Vivir para contarla
Entre el determinismo fatalista de algunos y la recurrente osadía de los profetas del libre albedrío, el destino se transformó en uno de los centros vertebrales del debate intelectual.
Es claro que la vida es un fenómeno existencial que trasciende al mero periplo biológico. Es la cotidiana construcción del ser y el devenir que evoluciona rumbo a la plenitud, el éxito o el fracaso, más allá de coordenadas temporales o espaciales.
Un caso paradigmático es el del Premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez. El laureado escritor colombiano, es hoy, a sus jóvenes 74 años de edad, un auténtico referente de la cultura hispanohablante.
Gabriel García Márquez, que capturó la sensibilidad de millones de lectores a lo largo y ancho del mundo, nació el 6 de marzo de 1928 en Aracataca, un pequeño pueblo de Colombia hoy detenido en el tiempo. Fue el primero de once hijos, de los cuales siete fueron varones y cuatro mujeres.
Escribió su primer novela, «La hojarasca», cuando contaba con apenas 23 años de edad. El libro narra la historia de los amores contrariados de sus padres, quienes le narraron, junto o por separado, su tormentoso romance.
En 1961, parió «El coronel no tiene quien le escriba» en París, a donde había llegado como corresponsal de prensa. La obra fue uno de sus mayores éxitos editoriales.
Su consagración literaria sobrevino con «Cien años de soledad», novela que fue publicada por primera vez en 1967. Es considerado el libro de autor contemporáneo de habla hispana más vendido en el mundo, con más de 33 millones de ejemplares en 24 lenguas.
Quince años después, Gabriel García Márquez recibió el Premio Nobel de Literatura por el conjunto de su obra, transformándose, de ese modo, en uno de los iconos de la literatura de habla hispana.
Alternando la producción narrativa con el periodismo que nunca abandonó, García Márquez publicó, en 1975, «El otoño del patriarca», donde relata los últimos días de un dictador caribeño.
En 1978, vio la luz «La increíble y triste historia de la Cándida Eréndira», que fue su primera novela adaptada al teatro.
Tres años después, en 1978, se publicó su no menos exitosa «Crónica de una muerte anunciada», novela policial sin suspenso porque, desde el comienzo, se sabe quienes son los asesinos. Esta obra también fue teatralizada e incluso tuvo adaptaciones al cine.
Otras novelas igualmente exitosas nacidas de la genial e imaginativa pluma de Gabriel García Márquez son: «El amor en tiempos de cólera» (1985), «El general en su laberinto» (1989), que es una historia novelada de los tormentosos años finales del prócer americano Simón Bolívar, «Doce cuentos peregrinos» (1992), «Del amor y otros demonios» (1994) y «Noticia de un secuestro» (1996).
Además de sus numerosas novelas y cuentos, Gabriel García Márquez tiene en su haber una voluminosa obra periodística, que abarca todo lo publicado en materia de artículos, reportajes, notas y relatos, entre 1948 y 1995. Esa vasta producción está reunida en cuatro volúmenes.
Casi toda su obra literaria está ambientada en el extraño, folclórico y a menudo contradictorio paisaje de su Macondo, un espacio geográfico claramente identificado con su ciudad natal.
Sus últimas obras, particularmente de la década del noventa, se alejan de esa ubicación espacial.
La misma magia escritural que le valió la admiración de millones de lectores, lo transformó en una suerte de enemigo del sistema, cuyos excesos y prepotencias denunció reiteradamente. A consecuencia de ello, debió padecer exilio por razones políticas.
Este auténtico referente de la cultura latinoamericana, que se forjó en la emotiva fragua de las peñas literarias del mítico «grupo de Barranquilla» y las extenuantes redacciones de los diarios, creó un estilo propio en intransferible, que mixtura la realidad, la magia, la seducción, la ternura y aún el humor.
A los 74 años de edad, el entrañable «Gabo», un autor sin dudas comprometido con sus ideas y su tiempo histórico, asumió el desafío de comenzar a publicar sus memorias, que constituyen una suerte de legado anticipado.
En el primero de los tres tomos de «Vivir para contarla», el laureado escritor colombiano evoca minuciosamente su infancia, su adolescencia y los primeros años de su juventud, salpicados de historias, anécdotas, contrastes, alegrías y desventuras.
Considerado según su propio testimonio como discípulo de William Faulkner, Gabriel García Márquez fue ciertamente un predestinado, que inhaló la materia prima de su obra de la realidad, para luego edificar sus propios mundos e identidades literarias.
El autor inicia estratégicamente su relato evocando un episodio acaecido cuando tenía 23 años de edad. Por entonces, en compañía de su madre, de la cual permaneció alejado durante muchos años, emprendió el regreso a su pueblo natal con el propósito de vender una antigua propiedad de la familia.
