Caótica Bienal de Buenos Aires
NELSON DI MAGGIO
Lo más flojo se situó en las XIX Jornadas de la Crítica con ausencia notoria de personalidades largamente anunciadas, que transcurrieron en paralelo durante los cuatro primeros días a partir de la inauguración. Hubo, empero, aisladamente, encuentros y ponencias interesantes. Lo que importaba, sin embargo, era ver la consistencia y novedades de la segunda bienal.
Es sabido que Buenos Aires no intenta (ni puede) competir con las ya célebres bienales de Venecia, Lyon o San Pablo ni con la mercosureña y reciente de Porto Alegre. Le falta la infraestructura que las demás poseen y el apoyo financiero del estado y de particulares. De cualquier manera, con las limitaciones propias de la organización museística y de la economía argentina, es una bienal que dio a conocer algunas personalidades no muy frecuentes en las otras. Es cierto (y no hay por qué disimularlo) que el caos y la desinformación fueron la tónica dominante. No hubo servicio de prensa adecuado (sin conferencias prelimilares, sin comunicados, sin agenda actualizada, sin catálogo, sin currículos de los artistas ni de las técnicas utilizadas). Más grave aún fue la ausencia una idea motora que presidiera la II Bienal de Buenos Aires. En realidad es una muestra colectiva integrada por 195 artistas procedentes de 45 países de los cinco continentes sin ninguna coherencia y arbitrariamente presentada. Se recibieron los envíos posibles, no los deseables. Así, las obras en general apenas si rozan la ardiente contemporaneidad. Los espacios del Museo Nacional de Bellas Artes, levantando buena parte de su acervo permanente, aceptaron un montaje confuso, entreverado con obras que colisionaban las obras ya existentes con las hospedadas temporariamente. Hubo descuidos en la traducción de la cartelería (Latvia es Letonia y la República de Checoslovaquia dejó de existir para dejar paso a la Checa y a la de Eslovaquia). Aunque detalles menores, advertidos y denunciados por un visitante antes del vernissage, no fueron tenidos en cuenta. La prensa porteña no hizo la cobertura mínima adecuada (tan distraída como la uruguaya), la difusión por la ciudad fue nula y las invitaciones no llegaron a destino en tiempo y forma, si es que se enviaron (Adriana Rosenberg, directora de la Fundación Proa, que agasajó a críticos y artistas participantes, no la recibió). Son detalles que importan y habrá que corregir si es que existe en un futuro. Se notó la ausencia de los críticos locales, pero ya se sabe que la convivencia con Jorge Glusberg, al alma mater de la Bienal, no es pacífica.
Un Jurado de Premiación demasiado numeroso (integrado por once miembros, con mayoría europea) llegó a resultados controvertibles, como por lo demás, son todos los fallos. Pero hubo un consenso, sotto voce, que Bedri Baykam (Turquía) fue la revelación entre todos los envíos. Como ya es habitual en los encuentros internacionales de arte actual, la pintura es escasa o poco significativa mientras la fotografía, videos e instalaciones predominan. Aquí se agregó el grabado y algún dibujo, posiblemente por ser lenguajes más económicos de trasladar.
Las grandes personalidades, ya incorporadas a la historia del arte, desilusionaron en buena parte. El matrimonio Kabakov, consagrado por su trayectoria por el jurado, se limitó al envío de un libro ilustrado (El decorador maligno, 1972-73) de 80 páginas, escrito en ruso y sin proporcionar traducción, que no está a la altura del talento excepcional ya manifestado en repetidas oportunidades. Además, el montaje lineal de las páginas no favoreció la recepción.
