Cuídate de los vecinos
Clint Eastwood está de regreso. Y aun cuando se coloca en la superficie (es decir el siempre turbulento universo policial con sus conflictividades y sin alientos) que mayor comodidad y taquilla le ha otorgado a lo largo de su vasta y espléndida trayectoria como actor y cineasta, se le percibe tal vez el cansancio del maestro que ha fundado obras mayores como Bird o Los imperdonables, por citar tan solamente dos ejemplos.
Deuda de sangre (Blood work), adaptación de la novela homónima de Michael Connolly, sitúa a un ex agente del FBI retirado (Eastwood) luego de un tiroteo con un serial-killer (identificado en la jerga policíaca como «El asesino del código») que le agujereó el pecho y ha tenido que esperar dos años para hacerse su transplante -bajo la supervisión de una exigente médica, elaborada con corrección por Anjélica Huston- que le permita prolongar su vida.
El corazón llegó y el ex detective del bureau, resucitado, se ha retirado a cuarteles de invierno y así hacer tareas harto menores lejos del mundanal ruido del FBI y sus agobiantes responsabilidades. No va más. Caso cerrado para ese individuo ahora sereno y otoñal, con una pizca de humor, lento en sus movimientos y siempre rodeado de pastillas para estabilizar su estado de salud, aunque con ráfagas de pesadillas de su pasado inmediato. Lo cierto es que Eastwood, y ese personaje que ha sido todo un fino y seguramente violento sabueso, plantea un largometraje en la cual acude a la métrica de suspenso y a la acumulación de datos -una forma estilística que no ha acudido con frontalidad en su obra- para el desarrollo de un caso aparentemente cerrado y que, por esas cuestiones del corazón, deberá volver al rodaje aun cuando el aire sofoque, todo pese más y tal vez los reflejos no sean los mismos, aunque mantenga la intuición larga y toda la pericia de un hombre al que parece haberle contado todos los cuentos.
Lo que debe haber atrapado a Clint Eastwood de la novela de Connolly es que su personaje actúa por oposición al explosivo, justicia por mano propia de Harry «El Sucio» Callahan que en algún momento consolidó su presencia actoral y expandió su popularidad, luego de la saga de filmes western-spaghetti.
Aquí Eastwood echa a andar a un personaje absolutamente carnal y aprehensible, de rendimiento físico limitado y buenas maneras, muy lejos de la estética del superhéroe Magnum en mano, que se enfrenta a una situación ética cuando descubre que la donadora de su nuevo corazón es asesinada en un cajero automático, y pese a la negativa de su médica, toma las riendas del caso y dará vuelta todos los resquicios de California para capturar al homicida. Contrata a su vecino, caracterizado por el alicaído Jeff Daniels, su vecino de yate donde ambos han decidido vivir. La presión es enorme, acaso cuando la hermana (Wanda De Jesús) y el pequeño hijo de la muchacha asesinada, lo presionan para que se haga justicia. Hay que pagar esa deuda de sangre (el corazón donado) que lo mantiene vivo y, por supuesto, sus pesquisas, inmediatamente comprenden que el caso fue tratado con facilismo operativo, lo cual le trae algunos altercados con sus ex compañeros.
Lo cierto es que Deuda de sangre es otra de psycho-killers. Más de lo mismo, en efecto, dentro de un género cinematográfico que ha brindado piezas de mayor hechura e impacto. Eastwood, viejo lobo de mar, no obstante sabe cómo montar el asunto -está en su salsa-, aunque descanse en las fórmulas de género y, para el espectador atento, el asesino serial (un reaparecido «asesino del código») de los cajeros automáticos pueda más que intuirse rápidamente por los espectadores atentos.
No obstante el relato es fluido, así como el diseño de los diferentes climas que le van dando textura y sentido a una narración lineal con un desenlace que tendrá su vuelta de tuerca, con un plus progresivo de inflexiones dramáticas, todo veteado por la música nocturna, profundamente urbana y jazzística del gran Lennie Niehaus. El sello de Eastwood está allí en la pintura de los personajes, en un modo estilístico inconfundible, en cierto ingenio de los parlamentos, en definitiva en una escritura visual aplomada y que posee sus buenos momentos, aunque en esta ocasión no sea suficiente por sus previsibilidades.
De igual modo Eastwood, a los 72 años, puede permitirse un filme en tono menor que los incondicionales irán a disfrutarlo. Porque, pese a todos los reparos anotados, Eastwood demuestra chispas de su grandeza y, de paso, envía un mensaje: cuídate muy bien de tus vecinos. *
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