Rembrandt, maestro del barroco
La contrarreforma católica impulsó una nueva disciplina de la fe y un nuevo misticismo que se manifestó en imágenes de exaltado patetismo conducido hasta la violencia, en composiciones dispuestas en diagonal y la dinámica de los cuerpos dentro de una atmósfera de claroscuros. El barroco, una derivación del naturalismo, no se concretó solamente en el aspecto religioso o eclesiástico, para la gloria espectacular de la Iglesia, sino que también contaminó la suntuosidad de las cortes reales y exaltó su poderío absolutista. Hubo una mezcla de elementos racionales e irracionales (la filosofía cartesiana y el misticismo eclesiástico) que posibilitó la apertura hacia la imaginación en una estética fundamentada en el placer sensorial y no en la razón. De ese choque de elementos contradictorios y la adquisición de una técnica pictórica de un refinamiento nunca antes alcanzado ni después superado, unida a una ansiedad de infinito, el barroco adquirió diversidad de formas según los países. En Italia, con Caravaggio como iniciador, conservó sus aspectos clásicos, mientras los españoles, con su raíz popular, revistieron el patetismo exagerado de los alemanes con una nota de empinada alegría de vivir poniendo el acento en el hombre terrenal y en su dimensión religiosa. Los flamencos, encabezados por Rubens, encarnaron el barroco sensual y profano, la grandilocuencia y teatralidad del gesto que acompasaba el ritmo de la vida, mientras en Francia adquirió un sesgo eminentemente decorativo y retórico, con potenciación del neoclasicismo. En la Holanda de Rembrandt, el barroco se caracterizó por las connotaciones de naturalismo romántico al hacer de los sentimientos individuales, del retrato y del autorretrato, y las proyecciones líricas del paisaje y las escenas costumbristas, excluyendo todo intento decorativo. Fueron los pintores holandeses del siglo XVII posiblemente los mayores técnicos de la historia del arte y corrieron el riesgo de transitar por el frío virtuosismo. Escaparon a esa condición formalista los genios de Frans Hals, Terboch (en la colección de Isabel II, actualmente en exhibición en la Galería de la Reina de Londres, hay un maravilloso interior) y Vermeer, los paisajistas Ruysdael y Hobbema, y en especial, Rembrandt.
Aunque Rembrandt fue un artista eminentemente holandés, no fue un intérprete fiel de la sociedad de su tiempo, algo que quedó para los muchos colegas secundarios. Rembrandt persiguió y obtuvo algo más, representar al hombre, sin atributos, en su toda su libertad sin fronteras de tiempo o espacio. Fue pintor y grabador. En ambos lenguajes depositó la mayor aventura de la creación artística logrando, en imaginación e intensidad expresiva, un nivel insuperable. Hizo de la pincelada suelta y del dibujo abierto, de la fragmentación interior de las formas, los recursos plásticos ideales para capturar los infinitos matices de las luces y las sombras, construyéndolos y decontruyéndolos permanentemente, desde adentro, para que sea el receptor que en definitiva realice la obra, atrapado en la dinámica de una materia sensual y generosa siempre en movimiento. Con acierto, el entrañable Lionello Venturi escribió: «La habilidad para revelar y ocultar es única en Rembrandt. Nuestra experiencia de un cuerpo incluye su peso. Pero los cuerpos de Rembrandt son imponderables. Son apariencias reveladas a través de medias sombras. Nuestra experiencia de emociones excluye su peso. Las imágenes de Rembrandt representan cuerpos que parecen estar purificados de su consistencia material, con el objeto de convertirse en imágenes de emociones. Cuerpos que son más etéreos que reales, luces que son sombras, un movimiento cósmico de un matiz que envuelve hasta las figuras sentadas: tal la esencia de la pintura de Rembrandt. Es una pintura indirecta. No pinta lo que ve, sino lo que imagina ver. En esta forma, pues, le es posible dar forma a lo invisible. Pero, ¿porque es invisible es menos real? La realidad no sólo se ve sino también se siente. «Ver» sentimientos y revelarlos a través de imágenes es el milagro de Rembrandt.
En los ochenta y tres grabados, de los trescientos tres que ejecutó, Rembrandt dejó patente que es el mayor aguafuertista de todos los tiempos. No tuvo la impaciencia de Goya o Picasso, que siguieron sus pasos, sino que hizo de cada plancha de metal un campo de minuciosa investigación más el agregado de la punta seca y el buril, los instrumentos ideales para dar en clave dibujada, en blanco y negro, en contrastes de riquísima sonoridad expresiva, logrando en cada remordedura del ácido una profundidad que contrastaba con las partes menos tratadas, la plenitud del barroco. Hay una lenta metamorfosis de Rembrandt, desde el naturalismo inicial a la libertad de la madurez, revelada en las múltiples temáticas utilizadas y que se podrán verificar en la exposición que se inaugurará el 21 de noviembre. *
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