Pavlovski: El intelectual latinoamericano debe pronunciarse políticamente
Las dos exitosas representaciones que hizo en Cádiz tuvieron gran concurrencia y se hicieron a salas más que llenas (se habilitaron incluso butacas con poca visión del escenario, tal era la demanda). En un momento de descanso, Pavlovski tuvo la deferencia para LA REPUBLICA de conceder una entrevista a este corresponsal.
–¿En momentos de crisis como la actual, no tiene mayor fuerza una expresión coral que la personal del monólogo?
–No siempre. Yo pienso que a veces la voz coral, la del social-histórico, de acuerdo al grupo hegemónico dominante, da una visión no de la sociedad sino del grupo dominante. Yo como latinoamericano estoy muy atento a los conflictos del tercer mundo y me parece que mi voz sale de ahí básicamente, sale de un lugar existencial –existencial quiere decir que ya a los 68 años uno no piensa igual que a los 32– pero simultáneamente es una voz que tiene que ver con un social-histórico y con un destino de mi país en Latinoamérica.
Mezcla entre lo social y lo personal
–¿Es este monólogo una representación de la trayectoria de la sociedad argentina o un «testamento» personal?
–No tanto, ni es una trayectoria ni es una biografía personal. Las distintas etapas aparecen como flashes. Mi teatro es fragmentario, de modo que no tiene una argumentación lineal, sino que son fragmentos y los fragmentos se escuchan como tales. El espectador puede traducir distintos momentos históricos del social-histórico, pero también de la edad, de la existencia y de la vida, de la pérdida de potencia, de la alegría, de los amores perdidos, de las desesperanzas, de los vacíos… Es una mezcla de lo social y lo personal.
–El actual momento de su país, ¿alienta la creación?
–Se ha dado algo muy curioso. En un momento muy difícil hay mucha creación. También se ha dado en otros lados. El franquismo ha dado momentos de mucha creación. También lo tuvieron ustedes cuando la dictadura militar. Nosotros estamos viviendo un momento terrorífico desde la perspectiva económica pero pienso –para poder hacer un diagnóstico global (sobre todo para los porteños que siempre pensaron que son europeos)– que en realidad nosotros tenemos el destino de todos los países latinoamericanos, que son democracias con concentración de riqueza en un sector y un 60% de la población de la pobreza, ya sea en Argentina o en Brasil, que es la décima potencial mundial.
Sin embargo en mi país hay ahora un movimiento cultural muy fuerte. Hay cien escenarios en Capital Federal un sábado. De ellos ganan diez y los noventa restantes son gente joven que tiene necesidad de expresarse en un momento tan peculiar como es éste, en el que si bien estamos en decadencia, en Latinoamérica tenemos movimientos sociales de gran envergadura y una gran inquietud a nivel personal, precisamente por los problemas acuciantes.
Hubo en la Argentina dos movimientos muy interesantes en lo teatral. No hablo de autores. Uno de ellos fue en plena dictadura, al final. Se llamó «Teatro abierto» y fue un movimiento de autores, actores, directores, escenógrafos, una respuesta a la dictadura que produjo un fenómeno micropolítico. El primer día le pusieron una bomba; en Latinoamérica, a veces las bombas son la respuesta inmediata en la represión. Cuando digo micropolítica, no digo política chica; digo política por fuera de la organización: partidos políticos, la Iglesia, los sindicatos. Gente que se junta para manifestarse. Hoy hay otro: el «teatro por la identidad», que también llena salas y no se guía tanto por la calidad de las obras sino por la cantidad de gente que se junta para ver ese teatro. Diría, pues, que la cultura nuestra, en ciertos niveles juveniles, está pasando un buen momento, pese al desastre económico.
–¿Tiene ese florecimiento cultural un matiz de combatividad?
