El mundo según Adam Sandler
Hay un modo ya reconocible en el estilo cinematográfico y en el humor de Adam Sandler. Por ejemplo: situarse casi siempre como una suerte de personaje de margen, tal vez en algunos casos un loser que finalmente lo logra (Locos por el golf o El aguador, por citar dos títulos anteriores) y rodearse de una gama de freaks que le otorgan entorno, sentido de pertenencia por un universo que tiene sus maneras de andar y su visión de mundo.
En La herencia del señor. Deeds (Mister Deeds), de Steven Brill, se mantienen esas constantes de estilo, a la que se puede agregar el gesto siempre bienhechor de sus personajes (en este caso Mister Deeds, un desconocido dueño de una pizzería en un pueblo perdido llamado Mandrake Falls) y una suerte de humor zumbón que en los primeros filmes tendía, en algunos tramos, a un veteado bizarro en los parlamentos que actualmente se ha desvanecido.
Por cierto que queda la ironía: esa sensación de relato entre naif y cínico, unidad de contrarios, cuando Sandler/Mr. Deeds dispara sus críticas al establishment desde sus filmes (particularmente, aquí, Peter Gallaher, villano de todo el asunto con las artimañas que practicará para que Deeds no capitalice una inmensa herencia y un emporio massmediático de un tío al que nunca conoció), mientras coloca a una chica ideal (Winona Ryder sorprendentemente aceptando un rol protagónico en una métrica de comedia con visos melodramáticos) y todo lo cubre con subrayados en las locaciones y escenas de la iconografía popular estadounidense, todo un sello en sus películas.
En la Herencia del señor Deeds, pues, la receta no cambia y, si bien puede repetirse en sus discursividad, cómo no reírse pues cuando Sandler trabaja líneas filosas o cuando se presenta personajes fuera de curso como el bizco delicioso que compone Steve Buscemi o ese mayordomo hecho con un cuidado superlativo por ese grande que viene a ser John Turturro.
Después está la historia de amor entre una reportera sensacionalista (Winona Ryder cumpliendo el rol de no perder presencia en el universo del cine, ya que está para filmes de alto rango, como la actriz mayor que es) y el recién llegado a las luces de la gran ciudad (Sandler/Deeds), todo rociado por una banda sonora pop y rock como acostumbra el actor.
No hay novedades: Adam Sandler ha consolidado un estilo que ha tenido momentos inspirados y, para su señor Deeds, aciertos parciales. El resultado es menor, desde luego, pero Sandler juega muy bien sus ases expresivos cuando maneja las coordenadas de lealtad a una causa o a sus otros.
Todos sus personajes son uno solo, incluyendo al atolondrado Little Nicky o aquel torpe waterboy del que todos se burlan. Su entorno, en rigor, es Adam Sandler. De allí proviene y se nutre: de esos seres periféricos a los que se delinean tan bien, como los casos ya anotados.
Sandler nunca aburre. Puede repetirse, sí señor, y tal vez ya es momento de autoexigirse al punto de no caer en la complacencia o en el facilismo más descartable. Pero seguramente va a sacarte más de una sonrisa, aunque el espectador deba bancarse una zona melodramática subida de almíbar. Todavía puede dársele un crédito. *
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