Shakespeare como historieta
Fuera de concurso, más por tontería que por irreverencia, está el admiradísimo «Hamlet» de Ricardo Bartís, con las manzanas chorreando su jugo sobre la amplia frente de Pompeyo Audivert y Laertes intentando forzar a su hermana contra un piano.
Algunas dificultades de los textos clásicos hacen dudar a los directores; las ideas de aquellos dramaturgos encajan mal con nuestros pensamientos corrientes; pronto se decide fabricar un artefacto ad hoc al que se protegerá con denominaciones como «colage», «féerie», farsa, «divertimento» o, la última, «mirada». En este caso se le llama un «cuento», es decir, «breve narración de sucesos ficticios y de carácter sencillo, hecha con fines morales y recreativos» (diccionario de la Real Academia Española).
La obra, en esta puesta en escena de Héctor Manuel Vidal, es unidimensional. Se trataría de «… las aventuras y desventuras de un joven príncipe que debe huir de un poderoso vecino…». Así simplificada, «Pericles, príncipe de Tiro» recurre a los títeres, al vestuario multicolor, a lo «medieval» (sic), al «grotesco felliniano» (sic), a una «onda un poco oriental» (¡síííc!), a luces robóticas y hasta a la máquina de humo de los rockeros: en suma, a todo lo que no es teatro.
¿Es la obra de Shakespeare, aún la versión reconstruida que nos ha llegado, tan poca cosa que no pueda producir sino una historieta, una de esas superproducciones que tanto prodiga la Comedia Nacional, trátese de Shakespeare y Molière como de Vacarezza («El conventillo de la Paloma») y Dino Armas («Queridos cuervos»)? Por lo menos, creemos que hay varios aspectos nada convencionales de la obra que se han pasado por alto.
Pericles es un nombre muy extraño para un héroe griego en la época de Shakespeare, y no es el estadista ateniense. Quizás tenga una relación más cierta con Peryclimenus, uno de los Argonautas, hijo de Poseidón, que poseía la virtud de cambiar de forma. «Pericles» pudo ser un gazapo, trasmitido de un libro a otro, de los copistas. La vinculación de Peryclimenus con «Pericles, príncipe de Tiro» está justificada por la permanente navegación del héroe, pródiga en naufragios, tempestades y arribos a playas; la alusión de Antíoco a las manzanas de oro del jardín de las Hespérides, aunque cómicamente fuera de lugar, alude certeramente a las pruebas que todo héroe debe superar: Herakles sus doce tareas, Jesucristo la tentación en el desierto y la agonía del Monte de los Olivos, Alicia sus aventuras a través del espejo. El sentido simbólico de la navegación es bien conocido por todos nosotros, gracias a la divisa que adoptó Carlos Quijano para Marcha: «Navegar es necesario, vivir no es necesario» y que reiteró con el preciso tono melancólico que convenía a «Pericles…» Caetano Veloso en «Os Argonautas». La verdadera vida es más que pasar de un día a otro cumpliendo las funciones conservatorias: como Don Quijote y Tirante el Blanco por tierra, como Odiseo por el Mediterráneo, como el Viejo Marinero de Coleridge por los siete mares, como el protagonista de «La tierra purpúrea» por la Banda Oriental, como Marcel yendo y viniendo por los caminos de Swann y de Guermantes, que al fin se encuentran, hay que realizar un viaje espiritual paralelo al viaje corporal de la vida, un viaje que será nuestro renacimiento y transfiguración.
Los ritos de purificación por el agua, tan afines al sentido simbólico de la navegación, y del que son ejemplos el bautismo cristiano y los rituales acuáticos de Iemanjá, se suceden, dispersos, en toda la obra. Así Pericles que «… surca, en este instante, aguas tempestuosas/ entre la vida y la muerte«, llega mojado a una playa donde obtendrá una armadura oxidada que es nada menos que el legado de su padre, lo que dará un sentido a su periplo («Mi naufragio ya no es tan malo/ desde que tengo aquí el legado de mi padre«) y habla de un oleaje lustral que «… lava, a la vez, el cielo y el infierno». Lo que se busca o se recupera a través del agua es el amor de la hija extraviada, que le devolverá la vida, que es todo un segundo tema en «Pericles…». Hay, curiosamente, un entrelazamiento de tres amores paralelos de padre a hija, tema que interesaba vivamente a Shakespeare y que aquí reaparece, quizás hasta con más fuerza que en «La tempestad». El primer amor es el vínculo incestuoso de Antíoco por su hija, criminal en más de un aspecto; el segundo es el de Simónides por Thaisa, rígido y en el fondo convencional; el tercero es el de Pericles por Marina, de una maravillosa profundidad y complejidad. En esta tierna relación padre-hija hay una escena que sólo Shakespeare o un genio como él podía escribir, cuando Pericles y Marina se reencuentran y la hija realiza una de las grandes fantasías filiales, devolver la vida al propio padre que ha llegado hasta ella en el límite de sus fuerzas, agotado y casi comatoso. Es una inversión de papeles semejante al que sucede en el desenlace de «Lejana tierra mía» de Eduardo Rovner, que también trata, con no poca intensidad, la relación padre-hijo. Pero nada mejor, sin embargo, para decir por el arte la relación de Pericles y Marina que el conmovedor poema «Marina» de T. S. Eliot, en «Ariel poems», cuyo hablante lírico sólo puede ser, por su constante alusión a viajes por mar con gastados navíos en busca de una hija, Pericles, el príncipe de Tiro: «… déjame/ entregar mi vida por tu vida, mi palabra por que la que no has dicho/ ya despierta, los labios abiertos, la esperanza y los nuevos navíos./ Qué mares, qué costas, qué islas de granito hacia mi maderamen/ mientras el tordo llama entre la niebla/ hija mía».