Tampoco Dennis Oppenheim, el estadounidense célebre del arte conceptual y del land art, nacido en 1937, también distinguido por su trayectoria, ofrece un panorama contundente con sus esculturas de marionetas accionadas eléctricamente (no siempre funcionó el mecanismo) que comenzó a ejecutar en la década del setenta y una de las mejores se vio hace dos bienales paulistas. Más atractivo, de la numerosa representación de ese país, fue Joel Slayton, en una instalación con computadoras donde el monte Fuji se levanta y se deshace con ingenio. En cambio la pareja francesa Anne y Patrick Poirier, recuerda, en una instalación denominada El juego de la vergüenza, el injusto reparto de la riqueza en el mundo donde entre seis mil millones de habitantes sólo mil millones tienen la posibilidad de comer todos los días y Hervé Fischer, sacudidor talento del arte sociológico hace varias décadas, se limita a pintar sin mayor esfuerzo expresivo códigos de barra alterando en uno la verticalidad de las mismas, aunque en su discurso y seminario pronuncie atinadas observaciones entre arte y tecnología.
Otras individualidades merecen ser destacadas. La paraguaya Adriana González Brun con una instalación de fotos de tapas de archivos descubiertas luego del derrocamiento del dictador Stroessner se convierten en lápidas funerarias mediante un recurso sencillo e imaginativo. El holandés Mark Brusse realiza variaciones sobre El velo de la Verónica con sentido desacralizador pero las pinturas y la apropiación de una escultura de Antonio Cano con el cartelito El amigo anónimo de Mark Brusse no es nada convincente. Los fotógrafos de la República Popular de China, Shi Guo Rui (1964) y Qu Yan (1955) trabajan juntos e indagan la energía del desnudo masculino en una escritura corporal de fuerte impacto. El coreano sureño Ik-Joong Kang impone una estética budista en una instalación curva cargada de 2.700 imágenes de Buda y 100 objetos diferentes colgados que producen vibraciones sonoras cuando se acerca el espectador, actuando como el celebrante o moodang en ceremonias chamánicas. Panamá tiene buenos fotógrafos y en Argentina, con representación numerosa, se distinguen Nicola Costantino, RES, Silvia Rivas, Facundo de Zubiría y Martín de Girolamo, con una instalación (fragmentos) de rosetones con actrices porno. El franco- argentino Jack Vañarsky, recoge la herencia de Marcel Duchamp, en objetos blandos accionados eléctricamente con el nombre El culo del mundo y El ombligo del mundo, además de un homenaje a Topor con el título Toporgrafía. El indonesio Affandi se repite fatigosamente sin la potencia cromática de hace 50 años. El resto es honorable, pero inocuo (en especial España, Brasil, que tienen mejores) y la sala de videos franceses fue imposible de ver por el insoportable olor de pintura fresca que se apoderó de la sala.
Uruguay hace un buen papel salvo la impropia participación de dos telas de José Gurvich, en una muestra de artistas vivos. Marco Maggi continúa investigando con frescura, ironía y originalidad: lo hace esta vez en una instalación (Micro & Soft sobre Apple) de papeles blancos amontonados en el piso y recortados con milimétrica precisión, cuatro de ellos en la pared y enfrentados a otros cuatro grabados y de paso anota que el mundo pesa, con todos sus habitantes, 5. 972 trillones de toneladas métricas. La sobria instalación de Rimer Cardillo, titulada Paraíso, apuesta a una significación ecológica y esta bien resuelta.
La fotografía es el rubro de mayor calidad en la Bienal de Buenos Aires, los videos no son nada excepcionales (Antoni Muntadas, Liliana Kadichevski, Uri Katzenstein, Sepo Renvall), los grabados son correctos (Hungría, República Checa) y la gran revelación y triunfador es el turco Bedri Baykam, merecedor de una nota aparte y cuya presencia justifica la realización de la bienal. *
Premios del Jurado
Premio a la trayectoria: Dennis Oppenheim (Estados Unidos ), Ilya y Emilia Kabakov (Rusia-Estados Unidos).
Uri Katzenstein, video (Israel), Adriana González
, instalación (Paraguay), Nicola Costantini, instalación Argentina), Luis Campos, video (Argentina), Lois Renner, fotografía (Austria), Daniel Kartz, fotografía (Brasil), Laura Messing, instalación (Argentina), Sepo Renvall, video (Finlandia).
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