene evidencia en el comienzo de su condición de vida, que es un Dios hecho hombre. O sea, que es un hombre cuya conciencia va a ir progresivamente avanzando en el sentido de que es Dios. Una posible lectura para el creyente es esa: es Dios. Para el no creyente, es que en realidad se trata de un alucinado.
Quería recrear la autoconciencia de Jesús partiendo de la base de su plena humanidad y su progresiva revelación. El relato de su madre, de lo que había sucedido en el nacimiento, el bautismo cuando comienza su vida pública más allá de los 30 años, el milagro de Canas, la transfiguración, la tentación, la vuelta de los infiernos de Lázaro. Esos temas, que progresivamente de algún modo van completando el rompecabezas y develándole a él mismo el misterio de su herencia de hijo de Dios. Esa es una lectura para el creyente, y me parece que era fundamental para acercarlo, tratar de acercar a Dios hecho hombre. Toda la tradición de la literatura mística es la inefabilidad de Dios, el Dios impredecible, infinito, que no se puede de ningún modo abordar, pero sí podemos abordar a Jesús.
¿En qué cambió la visión primaria que usted tenía de Dios y Jesucristo al terminar la novela?
Cuando comencé a redactarla estaba en la misma visión que estoy hoy. Durante toda mi vida, desde los 15 años, hasta los 53 que empecé el libro, pasé por muchas etapas de dudas, pero nunca dudé de la existencia de Dios. La fe es vencer la duda, una duda que se siente como el coraje, que no es la ausencia del miedo. La fe es exactamente lo mismo, es un coraje, un acto del corazón. Durante todos esos vaivenes en realidad lo que tenía era un problema con la bondad de Dios, con la omnipotencia, o la presencia del mal o el sufrimiento del mundo donde se dice, o Dios no es omnipotente como creemos y consciente el mal y el sufrimiento y entonces no es bueno, o es bueno, bondadoso, pero es un aprendiz de brujo y no puede controlar su creación. El tema es superar esos dos grandes obstáculos para la fe. Aún en los momentos en los cuales no me llevaba bien con Dios padre me llevé bien con Jesús, lo veía como un modelo de conducta, como un hombre ejemplar.
Fin de la novela histórica
Desde que apareció «Â¡Bernabé, Bernabé!» se lo ha catalogado como un escritor de novelas históricas. Un género literario que a veces se lo ha tomado como un subgénero. ¿La novela histórica tiene vigencia hoy día?
Se está tendiendo a agotar el proceso de la novela histórica. Con la particularidad de que hay en estas novelas históricas muchas gamas, y la novela de Mario (Delgado Aparaín, «No robarás las botas de los muertos») para mí es mucho más que una novela histórica. Basta ver las librerías para darse cuenta que ha desaparecido, o está mermando a nivel mundial. Es decir esas colecciones de novelas históricas que se han lanzado en el mercado extranjero hoy en día no tienen venta como lo tuvieron en determinado momento, lo que ocurre es que muchas novelas que son consideradas históricas en Uruguay, en la medida que hay una reconstrucción de la historia, son novelas que toman a la historia como pretexto.
Como punto de partida para desarrollar una ficción.
Ahí está, como apoyo para ir a otro tipo de cosas, a problemas que están más allá de lo histórico, que son actuales porque siempre han estado. Uno puede ir a buscarlo al pasado para poder analizarlos con mayor ecuanimidad, con menos pasión, anestesiando los sentimientos de pertenencia que alienta a cada uno, el autor y el lector. Para mí «Â¡Bernabé, Bernabé!», es una novela hija de la Ley de Caducidad: el tema de la impunidad, que era el gran tema que se debatía en ese momento, y la segunda versión es también una profundización de ese análisis con un distanciamiento de ella que permitía ver la responsabilidad civil y no sólo la responsabilidad militar.
Por lo general se emparenta a los temas de la novela histórica con los ocurridos en el siglo XIX y quizá principios del XX. ¿Pero el novelista no debería ocuparse de otros períodos históricos como por ejemplo la última dictadura militar que marcó dramáticamente el siglo XX?
¿Usted podría novelar la vida del canciller Blanco? ¿Y si la novelara, cómo es leída? Creo que estamos demasiado cerca como para poder analizar sin entrar en una polémica crispada y violenta.
Sería mucho más difícil despegarse de los sentimientos personales…
Exactamente. Yo no lo podría hacer.
Libros y antidepresivos
En los últimos meses ha habido cierto resurgimiento de autores nacionales que han publicado libros en diferentes géneros. ¿Cómo ve este fenómeno?
Creo que se está dando algo que Mario Delgado Aparaín lo anunció con mucho optimismo, que es la madurez de nuestra generación, y por supuesto con los aportes de la generación del 45.
Pero eso se contrapone con que popularmente se afirma: la gente no lee.
Hay un viejo librero que comentaba el singular e inesper
ado éxito que tuvo la Feria del Libro de este año, que a muchos nos merece tantos reparos respecto a su localización, a su organización. Que tuvo una venta llamativa cuando era todo el período de la crisis bancaria, y con la creciente desocupación y la merma de ingresos que hay. Este librero, parodiando a un título escrito en Norteamérica que se llama «Platón y Prosac» (el nombre de un antidepresivo), decía que estaba visto que en los tiempos que vivimos las dos mercancías que tienen futuro son los antidepresivos y los libros.
Es la única explicación para que uno vea los esfuerzos sobrehumanos que hacen muchas veces los lectores para adquirir los libros. Desde compras colectivas y concertadas, yo compro este libro y tú compras ese, y después nos los prestamos, hasta sacrificios conmovedores.
Como por ejemplo idear fórmulas para lograr la financiación del libro con entregas anticipadas, o manifestaciones que han tenido algunos autores de gente que les han dicho: dejaré de comer pero su libro lo voy a comprar. No es mi caso pero sé de amigos que han recibido ese mensaje. *
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