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El poder en la sombra

HUGO ACEVEDO

 

Antiguamente, antes de la fundación de los estados como expresión política e institucional, la autoridad residía en jefes, consejos de ancianos y aun en brujos o presuntos líderes espirituales, que imponían sus decisiones y criterios a menudo por la fuerza.

Otros se arrogaban el inalienable derecho de gobernar a sus sojuzgados pueblos por mandato de los dioses, de los cuales solían declararse descendientes directos.

Sobre la arquitectura de esos sistemas autocráticos se edificaron muchas civilizaciones de la antigüedad  incluyendo a la propia democracia griega donde el verdadero poder reposada en las oligarquías  que expandieron su influencia, cultura y credos autoritarios al mundo por entonces conocido.

Las monarquías concentraron  en su período de mayor auge y con los auspicios del clero  la mayor suma de poder que registra la historia, que luego se trasladó a los territorios anexados durante la sangrienta aventura de la conquista.

El advenimiento de los tiempos modernos parió los sistemas de gobierno de participación popular, a partir de la fundación de las primeras repúblicas, herederas del antiguo régimen que comenzaron a reconocer y legitimar los derechos ciudadanos.

Aunque contemporáneamente el poder ha evolucionado hacia nuevos modelos con la creación de partidos políticos y órganos representativos de la voluntad colectiva elegidos a través del sufragio universal, esas democracias siempre han enfrentado la tentación autoritaria.

El siglo XX fue hasta sus postrimerías, un escenario de dura confrontación ideológica, entre las democracias de origen burgués, el denominado socialismo real  hoy extinto por la dinámica de la historia  y los totalitarismos de impronta racista derrotados durante la segunda gran conflagración bélica.

En el período de posguerra nació un mundo bipolar, en el que las potencias triunfadoras dirimieron hegemonías políticas, militares y económicas. Esta situación propició múltiples alineamientos y hasta modificó radicalmente las fronteras de la geografía mundial.

Cuando se descongeló la guerra fría tras el derrumbe de la Unión Soviética y la crisis de sus aliados del este europeo, muchos agoreros pronosticaron el advenimiento de tiempos de distensión.

Sin embargo, el siglo XXI nació con el signo de la violencia en todas sus expresiones: nuevas guerras de exterminio, disputas territoriales, conflictos étnicos, xenofobia visceral, más pobreza y desigualdad social.

Los vaticinios de los falsos profetas han fracasado rotundamente. El triunfo del capitalismo derivó en nuevas formas de dependencia, explotación colectiva, desocupación, precariedad laboral, desregulación, marginalidad y hambre.

Muchos de los países otrora calificados con el eufemismo de «en vías de desarrollo» están sumidos hoy en las más degradantes formas de subdesarrollo, a consecuencia de las modernas estrategias de dominación imperialista y las despiadadas políticas de ajuste económicos impuestas desde los grandes centros de poder.

Aunque las situaciones de descaecimiento abundan, el ejemplo de Argentina  considerado otrora el granero de América  es singularmente sugestivo. El vecino país afronta actualmente la peor crisis de su historia, empobrecido y acorralado por sus acreedores internacionales.

Nuestro Uruguay, que naturalmente ya no es la Suiza de América, ha perdido parte de su identidad. Hoy, transitando por la zona céntrica de nuestra capital, es frecuente observar cientos de comercios cerrados, el grotesco cuadro de la marginalidad y la creciente mendicidad infantil que agravia nuestra conciencia colectiva.

En «El poder en la sombra», la ensayista británica Noreena Hertz propone reflexionar en torno a los sombríos paisajes contemporáneos, denunciando la actividad de las grandes corporaciones y multinacionales y la usurpación de la soberanía de los estados que estas ejercen.

La autora sugiere, sin eufemismos, que el nuevo orden mundial pone en serio riesgo la supervivencia de las democracias como sistemas representativos de la voluntad, los deseos y las aspiraciones de las mayorías, aún en las naciones más desarrolladas y menos dependientes del orbe.

La investigadora, que es licenciada y en economía y filosofía, advierte en torno a la paulatina pérdida de soberanía de los denominados estados-nación y la crisis de legitimidad de las democracias.

Hertz atribuye esta inquietante situación al desmesurado poder de las multinacionales, alimentado por la globalización del capital y los sistemas financieros, la expansión del imperialismo económico y la cómplice obsecuencia de los gobiernos.

La analista sitúa en el tiempo el origen de este fenómeno hace más de dos décadas, cuando los triunfos electorales de la «dama de hierro» Margaret Thatcher en Gran Bretaña y del ex mediocre actor hollywoodense Ronald Reagan en los Estados Unidos, parieron una nueva y despiadada fase del capitalismo.

Aunque la autora atribuye el origen de este flagelo mundial a estos dos personajes de la historia contemporánea, no soslaya críticas a la denominada «Tercera vía» que, a su juicio, es un modelo neoliberal maquillado por la seducción del discurso político.

Noreena Hetz concentra su análisis en la paulatina erosión del papel del Estado como garantía de los derechos ciudadanos y herramienta de redistribución de la riqueza generada por toda la sociedad.

Para denunciar el proceso de «prostitución» de las identidades nacionales y culturales, le ensayista ayude al ejemplo lejano pero no menos ilustrativo Bhután, un pequeño principado tradicionalmente divorciado de los cantos de sirena del capitalismo, donde la distribución de la riqueza nunca estuvo asociada a los indicadores de producción ni la macroeconomía.

Hoy, esa pequeña nación es un «paraíso» contaminado por el sistema y el consumo, lo que ha modificado radicalmente sus tradiciones e identidades culturales.

El dinero  a consecuencia de la nueva doctrina globalizadora  parece haber derrotado el proverbial liderazgo espiritual del propio budismo.

La aguda observadora evoca el proceso posterior a la Segunda Guerra Mundial, cuando, para mitigar los efectos de la crisis derivada de la ruina económica, los estados se transformaron en auténticos escudos contra los excesos del capital.

Noreena Hertz retoma la evaluación del proceso iniciado con la consolidación del eje Thatcher-Reagan, cuando la aplicación de las teorías de Milton Friedman y Frederich Hayek derivó en la fundación de la neocultura del homo economicus.

Más allá de la aplicación de los modelos neoliberales y privatizadores, que se tradujeron en recetas luego aplicadas en muchos países del Tercer Mundo por mandato de los organismos multilaterales de crédito, la autora examina algunas de las causas del fenómeno.

En ese contexto, alude el endurecimiento de las condiciones de los créditos otorgados por el sistema financiero mundial tras el descongelamiento de la guerra fría. Desaparecido el «enemigo», las potencias desarrolladas abandonaron su política de dádivas (programas de asistencia y crédito blandos) a los «países amigos».

La ensayista denuncia la imparable expansión de las corporaciones económicas, citando indicadores cuantitativos que realmente convocan a la reflexión: actualmente, 300 multinacionales detentan nada menos que el 25% del total de los activos del mundo.

Para ejemplificar el proceso de concentración de poder en el sector privado en detrimento de los gobiernos y otros órganos representativos de la voluntad popular, Hertz afirma que de las cien mayores economías del mundo,
51 son empresas y 49 estados-nación.

La autora marca los agudos contrastes de la nueva fase capitalista imperante, denunciando la paradoja entre el crecimiento de algunas economías y el aumento de la exclusión social. Sugiere, en consecuencia, que el «paraíso» neoliberal es, para millones de seres humanos aún en las naciones más ricas, un infierno de marginación.

Denunciando algunas de las lacras del sistema, Noreena Hertz narra la dramática historia de un japonés que se suicidó, luego de trabajar más de ochenta horas diarias durante dieciocho meses. El infortunado empleado, víctima de la psicosis laboral y la depresión, apenas tenía tiempo para regresar a su casa, cambiarse de ropa, comer algo e higienizarse.

En una sentencia histórica, la Justicia responsabilizó a la empresa por la muerte del operario y la condenó a pagar una fuerte indemnización a sus familiares.

Para desnudar las prácticas inmorales imperantes en este mundo global, la escritora revela que los antiguos sistemas de espionaje empleados durante la guerra fría, hoy están al servicio de la habitualmente desleal competencia comercial. Cita casos concretos de empresas que, mediante sofisticados satélites y equipos informáticos, robaban información y contratos a sus rivales.

Denuncia, asimismo, la manipulación ejercida sobre los gobiernos, mediante el pago de sobornos y la financiación de campañas electorales y la venta de armas a países que violan los derechos humanos pero tienen mercados cuantitativamente apetecibles.

Obviamente, la ensayista recuerda las conspiraciones secretas del pasado promovidas por Estados Unidos, para derrocar gobiernos que amenazaban sus intereses económicos extraterritoriales.

Noreena Hertz no soslaya agudas críticas a sonados escándalos de corrupción y la actitud ambivalente de muchos gobiernos particularmente europeos, que mientras se visten con ropajes presuntamente progresistas, exhiben una obsecuencia tolerancia con el gran capital.

Con lenguaje contundente, la ensayista denuncia el proceso de apropiación de voluntades practicado por las corporaciones mundiales y la usurpación del poder, presuntamente reservado a los gobiernos legalmente electos.

Este documentado trabajo plantea serios advertencias en torno al incierto futuro de las democracias. La autora propone redoblar las movilizaciones antiglobalización, denunciar los excesos de las multinacionales y hasta un boicot de consumidores contra empresas de probada conducta antiética. *

(Editorial Planeta)

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