El agua y el amor se unen. No en vano Afrodita nace de la espuma y navega en una concha marina hasta Citerea. Venecia, surgida de las aguas, se llama así por Venus, su equivalente romano. Thaisa, primero recluida por su padre por «doce lunas» antes de consumar el matrimonio como homenaje de castidad a Diana, entra al fin como sacerdotisa al templo de la diosa. Diana debe ser en realidad Dione, la madre de Afrodita, cuyas sacerdotisas se purificaban ritualmente con baños de mar; todo el casi sobrenatural y nada felliniano episodio del burdel muestra el milagro de cómo la virtud y la virginidad de Marina triunfan de todas las asechanzas, como antes su inmaculada inocencia logró hechizar a quien quiso ser su asesino.
Todo esto se encuentra, bien que disperso, en la obra de Shakespeare, que merecía un tratamiento que la enderezara sobre la columna vertebral de su sentido simbólico, con lo que la igualaría a las mejores obras de madurez del autor y en particular a «La tempestad». Pero todo esto está perdido, y la comedia de aventuras que ocupa su lugar es poco interesante, por la muy simple razón de que la pieza no fue escrita con ese carácter. Si pensamos en obras de entretenimiento puro, hay que comparar este «Pericles…» con la primera parte de «Los tres mosqueteros» de Alexandre Dumas, radiante de vida y alegría; y «Pericles…» sale muy mal parada de esta necesaria comparación. El público de hoy debe creer que Shakespeare era un narrador de cuentos infantiles, bastante torpe, al que en el futuro convendrá evitar. Para ese público, como compensación de una historia de aventuras que nunca convence, son todos los adornos, señuelos y agregados, como ya sucedía en la versión del mismo Héctor Manuel Vidal de «La boda» de Bertolt Brecht (1986). Al público se le enseña, implícitamente, que el teatro es vestuarios lujosos, escenografías costosas, efectos especiales, música en vivo (Fernando Ulivi) actrices bellas. El adorno con el que más se ha insistido, como si fuera un hallazgo, es el de los títeres (Perazza y Conde), que no hemos disfrutado. Lo menos que puede decirs
e de los títeres es que sobran. Su aparición en escena es redundante cuando no ociosa y hasta contraproducente, como en la aparición del cadáver de Thaisa, muy mal representado por un muñeco inerte. En cuanto a los barquitos que avanzan cabeceando en la oscuridad, ya vimos al mismo navío (u otro muy similar) cruzar el océano Atlántico, en la misma forma en que ahora atraviesa el Egeo, en una versión de los mismos Perazza y Conde de «Tragicomedia de don Cristóbal y la señá Rosita» de García Lorca (Alianza Francesa, 1º de agosto de 1986). El vestuario, sobre el que también se insiste mucho en la presentación de la obra por la Comedia, no tiene poder expresivo, sencillamente porque la obra, tal como se puso en escena, poco o nada tiene para expresar. Finalmente, hay un error grave de caracterización: Pablo Varrailhon (Pericles) es casi el mismo, físicamente y hasta en el porte, cuando en su juventud corteja a la hija de Antíoco, en el acto primero y cuando se reencuentra con su esposa Thaisa en el último, pese a que han transcurrido no menos de veinte años, la edad que debe tener su hija Marina.
La puesta en escena ha desaprovechado al narrador, Gower, que aquí aparece prescindible y que pudo ser el encargado de redondear el sentido de la pieza. Lo interpreta Estela Medina, castigada, vaya a saberse por qué, con un maquillaje horrendo y con la obligación de incurrir en la cacofonía proveniente de mezclar versos de ocho sílabas con versos de nueve («para así reinar en Siria/ con justo gobierno ejemplar»; «y el padre tomó a la hija/ y en amante la convirtió«). El elenco, que no es responsable de la superficialidad del espectáculo y que merecía dar el verdadero «Pericles…», no tiene errores: a riesgo de parecer injustos con los demás, destacaremos los trabajos de Oscar Serra, en un hermosísimo personaje (Helícano), el amigo de inquebrantable fidelidad, una especie de Horacio pero serio, Andrea Davidovics (Thaisa) y Juan Carlos Worobiow ( Boult). *
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