Películas trasandinas
Como en otros países latinoamericanos, el cine llegó muy pronto a Perú; el 2 de enero de 1897, el presidente de la república Noclás de Pierola asistió a la primera exhibición pública en Lima del sistema Vitascope de Edison, y un par de años después camarógrafos nacionales estaban ya captando imágenes de la vida cotidiana. El aparato de los Lumiére llegaría un poco después. En los primeros años de la década del diez se filman ya algunos cortos argumentales, y en 1922 se estrena el primer largo, Camino de la venganza, de Luis Ugarte. Desde entonces hubo una producción esporádica que adquirió su primera notoriedad internacional a través de algunas coproducciones con México y Argentina, y en particular a través de la obra de Armando Robles Godoy.
La verdadera afirmación del cine peruano es, empero, más reciente. Ha estado acompañada por el aporte teórico de algunas revistas influyentes (primero Hablemos de Cine, más cerca La Gran Ilusión), por una abundante producción de cortometraje a veces ayudada por iniciativas estatales, y por la labor de algunos realizadores, el más importante de los cuales es seguramente Francisco J. Lombardi.
La presente semana de cine peruano, que se realiza con la colaboración de la Embajada de Perú en Montevideo, constituye un buen muestrario de la variedad de la producción actual del país, que abarca desde el testimonio político y el drama social (Coraje, La espalda del mundo, Ciudad de M, Bala perdida) hasta el drama pasional (La carnada) y el filme de época (El bien esquivo). Una buena oportunidad para reencontrarse con un cine latinoamericano. *
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