Un traje de varios colores
La publicado un libro de cuentos y más recientemente cuatro obras teatrales bajo el título colectivo de «De rigurosa etiqueta y otras obras», que comprende además «La princesa se muere sobre el piano de cola», «La bicicleta acuática» y «La gata que mira». De todas ellas ha escrito Agustín Alezzo que son «…cuatro mundos de rotundas atmósferas poéticas… frutos de una inspiración luminosa, de una imaginación y fantasía desinhibidas y exuberantes…» y Ernesto Schóo, crítico de «La Nación», que fue director del Teatro San Martín y cuyas opiniones son siempre tan bien fundamentadas como bien escritas, ha encontrado en esta pieza un «retrato al vitriolo de un grupo social decadente» y un «diálogo brillantísimo».
En diferentes comentarios anteriores, como respecto de su actuación en «El juego del bebé» de Albee, que se ofreciera en el Teatro Stella, o «Viaje de un largo día hacia la noche» de O’Neill en el Maipo y más aún con el recital poético de «Norma ríe», en el Conrad, adelantamos algunos reparos al arte interpretativo de Aleandro; paralelas objeciones nos suscita, a vueltas de tan respetable elogio, «De rigurosa etiqueta».
Norma Aleandro escribe por agregación, no en busca de una unidad. No cree que una obra de arte es un ser nuevo, vivo de nuestra sangre, nuestros sueños y nuestros mejores trabajos, tan uno y armonizado como una célula o un niño. La falta de cohesión de la pieza hace difícil contar la trama argumental, porque aún luego de concluida la obra no se advierte cuál es la idea, el impulso o el sentimiento que la llevó a la vida y se duda en considerar uno u otro episodio como principal o secundario. En un aparte de una fiesta que, se nos dice, sucede en la clase alta, aparecen un hombre rico del que se discute si es o no homosexual (Claudio Tolcachir) su agresiva mujer (Carolina Peleritti) que seduce o finge seducir y casi siempre humilla a uno de los mozos (Oscar Ferrigno), un senador autoritario, corrupto y probablemente torturador (Carlos Portaluppi) que discute y se agrede verbalmente con un aventurero que pretende actuar como médico (Fernán Mirás) y una mujer (Silvina Bosco) que aunque objeto de diversas agresiones (entre ellas una inverosímil cirugía) no padece ningún ataque sexual, pese a lo cual concibe y da a luz en escena a un mutante, una niña de 32 kilos. Siempre está ocurriendo algo y siempre se está hablando de algo, con predilección por yogis, auténticos o falsos y tratamientos psíquicos; lo que llamaríamos, no sin hipérbole, la ideología de la pieza, se asoma en frases como «somos europeos exiliados en la Argentina» y en la propensión incoercible de una de las mujeres por hablar de sus seis viajes a Europa y de cómo prefieren Europa a la Argentina; alguno considera al viejo continente, así en bloque, como demasiado ordenado y perfecto en su venerable antigüedad. En la escena final, que quiere ser simbólica, los protagonistas cantan parte del himno argentino, con algunas modificaciones tercermundistas, en una traducción al inglés.
Si no hay una idea rectora tampoco hay, omisión característica de los principiantes, un personaje que represente al autor, o que, por lo menos, sea el portador de su mensaje. El producto final parece la unión mal cosida de elementos disímiles. La descontrolada fantasía cerebral, ese sueño de la razón que produce monstruos y el inesperado nacimiento parecen propios de las obras de Fernando Arrabal ; por momentos aparece en la memoria del espectador «Decadencia», de Steven Berkoff, en la inspirada puesta en escena de Ruben Szuchmacher (con Ingrid Pelicori y Horacio Peña), en particular a partir de los sillones movedizos; en otros momentos hay una reminiscencia de las obras de los no tan nuevos dramaturgos argentinos como «La escala humana», de Daulte, Spregelburd y Tantanián o «Geometría» o «Fuera de cuadro» de Daulte, que también pueden vincularse a las imaginaciones de Arrabal. La idea de que somos o nos sentimos europeos exiliados, una moneda corriente de la sociología local es un tema perfectamente válido y de tratamiento harto necesario en estos momentos en que los jóvenes emigran al país de donde vinieron sus abuelos; pero su tratamiento por Aleandro es menos que superficial. Sólo le falta a Aleandro, prudentemente, el llamado de la selva, la apoteosis de «América profunda», el rechazo (¿?) del descubrimiento, la glorificación de la Edad de Piedra y demás bellezas del pensamiento latinoamericano.
El disparate, el absurdo y la tontería son aquí dueños y señores. Suceden, más que episodios, payasadas intrascendentes que podrían pasarse en otro orden o cambiarse por otras sin que la pieza se resintiera mayormente. Como descripción o crítica de una clase social, el argumento es tan disparatado que casi no entendemos cómo puede hablarse del tema; sospechamos que la clase dominante no es ni tan tonta ni tan incoherente como aparece en esta obra. Si así fuera, no podrían ejercer el dominio que ejercen.
La objeción más considerable que suscita la obra es su impersonalidad: no parece haber un autor. Alezzo dice que las cuatro obras del libro de Aleandro no tienen «…aparentes puntos de contacto entre sí». No podemos juzgar las otras tres obras de Aleandro, pero «De rigurosa etiqueta» simplemente no tiene contacto. Salvo una o dos consignas contestatarias, nada podríamos saber de la autora de esta pieza a partir de la puesta en escena.
La interpretación está por debajo de lo que podía esperarse del elenco. Es verdad que no se les ha propuesto personajes creíbles, a los que el actor pueda dar, además de su voz y su ademán, la adhesión personal; pero la actuación es monótona, con una escasa variedad de gestos y tonos vocales.
DE RIGUROSA ETIQUETA, de Norma Aleandro, con Silvina Bosco, Fernán Mirás, Carolina Peleritti, Carlos Portaluppi, Claudio Tolcachir y Oscar Ferrigno. Música original de Federico Marrale, vestuario de Renata Schussheim, ambientación de Maggy Risdon, iluminación de Oscar Possamato, dirección de Norma Aleandro. En el Teatro Payró, San Martín 766, tel. 4312 5922, Buenos Aires.
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