–Hay una obra mía, que llevé a Montevideo, al Festival, que se dio en Madrid en Casa de América y que se llevó al cine con Pino Solanas: Globo rojo. En ella se traduce lo que yo llamo «resistencia cultural». Resistencia cultural es una forma de buscar la identidad en un momento en que la identidad se va perdiendo paulatinamente. Entonces, yo no pediría que se explicite el mensaje de cada obra, sino que haya un movimiento que trata de expresarse ideológicamente y estéticamente. En un momento como el actual, que una parte de esa resistencia busque una identidad cultural me parece muy importante.
Te diría que si bien esto de la identidad ha sido sobre todo un problema porteño, se debe a la inmigración. Casi nadie es hijo de «naturales». Lo digo en la obra, mi padre y mi madre eran españoles. Pero además ahora hay una pérdida de identidad nacional con la globalización mundial, sobre todo si oyes a Bush, que no se diferencia mucho de Hitler. Hitler invadió Checoeslovaquia por el «espacio vital», con la complicidad civil de la clase media europea. Ahora este loco va a invadir Irak porque necesita el petróleo de la segunda potencia petrolera. Y Berlusconi, Aznar y Blair lo van a apoyar, por lo que hay una complicidad callada y silenciosa de Europa. No digo que no hay un movimiento antiglobalización muy importante que se está gestando y hay una respuesta de sectores y hay libros como el de Toni Negri Imperio. Hay teóricos que tratan de traducir este momento tan particular del mundo, en no sabemos bien para dónde vamos. …Pero sí se sabe que hay un primer mundo; nosotros los latinoamericanos pertenecemos al tercero…».
–La globalización significa dominio económico con una ideología bien definida, en neoliberalismo. ¿Se puede hablar también de un dominio cultural?
–Estados Unidos es muy, muy inteligente en algunas cosas. La mayoría de los periodistas latinoamericanos están neutralizados por subvenciones. En un momento determinado los intelectuales latinoamericanos iban a Nueva York y hacían manifestaciones antiimperialistas. Ahora nadie lo hace. ¿Por qué? Porque le han marcado muy inteligentemente cuáles son los límites. No todos los intelectuales son así, pero hay muchos que van del subsidio al viaje, del viaje al subsidio. Estamos hablando de intelectuales brillantísimos. Pero no se entiende que, en la Argentina, intelectuales brillantes hablan en la televisión de los robos de los senadores pero no de que estamos por entrar en una guerra mundial. Y ello porque las fundaciones estadounidenses son muy fuertes. Y esto es una gran política americana. Tú distingues exactamente ciertos intelectuales como Gelman, por ejemplo. Cuando Gelman escribe sobre Bush, sobre la guerra contra Irak, es un documento histórico. Los otros sólo hablan de los pequeños robos del subdesarrollo.
Yo te diría que soy un privilegiado. Soy psicoanalista, soy psicodramaturgo, he publicado muchos libros, he viajado mucho. En mi exilio de tres años en España, me trataron muy bien; yo hacía mi teatro, publicaba mis libros. Soy la concentración de ese 20% de gente que no representa al gran sector de la población latinoamericana. Yo creo que un intelectual, que se ha formado como intelectual, tiene que pronunciarse. Como dice Saíd, que es un intelectual palestino, en su libro «La representación del intelectual»: yo puedo escribir teatro y creo que no hay que hacer teatro político, uno tiene que hacer el teatro que le gusta. Lo que no puede dejar de hacer en Latinoamérica es de manifestarse políticamente.
No puede contestar a la pregunta: «¿Tú que opinas de la muerte de ese estudiante?». «Yo soy psicoanalista». No. nadie puede refugiarse en la singularidad específica de la profesión. Yo pienso como pensaba Trosky: hay una libertad expresiva y hay que usarla. En la Argentina hay una libertad expresiva amplia, una libertad expresiva cul
tural muy amplia. Yo prefiero a Vargas Llosa a una izquierda callada. El habla, lo dice y lo cree. Entonces vale. Lo malo es el que calla. *
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