Detrás de un muro invisible
De pronto, parecen encontrarse temas que se entrelazan. Uno es el de Rusia, o quizás el de la Unión Soviética, perceptible en el título: el astronauta abandonado en el espacio, en un enano abandonado en Buenos Aires con un muñeco a cuerda, en un marinero que se queda en Montevideo, en una niña que canta, en un personaje de Chéjov y en una astróloga que, si no recordamos mal, es espía en que se alude al vodka; sin contar, por supuesto, a Maiacovsky y a Gorbachov, que como es del signo de Piscis quería conciliar y «le pasaron por arriba». El segundo tema que aparece es el de la esencial fugacidad del pasado: no ya que el instante pasa más rápido de lo que desearíamos, sino que el mismo pasado, bajo las torsiones del recuerdo, es modificable, quizás al infinito. En las huellas de Henry James, que anotó que el pasado tiene aún más posibilidades que el futuro y de Wilde, que señaló que lo más importante no es hacer la historia sino reescribirla, Vidal Giorgi, presenta como mascarón de proa de su bajel espacio-temporal la posibilidad de que el muro de Berlín nunca haya existido. Por esto los relatos quedan, más que inconclusos, abiertos, como a la espera de un nuevo acontecimiento que los reinterprete, que cierre el círculo y pronuncie su nombre secreto. Así, algunas frases aluden a la doctrina de los ciclos (Vico), que, paradójicamente es uno de los antecedentes filosóficos del marxismo, como «La única ley del mundo es que todo tiene su ciclo y su término»; otras frases se refieren al conflicto entre lo ideal y lo real, como «La barca del amor se estrelló contra la vida cotidiana» y «Yo quise construir un mundo nuevo y me resultó inhabitable». Y si atendemos al programa, la obra se relaciona también con Evtushenko recitando en el Palacio Peñarol y con el golero Yashin ahogando desde sus tres palos el grito del gol en nuestras gargantas. Toda una cosecha de recuerdos que no alcanzan a unificarse; todo un apunte autobiográfico escrito con todos los nombres cambiados y que busca en la acción una síntesis.
Si esta especie de sonata teatral fue el propósito del autor, peca por exceso de ambición, y que ni la concepción es suficientemente clara ni su realización suficientemente precisa. Tenemos dudas de que el teatro pueda albergar tanta postulada sutileza; ya las obras de Tennessee Williams, que suelen intentar efectos puramente poéticos, plantean serias dificultades de comprensión y de interpretación. En el caso de «El muro de Berlín nunca existió», las narraciones parciales aparecen sin la necesaria interrelación y la síntesis de tanta experiencia no se advierte. Así, esta pieza, con sus anotaciones al pie de la Historia, es, al contrario de lo que podría suponerse, una obra harto personal; tan personal que casi es una obra privada, escrita para el mismo autor y cuya reticencia o hermetismo no parece requerir la comunicación con un público. Las anécdotas no logran una mínima trascendencia y las imágenes se suceden de modo tal que parecería que se cancelaran mutuamente en vez de apoyarse unas en otras. El resultado, la impresión final, es de una penosa dificultad de expresión que deja entrever fugazmente un mundo tan variado como caótico pero del que no se proporciona la clave.
La puesta en escena se apoyó en una escenografía hecha de elásticos, como si el mundo exterior pudiera ceder ante cualquiera de nuestras menores presiones; pero no encontramos la justificación escénica de este incómodo universo. La obra quedó, al menos para nosotros, ajena, replegada sobre sí misma, del otro lado del muro del autor. *
EL MURO DE BERLIN NUNCA EXISTIO, de Luis Vidal Giorgi, con Roberto More, Emilio Pigot, Pepe Vázquez, Carolina Bogao, Betty Fontes, Walter Speranza e Isabel de la Fuente. Vestuario, escenografía e iluminación de Claudia Sánchez, dirección general de Luis Vidal Giorgi. En Teatro Circular, Sala 1.
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