El amor en los tiempos del coma
* El nuevo filme de Pedro Almodóvar es todo un acontecimiento y quizás una de sus obras más finas e inspiradas. Sus mujeres comandan el escenario del relato, como es habitual. Sus hombres, persiguiéndolas.
Los filmes de Pedro Almodóvar tienen la cualidad del orfebre. Y ese sello, esa característica se potencia en Hable con ella: cada cuadro, cada secuencia es una pequeña lección de cine en el modo en que maneja la luz y sus contrastes, las coloraciones y las texturas, los ritmos y respiraciones, las zonas de ebullición y los conos sombríos que hacen a un relato, una historia que nunca será menor.
El refinamiento y la madurez creadora de Pedro Almodóvar, no sucede solamente por su libertad de acción, sino por la grafía precisa y fluida de sus guiones (en esta oportunidad quebrando la linealidad a partir de los flashbacks que irán completando la madeja de una historia peculiarísima), por el modo de filmar en donde dos hombres de perfil, por ejemplo, dentro de una penitenciaría, hablan de sus reveses y de pronto el cineasta/orfebre monta sus rostros como si esos dos individuos desolados, evocando ambos a sus mujeres, igualaran sus discursos en uno solo.
Todo está cuidadísimo en este filme, que también se encarga de guiñar –una marca de estilo– o de homenajear (en este caso al cine mudo), de generar una banda sonora que pese casi como un personaje más (Caetano Veloso cantando en español «Cucurrucú paloma» desde adentro de la ficción cinematográfica; Jobim, Vinicius y otros desde la incidentalidad de la banda) son señales de un cómo o una forma cinematográfica que permite que el contenido sea más sensual, más melodramático, más intenso (yendo de los decorados abigarrados a los espacios vacíos; de las palabras cortantes al susurro; del debate al puro silencio reflexivo, ensimismado)
Ahora las chicas Almodóvar tienen la calidad del estado de coma, si pensamos en los personajes que componen Rosario Flores y Leonor. Y sus hombres (Darío Grandinetti y el excelentísimo Javier Cámara) en estado de vigilia, de impaciencia. Y, sin embargo, esa torera (Flores) y esa jovencísima bailarina de ballet (Watling) son y serán los agentes movilizadores desde esa quietud vegetativa. De paso, Almodóvar se permite incluir fugazmente, como de paso, a sus otras chicas: el rostro folletinesco de Loles León practicando un interviú televisiva a Lidia antes de su lidia fatal en la plaza de toros; Cecilia Roth, como integrante del público del Café Muller en donde discurre como un encantamiento Caetano Veloso.
Desde allí, desde ese lugar absolutamente femenino en su mirada y postura, es que Almodóvar ha fundado su vasta (y formidable) obra.
Y no se excluye a Hablé con ella, por supuesto: la quietud de ambas mujeres en un centro de cuidados intensivos es la generadora de la inquietud de sus hombres. De sus desasosiegos, sus derrapes emocionales, sus perturbadoras vigilias, sus fuera de sí, sus caídas a contemplación, a pura contemplación frente al objeto de deseo, frente al objeto amado.
El ser y estar de la mujer en el centro de vaivén de las pertenencias o los quiebres afectivos que provoca, en sus otros, una actitud escéptica (el periodista que compone con solvencia el argentino Darío Grandinetti) o por el contrario vital, casi de milagro y hasta desesperadamente alocada, cruzando la frontera de políticamente correcto, si pensamos en el monumental personaje del enfermero Benigno (Cámara).
Hable con ella se aleja del folletín, del humor y los efectos parodiales de sus predecesoras para transformarse en una auténtica, nobilísima love story que refiere a la condición humana, al sentido de reciprocidad afectiva, a la noción de fe, a la ritualidad de que hay una realidad que pone en juego todas las fibras más íntimas de los criaturas en conflicto para que éstas se vuelvan más carnales en una situación límite, más generosas, más calidas, más inconfudiblemente terrenales con sus pequeños dioses internos y sus miserias privadas.
Y que la idea taurina (el eje foclórico que deviene universal) de lo trágico –algo que utilizaba, asimismo, en Matador— es un asunto con el que también habrá que lidiar. Los tópicos se reiteran: la vida, el amor y la muerte. Y la resurrección, si es posible. Parece subrayar
Almodóvar: todo es vida, la muerte apenas un accidente menor en la extraordinaria metáfora en que se convierte el filme. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad