"REBATIBLES", DE NORMAN BRISKI, EN BUENOS AIRES

El mago de Monserrat

 

En la puerta del teatro hay ahora un letrero vertical que dice «Teatro Calibán», pero en sus comienzos era la entrada de uno de esos edificios de apartamentos que solemos encontrar en los barrios modestos, donde todas las puertas dan a un mismo corredor. Al fondo, cuando el espectador en ciernes comienza a pensar que se ha equivocado de dirección, una puerta que cierra el corredor tiene el nombre de la sala. Aún dentro, traspasada la puerta, no era un teatro sino el estudio de Norman Briski, el lugar donde impartía sus clases de actuación. Aparece un ambiente muy pequeño, que es el equivalente del foyer y la boletería al mismo tiempo; al frente hay dos entradas. Una lleva a un entrepiso, donde hay o puede montarse un teatro; la otra al teatro.

«Calibán» alude a Ariel, a «La tempestad» y a Próspero; y es con este mago y príncipe que identificamos a Briski. «Rebatibles» es la tarjeta de presentación de su exuberancia imaginativa, una muestra de sus fuerzas y posibilidades, como la tempestad ficticia que organiza y desarma Próspero. A medida que la obra avanza, teníamos la impresión de transitar por las historias de Harun-Al-Raschid, y que Buenos Aires se había convertido misteriosamente en la legendaria Bagdad, o que, como dice Briski en el programa, hemos entrado al Arca de Noé.

«Rebatibles» sugiere la idea de duplicación, de múltiples sentidos que se concentran en un solo signo, de varias utilidades para un mismo objeto. El protagonista, al que conocemos sólo por su nombre de pila, Humberto, un hombre que al principio de la pieza casi no habla y al final es harto locuaz, trabaja en la amplia oficina de una empresa de la que poco y nada hemos de saber. Hay una computadora, lámparas funcionales, papeles, ambiente de escritorio. Como Humberto no tiene otro lugar para vivir, por las noches, clandestinamente, convierte en habitación a la oficina. En el lugar de la computadora aparece, tendida, la imprescindible cama y las baldosas del piso dejan aparecer una cocina a gas, sobre cuya llama el protagonista hierve agua, cambian las lámparas y la iluminación. Hay al costado de la habitación un ascensor misterioso, al que alumbra una luz entre espectral y sulfúrea, que funciona y por donde los personajes van y vienen y por donde aparecen otros nuevos, entre ellos un desinhibido japonés drogadicto; al fondo hay una escalera que no se sabe a dónde conduce. Al fin, un empleado de Seguridad descubre la duplicación y la reprime.

La pieza funciona como experimento y como desafío a la imaginación: Briski se complace en su destreza, realiza sus fantasías y como todo mago benéfico, muestra sus trucos. El argumento y la forma narrativa atrapan y seducen al espectador; llega, no obstante, un momento, sin embargo, en que los fuegos de artificio parecen repetirse, en que los personajes no parecen tener más facetas, pese a la buena calidad de la interpretación, y el encantamiento amenaza romperse y sustituirse por la fantasía libre; pero siempre hay una idea, un rasgo de ingenio, una gracia. Hay, por sobre todo, y esto es lo más admirable, devoción por el arte y la prueba de que el teatro, como todo verdadero arte, como toda obra auténticamente humana, es ajeno a los grandes presupuestos y a los costos de producción.

 

REBATIBLES, de Norman Briski, con Marcelo D’Andrea, Karina K., Diego Leske, Carlos March y Leonardo Ramírez. Escenografía de Leandro Bardach, vestuario de Magda Bardach, sonido de Guido Bardach y Juan Mascaró, luces de Marcelo Rabellino. Asistentes de mecanismos: Túnel, Adrián Kuzmuk, ascensor, Ruben Moyano y María Paz Camelli, araña y ducha, Juan Vautista, dirección de Norman Briski. En teatro Calibán, México 1428, tel. 4381 0521, Buenos Aires. *

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje