El éxito embrutece
Carlos Calvo está sentado en el lobby el hotel. No se saca los lentes negros y parece tener ganas de hablar. La sola mención a la obra que vino a presentar al Teatro del Círculo, es una buena excusa para empezar la charla: «Hace cuatro meses que estamos haciendo la obra. Estamos muy contentos porque la repercusión fue superior a las expectativas».
¿El basar una obra en sólo dos personajes es algo difícil?
Para mí era todo un desafío, pero la obra está tan bien contada que facilita las cosas. No hay tiempos muertos, se va contando todo en un tiempo de comedia con un ritmo alucinante, donde se produce una gran complicidad con el público. Para mí la comedia tiene que tener ingenio y esta obra tiene un humor muy sutil e ingenioso. Recuperar eso en la comedia me parece un hallazgo. Es una comedia romántica que cuenta cómo se gesta una historia de amor entre dos personas solas. Es muy interesante, sobre todo hoy que hay tanta soledad.
La comedia no necesariamente debe tocar temas banales…
Aquí se trata específicamente de evitar la comedia chabacana. Cuando leí la adaptación de la obra me pareció diferente a todo. Para mí es fundamental la credibilidad de las situaciones, porque el humor no debe estar en la gracia que pone el actor, sino en la situación. Si la gracia parte del actor perdimos, quiere decir que la situación no es válida. Yo siempre defendí a la comedia como algo más difícil que el género dramático. La comedia siempre ha sido vapuleada, no sólo por los críticos, sino también por los actores. Al no tener textos sólidos, se da esa cosa chabacana que puede llegar a hacer reír momentáneamente pero no tiene sustancia.
¿Y qué pasa con la televisión a ese respecto?
Yo creo que la televisión tiene ciclos. Hoy estamos en lo mediático, en los reality shows. Pero volviendo a la comedia todo pasa por el texto, también en la televisión. Si el actor no tiene buenos textos debe recurrir solamente a su histrionismo y trata de zafar. Después paga las consecuencias de que no lo llamen para hacer cosas más importantes.
¿Existe el riesgo de esquematizarse?
Decímelo a mí… Lo que pasa es que cuando vivís un éxito es tan lindo que te casás con el personaje. Yo me acuerdo que estaba tan interiorizado con el Carlín de Amigos son los amigos que cuando salía a la calle seguía siendo Carlín. Me divertía tanto haciendo el personaje que llegué a olvidarme que era un actor interpretando un papel. Después tenés que asumir las consecuencias, porque agarrás cualquier otro papel y tenés que bancarte los prejuicios de la gente.
¿Llegaste a odiar ese personaje?
Hubo un momento dado en que me pesó mucho. Odiar nunca lo pude odiar, porque el personaje me encantaba. Me dio muchas satisfacciones y me trasmitía mucha alegría. Cuando la gente me agradece los momentos que le hice pasar, es como decir «misión cumplida». Es una parte fundamental de la carrera de un actor darle la posibilidad a la gente de distraerse y causarle alegría.
Claro que corrés el riesgo de creerte todo eso y nunca puedas salir de esa situación. No es una tarea fácil.
Después del accidente que tuve, hice un replanteo de mi vida. Quizás mi máximo desafío es volver a la comedia y poder trasmitir alegría de nuevo. Porque si yo puedo trasmitir alegría quiere decir que tengo luz y eso es lo más importante.
Antes mi vida pasaba solo por el trabajo. Mi único objetivo era el éxito.
Como yo nací con éxito en esta carrera, era lo único que conocía. Es terrible crecer a través del éxito, porque sólo te permite disfrutar al tener éxito.
Cuando me casé y tuve un hijo empecé a tener otras responsabilidades. Yo no sabía lo que era estar pendiente de otro y eso me dio otra visión de las cosas.
La búsqueda sólo del éxito, supongo, te achica las posibilidades de crecer como actor.
El éxito embrutece. Cuando vivís dependiendo de eso se te limita el horizonte. Me pasó que me llamó Alberto Lecchi, el director de Perdido por perdido, para hacer una película y yo le contesté que no podía hacer ese papel, porque «yo era Carlín». Fijate lo loco que estaba. Seguramente había dentro de mí un gran temor a hacer algo diferente y quebrar el círculo del éxito.
Pero para mí lo más importante hoy es volver a decir algo en un escenario, en un set de televisión o en el cine.
¿Tenés preferencia por alguno de esos medios?
El teatro. Yo siempre aposté al teatro, porque ahí está la verdad.
En el teatro estás solito con la gente y no hay tu tía. La energía que emana del público te devuelve lo que le estás trasmitiendo, no hay que esperar el rating. En el teatro sos vos expresándote sin limitaciones. Es la expresión más auténtica del actor.
¿Te gustaría dirigir?
Sí. Lo que pasa es que soy muy exigente y no tengo paciencia. Hay que tener mucha paciencia con el actor y los actores somos bichos muy difíciles.
¿Es difícil hacer reír en estos tiempos de derrumbe?
Insisto en que el humor sutil, el ingenio es lo que salva cualquier situación. El ingenio está en la sorpresa. Si no hay sorpresa no te reís. Y yo creo que hoy más que nunca hay que sorprender con la inteligencia.
Ves alguna salida a toda esta situación?
Hoy lo único que pido es que no dejemos que nos quiebren la esperanza. Todo lo que se está haciendo es para quebrar la esperanza de la gente. Y si te quitan la esperanza te sacan el proyecto de vida.
Hoy tener un proyecto hace que sigas adelante. Si te entregás te vas marginando y si sos un referente todos los que te siguen se van entregando.
¿Te sentís un referente?
A veces sí, sin querer serlo. Dentro de mis posibilidades lo que puedo hacer es tener proyectos, generar cosas y crecer. Eso es lo que te incentiva. Nos quedan cosas todavía. Somos sociedades muy interesantes. Somos generadoras de cosas, somos inquietos y eso nos salva. Si sos inquieto molestás y eso es lo que quieren quebrar. El arma que tenemos es generar cosas. El arte es lo único que no se puede matar. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad