Morir, dormir, soñar tal vez
El filme ya ha recibido la aprobación consagratoria de festivales y prensa especializada con una veintena de distinciones que incluyen el Premio al Mejor Director en el Festival de Cannes, el Premio César de Francia al Mejor Filme Extranjero, el Premio al Mejor Director de la Asociación de Críticos de Los Angeles y a Mejor Filme según el Círculo de Críticos de Nueva York y la Sociedad Nacional de Críticos Cinematográficos de Estados Unidos. No es para menos, obviamente, ya que la película es un claro homenaje al cine en su conjunto con diversas guiñadas que hacen a los clisés de la pantalla grande y pueden dejar fuera a los profanos.
Nada es lo que parece. A manera de ejemplo podría comenzarse por el título (auténtico) ya que Mulholland Drive es un camino que -precisamente- atraviesa las famosas colinas de Hollywood, esa zona por donde circulan millones de ilusiones. Pero este «camino de sueños» (deseos que intentan traducirse en la realidad del éxito posible), quizás no sea la lectura adecuada que el espectador deba proponerse ya que Lynch -en realidad- parece más preocupado por jugar con los límites de la fantasía y la realidad, buscando descolocar permanentemente a su auditorio. En este sentido cabría señalar, en apretada paráfrasis, que el largometraje aborda una breve historia de celos profesionales donde una aspirante a actriz, cargada de esperanzas, ve frustradas sus expectativas a consecuencia de otra mujer (que sí alcanza dichos objetivos trepando sin mayores escrúpulos, a través de sus encantos personales) y contrata un asesino profesional para que elimine a dicha contrincante. La vuelta de tuerca estaría dada, más adelante, por un proceso de culpa que motiva -luego del asesinato- el posterior suicidio de la joven despechada y autora intelectual del crimen. El asunto es que Lynch, para narrar esta pequeña historia, patea el tablero de la linealidad y se juega no sólo al desfasaje temporal sino, además, a la proyección de dicha culpa como una ficción dentro de una ficción ( o un sueño dentro de otros sueños) donde, al mejor estilo de Continuidad de los parques los límites se cruzan, bifurcan, e incluso se esfuman entre personajes y acontecimientos. Para hacer frente a este ejercicio conviene, en principio, olvidar algunas sinopsis que, aportadas en los comentarios de los programas, pretenden «aclarar» la trama aunque, en realidad, pueden terminar deformando tanto el contenido del largometraje como la real intencionalidad del director.
Para esto, lo mejor es tomar al pie de la letra lo que se dice en un pesadillesco Club Silencio cuando se afirma que «nada es lo que parece», tomando con pinzas incluso esas «diez pistas que el director propone para resolver el misterio». Conviene, entonces, abandonar certezas iniciales y dejarse llevar por este aprendiz de hechicero que cuenta sus mentiras verdaderas con mano maestra. Acto seguido también valdría la pena saber que El camino de lo sueños en principio se proyecto como una miniserie (al igual que Picos gemelos) pero luego, al fracasar esa idea inicial, se constituyó en largometraje con más de ciento cuarenta minutos de duración, algunos lugares comunes propios del «soap opera» y las seriales detectivescas, junto a un par de personajes que probablemente hubieran tenido mayor evolución.
Una pesadilla que reúne el universo hollywoodiano
De todas maneras, importa mas tener en cuenta esa premisa inicial -el desconfiar de las conclusiones rápidas- y no enfatizar tanto en este aspecto de serial convertida en filme porque Mulholland Drive no sólo rinde homenaje (a su modo, claro está) a la pantalla chica con galanes estereotipados al estilo de La belleza y el poder, por ejemplo, sino que -como decíamos al principio- también marca su tributo a diversos géneros y estilos del séptimo arte por donde circulan cowboys enigmáticos, gángsters temibles, intrigantes mujeres que han perdido la memoria, números musicales, sicarios torpes que conforman hiperbólicas escenas de humor negro y un suspenso típico de Hitchcock que -a pesar de la confusión- atrapa a la platea desde un primer momento.
Esto quizás sea uno de los grandes atributos de Lynch, ese atrapar al espectador en su telaraña de fantasías equívocas (con historias entrecruzadas de una mujer que puede estar reiventando la historia -a través de su propia pesadilla- para autocastigarse y cambiar una realidad intolerable que la incrimina como victimaria) donde nadie sabe con certeza cuál historia es «real» y cuál la ficción de un extraño sueño.
Por el camino (de estos sueños) aparecerán otros aportes cuasi mágicos como una buñuelesca cajita azul cuya apertura corta el filme en dos, escenas que se repiten aunque sean diferentes, el ya mencionado Club Silencio (un delirio absoluto, bizarro, surrealista y verdadero toque maestro) y alguna patadita que otra sobre los resortes internos que manipulan la industria cinematográfica en la Meca hollywoodense.
En resumen, un festín de antología para aquellos que se precien de dotados de paladar negro en materia fílmica. Buen provecho. *
El camino de los sueños. (Mulholland Drive). Escrita y dirigida por David Lynch. Producida por Mary Sweeney, Alain Sarde, Neal Edelstein, Michael Plaire y Tony Krantz. Productor ejecutivo: Pierre Edelman. Fotografía: Peter Deming. Edición: Mary Sweenwy. Música: Angelo Badalementi. Con Justin Theroux, Naomi Watts, Laura Harring, Ann Miller, Robert Fortes y Dan Hedaya.
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