Cuando la vida depende de otros
El mensaje del filme, en rigor, se resume claramente en colocar un asterisco de atención en los espectadores sobre un tópico delicado: cincuenta millones de ciudadanos estadounidenses no poseen cobertura médica total, lo cual evidentemente dispara todo un gesto de alarma en un país dominante o hegemónico. Crudos datos de la realidad inmediata que, por otra parte, es una deficiencia de un servicio esencial que los países del Tercer Mundo conocen en forma más que desgarradora.
A partir de ese dato John Q, de Nick Cassavettes (quien logró catapultarse con el rodaje de la excelente She’s lovely, con un guión escrito por su desaparecido padre (John Cassavettes), enfoca tal conflicto en el universo de laworking class, esto es, la más desprotegida, la que se desloma cotidianamente por un bajo salario y que, por la fuerza del destino, si llega a rozarte la fatalidad el tema puede llegar a ser desesperante.
Es que si hay un hijo aparentemente sano, quien de pronto en un juego de baseball se desploma al suelo por un paro cardíaco, habrá que hacer todo lo humanamente posible para que se recupere. Diagnóstico irreversible: transplante de corazón, a los que los padres (Denzel Washington y Kimberly Elise) aceptan sin demasiados titubeos. ¿Pero qué ocurre si la cobertura médica es parcial?
John Q abre su abanico a los pormenores de una historia a contrarreloj, de ritmo entrecortado donde precisamente el personaje de Denzel Washington sentirá el peso implacable del establishment por lo que, contra toda negativa, buscará una salida como sea. La higiénica puntillosidad, por ejemplo, de la directora del sanatorio (una perfecta y glacial Anne Heche) subrayándole el costo de una operación que supera largamente la cobertura médica. Las opciones alternativas: cash, es decir dinero contante y sonante que ubica a los personajes contra la pared y, al pequeño hijo, en una peligrosa deathline.
Corre por su vida es lo que se permite John Quincy: un hombre afable y de buenas maneras que recorre todos los despachos de la burocracia tratando de revertir la situación y alcanzar el monto que le exige el sanatorio. Lo cierto es que el filme, pues, adquiere volumen cuando una desestructuración emocional de John Q (Washington) lo decide por un quiebre de las reglas de juego: secuestrar al cirujano (James Woods reapareciendo en la pantalla en un rol contenido y prudente) y a un grupo de pacientes en la unidad de emergencias del hospital para solicitar, por la fuerza, que le otorguen atención debida a su pequeño hijo.
La fuerza policial llega en segundos, y allí está, como en otros tantos largometrajes, la dignidad interpretativa del inmenso Robert Duvall para componer a un detective de tono conciliador y sereno que desea negociar a toda costa por encima de la gestión letal de los francotiradores ya apostados por su superior (Ray Liotta haciendo de Ray Liotta) para liquidar todo el asunto.
John Q, el filme, se balancea entre el countdown que se instala hacia dentro del hospital y las manifestaciones de adhesión de la población que también arriba al lugar estimulada por las imágenes de los mass media. Cassavettes ensancha entonces su mirada, y llama a la reflexión en cómo puede operar un padre de familia al límite; cómo opera la policía y la institución médica, los medios de prensa y el rebaño humano que fluye a mares para darle apoyo moral a ese individuo cuyo único delito cometido, en su lectura, es tratar de salvar a su hijo.
La narración es realmente fluida y desde luego las tiempos de intensidad y de motricidad dramática irán trepando a medida que se vayan acumulando diversos episodios, aunque el espectador intuya el inevitable happy end. Más que nada John Q es un filme de elenco: la composición de Denzel Washington realmente impresiona; Robert Duvall por su tono cálido que busca mediar después de comprender la cabeza y las emociones de ese individuo amurallado (John Q); Anne Heche por darle vida a una mujer inflexible que solamente en la soledad logrará derrumbarse; James Woods, finalmente, como el médico que por un momento olvidará las formas y será médico por encima de cualquier suma de dinero.
Pasa en las grandes ciudades, pasa en los villorios. Y acaso la odisea de John Q es demostrativa, en estos tiempos, que en segundos se puede cruzar la frontera de la razón aunque en este caso tenga un sentido netamente humanista. Puede verse. *
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