LIBROS

La casa de los patios

HUGO ACEVEDO

 

esde las civilizaciones primigenias, cuando debió enfrentar a los agentes naturales sin otra tecnología que las rudimentarias armas que le permitió fabricar su por entonces incipiente intelecto, el hombre comenzó a imponer su voluntad sobre las demás especies con las que compartía los espacios geográficos.

Pronto se transformó en amo de un imperio incontaminado, sin fronteras ni propiedad privada. Pese a que los derechos elementales no estaban aún consagrados por ninguna ley o norma jurídica que los amparara adecuadamente, los humanos eran por entonces quizás más libres que en nuestros cibernéticos tiempos.

Todos tomaban de la naturaleza lo que necesitaban para subsistir y normalmente sólo mataban para alimentarse o sobrevivir. Sin embargo, con la evolución llegó la violencia por la conquista del territorio, la irreprimible compulsión de apropiarse de lo ajeno y la esclavitud.

El instinto gregario propició el nacimiento de las organizaciones tribales y con ellas las primeras formas de poder autoritario y de imperialismo expansionista.

La crisis de las monarquías otrora omnipotentes, que inauguró una nueva era en la historia, devino en la fundación de los estados de la era moderna.

Aunque ese tiempo marcó un monumental salto cualitativo hacia la conquista de derechos largamente conculcados e impunemente violados por déspotas de presunta descendencia divina, el devenir histórico se siguió escribiendo a sangre y fuego, con opresores y oprimidos, tiranos y sojuzgados.

La propiedad privada  parida inicialmente mediante el pillaje y la apropiación compulsiva y luego perpetuada a través de la herencia  fue la materia prima de la sociedad estratificada en clases que hoy conocemos.

Los títulos nobiliarios se otorgaban no en mérito a las virtudes o los talentos individuales, sino a las riquezas acumuladas en el curso de las sucesivas generaciones.

El fenómeno de la desigualdad se agudizó con la irrupción del modelo capitalista de acumulación, que, lejos de remediar situaciones, amplió aún más la brecha entre ricos y pobres, propietarios de los medios de producción y trabajadores.

En pleno siglo XXI, aunque pueda parecer ciertamente inverosímil, el flagelo del hambre aniquila a más humanos que el propio sida u otras temibles patologías aún no derrotadas por la ciencia moderna.

Mientras algunos «navegan» distendidamente a través de Internet o transfieren voluminosas cuentas bancarias sin moverse de las mullidas butacas de sus lujosas oficinas, otros vegetan sin luz, agua, saneamiento, alimento, educación ni atención médica.

Estas son apenas algunas de las más insólitas y recurrentes contradicciones de nuestro tiempo que fracturan las coordenadas de la lógica elemental, para instalarse en los territorios del absurdo más desmesurado.

Sin embargo, el denominador común de todas estas situaciones tan cotidianas como sublevantes, es la sempiterna ecuación de sometimiento que ha recorrido la historia, el ejercicio abusivo de la autoridad y el poder de la riqueza imponiéndose sobre la agobiante fragilidad de la miseria.

En «La casa de los patios», la narradora uruguaya Susana Cabrera, autora de las recordadas obras «Los secretos del coronel» y «Las esclavas sin Rincón», construye otra novela de pasiones desenfrenadas, amores desgarrados por el dolor, nostalgias y autoritarismos.

En sus dos primeros libros, esta escritora nacida en Montevideo y radicada en Tacuarembó, ya insinuaba su indudable sensibilidad para fabricar micromundos de una intensa humanidad no exenta de lirismo trágico.

Como se recordará, «Los secretos del coronel»  una obra sin dudas controvertida  ensaya una revulsiva y radical vuelta de tuerca al siempre polémico origen del cantor Carlos Gardel. La tesis de Cabrera estaría confirmando la nacionalidad uruguaya de este inmortal ídolo de la canción popular.

Sin embargo, en esa novela que mixtura la realidad con la ficción, contrariamente a lo que se podría razonablemente suponer, el personaje más relevante no es el legendario artista sino el coronel Carlos Escayola.

En este título, por primera vez en la producción édita de la autora, aflora la figura del autoritarismo. Escayola fue un hombre fuerte de su época, un arquetipo de caudillo local, que transformaba a todos los que le rodeaban  incluso a sus familiares  en una suerte de súbditos.

Aunque ambientada en un tiempo histórico diferente, «Las esclavas del Rincón» confirman la tendencia de Susana Cabrera por explorar otras experiencias de abuso de poder amparadas en la impunidad de las leyes imperantes.

Este relato recientemente adaptado al teatro, que retrotrae al lector a 1821, recrea un episodio real: el asesinato de una matrona de abolengo, Celedonia Wilch, a manos de dos esclavas negras.

Pese a que la defensa de las homicidas construyó su alegato judicial sobre la denuncia de la violencia a la cual las humildes mujeres eran sometidas, las acusadas fueron sentenciadas y ahorcadas en la plaza pública.

En ambos casos tomados de las entrañas de la historia y reconstruidos literariamente, Susana Cabrera condena   sin eufemismos – el ejercicio autoritario del poder amparado en la impunidad.

A diferencia de la producción precedente de la autora, en esta, que es su tercer novela, la materia prima del relato es la ficción. Sin embargo, hay una renovada recurrencia a la construcción de modelos de abuso y sometimiento.

«La casa de los patios» narra la historia  a través de varias generacione   de una acaudalada viuda, Adelaida, que gobierna la voluntad de sus familiares con mano férrea y autoridad implacable.

En una mansión gigantesca como una estancia, la austera anciana convive con hijos, hermanos, nietos, bisnietos, una fiel criada y sus nonagenarios recuerdos.

Nadie osa contradecir sus órdenes o afirmaciones y cuando presagia una muerte con sus extrañas cualidades admonitorias, el oscuro anuncio siempre se confirma.

La mujer es una suerte de leyenda viviente aparentemente inmortal, que ha marcado la vida de todos los que la conocieron. Su crueldad parece alimentarse hasta una patológica apoteosis, provocando dolores y amputando felicidades.

A partir de la figura de este personaje femenino cuasi mítico, Susana Cabrera construye pacientemente el entramado humano de familiares y amigos, todos ellos   de un modo u otro   estigmatizados por la tragedia y la desolación.

Recuerda a una amiga de la viuda, cuyo fallecimiento fue naturalmente pronosticado, que otrora protagonizó un ardiente romance con una alta personalidad de la clase política.

Sin embargo, la relación jamás tuvo un feliz desenlace, por los escándalos y las infidelidades de su amado, que naturalmente eran tolerados.

La muerte la sorprendió terriblemente agobiada por la soledad y la indiferencia.

Pese a que la autora crea algunos personajes masculinos, como el bisnieto de la anciana y el tío que vive recluido en el mirador por imposición de la dueña de casa, la mayoría de las criaturas humanas que alimentan las pasiones y las angustias de esta historia son mujeres.

Irrumpen en escena, por ejemplo, una cuñada desconocida de la anciana, que  antes de morir  narra también su vida de agudos contrastes y afectos desencontrados.

En este episodio concreto, la autora alude un acontecimiento que luego se transformaría en un importante referente de nuestra idiosincrasia nacional: el nacimiento de la radio. Esta auténtica revolución tecnológica fue un milagro que conmovió a la época e instaló una nueva cultura de convivencia en nuestro país.

El relato releva las peripecias de una familia señera y socialmente referente,
en un Uruguay que se despereza lentamente de sus rutinas y costumbres aún coloniales, despertando a los tiempos modernos.

Sin embargo, pese al advenimiento del progreso, se conservan muchas identidades de una sociedad pacata y prejuiciosa.

La casa de los siete patios que habita la familia como una gran comunidad a menudo divorciada afectivamente, comporta todo un simbolismo de la tradición y la autoridad familiar. En ese contexto, hasta la glorieta del jardín atesora lecturas simbólicas y recuerdos dormidos en el lecho de la historia.

Susana Cabrera reconstruye el pasado de la pérfida anciana, criada en un hogar de apariencias desarticulado por el autoritarismo y las aventuras amorosas de su padre, un hombre rico que abandonaba a su esposa para concurrir a los prostíbulos.

En el horizonte literario de Susana Cabrera no falta, naturalmente, un amante inicialmente imaginario que llega a la casona y ocupa el lugar del fallecido propietario. El caballero, que era un militar de rancio abolengo, desposó sucesivamente a la madre y a la hija.

Otras de las protagonistas del relato es la esposa de uno de los hijos de la anciana matrona, nacida de un matrimonio aristocrático y sin amor.

La mujer arrastra una infancia no menos traumática de padres separados, abundantes humillaciones, crueles abandonos, escarnecedoras infidelidades, aleccionantes venganzas, imposibles reencuentros y tragedias.

El extenso relato está poblado de numerosos personajes  la mayoría de ellos femeninos  que representan el grotesco rostro de agudos contrastes afectivos, infelicidad, frustración, la angustia y soledad.

Cada uno de los siete patios de la casa  que alberga a una diferente familia  tiene su vida de identidades perpetuadas a través del tiempo. La autora llena a esos extensos espacios físicos enjardinados y decorados de flores, de un intenso caudal de humanidad.

Sin embargo, esos patios que trasuntan un concepto de territorialidad que excede al mero derecho de propiedad, admiten una segunda y no menos elocuente lectura: el confinamiento y la libertad restringida.

Con una escritura que apela intensamente a la imaginación en una suerte de realismo mágico a la uruguaya, Susana Cabrera construye múltiples micromundos humanos cargados de indomeñables pasiones, amores posibles e imposibles, infidelidades, afectos amputados, odios y venganzas.

Sin embargo, al margen de la intensa observación de las conductas humanas, la autora reflexiona nuevamente en torno al autoritarismo y el ejercicio abusivo del poder, en este caso concreto en el ámbito privado de una numerosa familia. Susana Cabrera ensaya también una mirada crítica sobre una sociedad conservadora y pacata, que oculta sus miserias y su doble moral detrás de un impenetrable manto de apariencias.

(Editorial Fin de Siglo)

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