La procesión de los fantasmas
En los hechos la obra se representa, más que en el teatro, en el proscenio, con los actores generalmente de espaldas a la platea; los espectadores se ubican cerca del techo del teatro, hacia el fondo del escenario, en unas gradas hechas con tablones.
Como suele ocurrir en el teatro contemporáneo, comienza la pieza, entra una jaula con un preso, van y vienen personas; no se ha tenido la delicadeza de definir quiénes son, dónde y cuándo sucede la acción. Sabemos casi de inmediato que nada de lo que vamos a ver tendrá contacto con la realidad, que quienes se presentan como personajes son ya seres de ficción escapados de un libro antiguo en busca de una historia aún no escrita que ellos han de «resolver» (sic), luego de lo que volverán a donde salieron, para recomenzar el ciclo. La escenografía, hecha con enormes libros, destaca esta circunstancia.
La idea, unos personajes en busca de su destino, no es original. Es tan antigua como «Seis personajes en busca de autor» de Pirandello: el auge actual de los reportajes y declaraciones, que ha coleccionado hoy más tonterías que en todo el resto de la historia humana, ha hecho que varios autores, por decir algo, afirmen que sus personajes son independientes de su voluntad y le imponen un curso de acción. Con más prudencia, ya Flaubert se limitó a decir que Madame Bovary era él y Balzac, en su última enfermedad, pidió que lo atendiera el doctor Bianchon. El personaje «independiente» sirve de coartada: el autor se declara inocente de su propia creación. Primero manda el teatro, para el que se escribió la obra; luego vienen los personajes, que ya existen, y la escriben.
Está visto, y «La procesión de las plagas» es su última demostración, que los personajes suelen escribir mal. Las obras dramáticas de valía son obra de los dramaturgos, del mismo modo que las buenas mesas son obras de carpinteros. Confesamos que a partir de la presentación perdimos pie: no entendimos sino muy vagamente lo qué sucedía ante nuestros ojos. Hay un preso en una jaula, con reminiscencias de «Rococó Kitsch». El preso es un juez, que padece interrogatorios y vejaciones; por momentos parece una parodia de un proceso que el juez falló injustamente y que se reproduce ante sus ojos para que expíe sus culpas. Aparece una mujer de negro que durante toda la obra preguntará en vano por su hijo desaparecido, al que no puede ver. Es inevitable, aquí, la asociación de ideas con los «desaparecidos» de la dictadura militar y sus madres; pero el maquillaje, rojizo y arbitrario, los vestidos a lo Mad Max y la escenografía de pesadilla le hacen tomar distancia.
La trama, si la hay, es del género fantástico: está compuesta de puntas, cabos e innumerables digresiones y divagaciones que se reiteran. Un hombre se descuelga de lo alto por una cinta, reaparece la jaula con el prisionero, luego otra jaula con otro hombre, luego es una mujer de atuendo circense que se desliza desde lo alto hasta el piso, todo o casi todo vuelve a suceder.
Suponemos que «La procesión de las plagas» salen del mismo estante de la biblioteca donde están las muy premiadas obras de Roberto Suárez como «Rococó Kitsch» o «El bosque de Sasha», y también «Kapelusz», «Una cita con Calígula» y «Las fuentes del abismo»: si se nos hubiera dicho que «La procesión de las plagas» es obra de Suárez, lo hubiéramos creído. Sin duda Alberto Sejas, el autor, ha sentido el impacto de los triunfos, más mundanos que artísticos, de los premios ganados por Roberto Suárez y ha querido llegar al teatro por su huella: recordemos que «Una cita con Calígula» se puso en escena (dirección de María Dodera) utilizando todo el espacio disponible del «Florencio Sánchez». No ha advertido el autor, todavía, que las modas van y vienen, que en el cine, por ejemplo, los diez mil extras disfrazados de asirios de Cecil B. de Mille (sin contar a la odisea del mundo entero de «Intolerancia», de Griffith) dieron paso a las deliberadas simplificaciones de «Dogma».
La utilización del espacio artificial de un escenario al revés impuso, mucho más que la voluntad de los «personajes» ciertos condicionamientos. La acústica no es la misma que la del teatro, y hay que hablar en voz alta; el cuerpo entero se pone rígido; las frases fueron cortas y solemnes. Para recuperar el resuello, tal vez, fue de rigor, como en «Casanova, el cisne de Seignalt», de Gustavo Molina, lanzar una risotada cada tres frases. No hubo lugar para escenas íntimas y sí para el grito y la agresión; tortura hubo, pero no ternura. No había espacio, pese a la inmensidad del teatro, para seres normales y corrientes, con los que podríamos identificarnos. Sólo encontramos fantasmas, sombras, sueños, a cual más desagradable. Pero una procesión de fantasmas de más de una hora es demasiado: es, literalmente, una procesión de plagas. *
LA PROCESION DE LAS PLAGAS, ENTRE EL BRILLO Y LA MISERIA; de Alberto Sejas, por Procesión Teatro, con Pablo Albertoni, Luciana Astengo, Gustavo Bianchi, Robert Brown, Horacio Camandulle, Dada, Gabriel González, Nancy Salaberry y Kali. Escenografía de Adán Torres, Gabriel Abraham, Marcela Radesca y Alvaro Domínguez, vestuario y utilería de Verónica Lagomarsino, iluminación de Pablo Caballero, música de Pollo Píriz, dirección general de Alberto Sejas. Estreno del 28 de setiembre, Teatro Florencio Sánchez.
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