EL IMPACTO DE SIX FEET UNDER

Una familia muy normal

 

Una sensación definitiva deja la serie Six Feet Under a través de sus episodios: que los temas son siempre los mismos y que, en el roce cotidiano de las criaturas que hacen a las historias o tramas, a la propia ficción que tan excepcionalmente ha diseñado el guionista Alan Ball (quien escribió el libreto del laureadísimo filme Belleza Americana), lo que importa finalmente es el cómo o desde qué lugar se narra.

Después está el escenario, esto es, una funeraria y una familia que la dirige con una puntillosidad y un profesionalismo irreprochables. Y, dentro de ese perímetro de muerte, es que parten los vectores de vida con sus particularidades de acuerdo a esos personajes que poseen algo de freaks en su compostura exterior y mucho de humanismo, de solidaridad y por qué no hasta de encono -en ciertos momentos- que los muestra con sus virtudes y sus errores, sus decursos emocionales y sus vulnerabilidades, sus sinsabores y sus irritaciones, sus sistemas de deseo y de placer que vehiculan su rodaje, sus instancias meditativas, sus debates, sus arrojos y sus silencios, entre otros resortes de la condición humana.

Alan Ball invirtió la cadena de la lógica: si tomamos como convención estilística que el despliegue prácticamente es desde afuera (la colectividad, el sitio de pertenencia, etcétera) hacia dentro, hacia los asuntos privados, pues en Six Feet Under las historias dentro de otras historias que es la serie trabajan coralmente -a partir de sus personajes principales, la familia- desde adentro hacia afuera.

Toda historia personal es debatida por la familia, puesta en cuestión y, en sus instancias esenciales, aceptada por el grupo. Por ejemplo, que el luto de Frances Conroy -una actriz completa, plena de recursos expresivos- por la muerte de su marido (ocurrido en un lejano ya primer episodio), se haya transformado en una especie de contenida liberación que, aun otoñal, le permitirá consagrarse a reconstituir su vida afectiva. O que Michael C. Hall haya asumido ante todos, ya sin problemas, su condición de gay sin que haya esquives, medias palabras, temblores y se haya vuelto más sociable, menos ambicioso, menos huraño y más ecuánime en su toma de decisiones.

Y que Peter Krause, quien al principio renegaba de su trabajo, haya tomado las riendas y devenir un elegante funebrero que incluso llega a involucrarse a full con las historias de vida que paradójicamente traen esos cuerpos inertes a los que habrá higienizar, maquillar, vestir y guardar dentro de un ataúd.

O que Lauren Ambrose, la hija adolescente más prestigiosa de la televisión, haya ido controlando sus bordes paranoicos y sus confusiones, su idea de outsider dentro del espacio familiar, permitirse escalar en su autoestima y encarar así el territorio de la reciprocidad afectiva sin tantos rollos existenciales. Y que Rachel Griffiths deje atrás su pasado y pueda establecer ese contacto tan necesario, por fuera de sus desolaciones privadísimas.

Después están las historias que envuelven a un elenco realmente superlativo en tanto rendimiento. Historias que disparan todo lo que confluye en el territorio del contagio humano. Todo aquello que nos ilumina o nos ensombrece, nos transparenta o por un instante nos vuelve mezquinos o temperamentalmente indecorosos o, por el contrario, dignos de abrazar hasta la calma más calma, valga la redundancia.

Six Feet Under es una de las mejores series de la última década.

Las historias tienen el don de generar un marco identificatorio, en algún momento, con los espectadores. Y lo mejor: son historias que conmocionan, provocan, conmueven. *

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