Pero ¿hubo alguna vez un paraíso perdido?
Cómo no resignarnos a las obras de Ana Magnabosco, si la Asociación de Críticos, nada menos, premió a «Viejo smoking» como el mejor libreto nacional del año, si «La perseguida hasta el catre» fue estrenada por la Comedia Nacional, nada menos que con Marina Sauchenco de protagonista, si la autora fue galardonada con un premio del Ministerio de Educación y Cultura? Nos informa el programa que Magnabosco ha estrenado 27 piezas: puede parecer una obra extensa, pero lo que nos sorprende es que, con tantos reconocimientos oficiales a su calidad artística, no haya estrenado todavía más obras.
Don Pepe es el presidente José Batlle y Ordóñez (Ortelio Melgarejo). Enfermo, conversa en su jardín con Salvatore, un joven inmigrante italiano (Horacio Nieves) que, andando los años y ya senil, lo vemos interpretado por Adhemar Rubbo. Salvatore constituyó una familia que no rodó bien. Cuando comienza la obra su hijo (Carlos O’Neill) está sin trabajo y deprimido; la nieta (Vanesa Castro), soltera, acaba de tener un hijo de un novio que no está a la altura; su jocunda vecina, una madre excelente y mejor amiga, Caty (Roberta Sarubbo) es prostituta. Magnabosco alterna sonoros discursos en in y en off de Batlle y Ordóñez y Domingo Arena que insisten en que la cuestión social es una cuestión moral; a cada vuelta del discurso la familia de Salvatore desciende un escalón hacia el infierno, económico y moral.
Magnabosco contrapone «…aquel Uruguay del bienestar» con «…la realidad de una modesta familia de hoy». Este punto de partida, un lugar común de los más castigados, es, lamentablemente, un error. Aquel Uruguay del bienestar no conocía el voto secreto, que costó sangre y lágrimas; la continuidad del poder parecía asegurada por los siglos; un futuro presidente, a quien llamaría Magnabosco «Don Pepe», abrazaba a un asesino en la cárcel, la noche de su crimen político; los jueces concluían de ejecutar las sentencias de reivindicación que restituían a poderosos terratenientes las tierras expropiadas por el reglamento de Artigas, causando, entre otras bajas, el suicidio de don Zoilo («Barranca abajo») y la ruina de sus equivalentes terrestres. No estaban lejos la vergüenza de la guerra del Paraguay (¿integra nuestra «identidad nacional»?), librada, según admisión de Mitre, en nombre del libre comercio, el genocidio de los últimos charrúas (Fructuoso Rivera), la privatización de la Aduana al poder extranjero (Joaquín Suárez) para sostener una guerra, las hazañas criminales de Máximo Santos… Todos tienen sus honras y sus glorias, sus estatuas, calles, plazas y avenidas; todo era como hoy, el Uruguay de verdades decretadas e historias oficiales; del selecto bienestar de las familias «bien» y de comunión diaria. En la forzada antítesis entre el Uruguay de Batlle y Ordóñez y el de hoy, Magnabosco excluye tanto en el ayer como en el hoy la dulzura de vivir de la clase dominante, esa mínima parte de la población que ciertamente es el «Uruguay del bienestar».
La autora no parece plantearse ningún problema. No explica el cambio ideológico entre la doctrina socializante de Batlle y Ordóñez y la doctrina conservadora de Batlle Ibáñez. Registra que las ideas de Batlle y Ordóñez no concuerdan ya con el mundo de hoy, anota que existe la miseria, pero nada parece sacudirla. Le interesan temas vagos o simplemente irreales, que a nadie pueden molestar; todo su interés por la «modesta familia» no disimula que sus obras son puras fantasías que sólo tienen del mundo de hoy, alguna anécdota. Le importan «…los valores que forjaron nuestra identidad». Por supuesto. Le interesa «…la esperanza de un país posible». De los hombres y mujeres reales, ni una palabra; ninguno de los cuatro personajes del hoy parece vivo, con sangre en las venas. Toda esa indiferencia se hace llamar, en ese oficialés pomposo típico del Uruguay «tolerancia»; no por casualidad esa indiferencia es paralela a la otra indiferencia, a la indiferencia por los verdaderos valores del arte, indiferencia que ha pavimentado, sin duda, los triunfos artísticos de Magnabosco.
Hugo Blandamuro se ha esforzado en la dirección. Hay dos escenografías, una de papel, donde por transparencia aparece Don Pepe, bonachón y patriarcal, en el jardín; la otra, que se reduce a mínimos enseres, indica los lugares donde vive la familia de hoy. Es ingenioso; pero toda esa pulcritud y toda esa dedicación no hacen sino resaltar la inexistencia del texto. *
DON PEPE EN EL JARDIN, de Ana Magnabosco, por El Tinglado. Con Ortelio Melgarejo, Vanesa Castro, Adhemar Rubbo, Horacio Nieves, Carlos O’Neill y Roberta Sarubbo. Escenografía de Nelson García Seoane, música de Alfredo Leirós, vestuario de Silvana Grucci, dirección de Hugo Blandamuro. En teatro El Tinglado.
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