Aunque la recreación del viaje es un mero pretexto para que el autor se interne en los laberintos de su pasado y recupere fragmentos indispensables de su historia, el itinerario resulta ciertamente ilustrativo.
Gabriel García Márquez describe elocuentes imágenes de una Colombia de agudos contrastes y desigualdades sociales, expresadas a través de la metáfora del tren. La descripción de las diferentes clases es reveladora de una sociedad tajantemente dividida por una suerte de sistema de castas.
Por entonces, el escritor había abandonado los estudios de derecho iniciados en Bogotá, a lo que se oponía su padre sin comprender cabalmente que el joven era ya un adulto dueño de sus decisiones. Alejado definitivamente de las aulas y claustros universitarios, su opción por el periodismo y la literatura ya era irreversible.
El regreso al solar natal está cargado de reminiscencias. Inmerso en una geografía asfixiante, el joven escritor observa como parte de sus sueños del pasado han sido demolidos por la realidad.
Ante sus ojos se perfila un paisaje árido, agobiante y desolado de pueblo chico abandonado y resignado a su suerte, donde las inclemencias de la naturaleza compiten con la endémica pobreza de los lugareños.
Los esplendores de otrora cuando había abundante trabajo, aparecen como un mero espejismo en el recuerdo del incipiente novelista, que busca obsesivamente una explicación.
Sin embargo, ese auge de la industria del banano que los fantasmales habitantes del lugar parecen añorar, contiene también una memoria de pasadas tragedias: la matanza de obreros huelguistas enfrentados a la poderosa United Fruit Company en 1928, que fue recreada con crudeza por el propio García Márquez en «Cien años de soledad».
El episodio, conocido por el autor mediante la tradición oral y otros testimonios transmitidos a través de las generaciones, marcaba ya la fuerte influencia de las multinacionales y el imperialismo norteamericano en sus colonias de la flagelada América latina.
Durante este itinerario de fantasía y evocación, el autor recuerda como nació su Macondo, el paisaje geográfico literario que identificaría luego a sus obras más exitosas. Macondo es realmente un árbol tropical sin flor ni fruto (su esterilidad es toda una metáfora), nombre con el que había sido bautizada una casa que impresionó y fascinó intensamente al joven escritor.
El regreso a su Aracataca natal fue para «Gabo» una experiencia conmovedora, que disparó miles de imágenes atesoradas durante años en su memoria.
Mientras despliega sus inflexiones emocionales a flor de piel, el Premio Nobel de Literatura se interna en los territorios
de su infancia, lo que deviene en reacciones siempre contradictorias.
La enorme casona que guarda numerosos fragmentos de su pasado definitivamente incorporados a su memoria, es hoy una mera estructura ruinosa, vacía de ausencias y apenas poblada por fantasmales rumores de bullicios apagados.
Gabriel García Márquez recuerda sus desarraigos infantiles. Se crió lejos de sus padres y bajo la tutela de su abuelo, al que casi siempre identifica como «el coronel, un austero veterano de guerras civiles.
La evocación de ese personaje, sin dudas crucial en su vida, prolonga la memoria histórica de ancestrales luchas fratricidas que enfrentaron a liberales y conservadores, en encarnizados e irracionales baños de sangre.
García Márquez admite haber sido el fruto de un tormentoso romance que inspiró precisamente su primera novela «La hojarasca». Su madre, en un tiempo en que la mujer era apenas una figura decorativa en el inconmovible paisaje de la sociedad, debió vencer una férrea resistencia familiar para casarse con un humilde telegrafista.
El autor describe la cultura insular de los pueblos chicos, a donde el poder llegaba únicamente con los cobradores de impuestos y los soldados que reprimían las revueltas obreras.
Evoca también la influencia de las mujeres de la numerosa familia, su despertar sexual con una desprejuiciada prostituta en medio de una espartana sociedad machista, su obsesivo miedo a la oscuridad, sus tiempos de monaguillo, el temor al pecado, el circo, el cine, su admiración por Carlos Gardel y su pasión por el dibujo y la lectura.
La pobreza vista por los ojos de un niño, es uno de los más elocuentes testimonios contenidos en este libro de memorias.
Gabriel García Márquez recrea con afecto e indisimulable emoción, sus primeras experiencias periodísticas en extenuantes e insomnes horas de redacción, los primeros cuentos publicados y su formación en la cátedra de los grupos literarios.
Sin embargo, no soslaya los contrastes derivados de un destino a menudo incierto, el desafío de abandonar sus estudios y optar por la literatura y hasta la desazón experimentada cuando la editorial rechazó su primer libro.
«Vivir para contarla», que es el primero de tres tomos, es una historia real entrañable, que corrobora hasta qué punto el laureado escritor se inspiró en su propia vida para concebir su exitosa obra.
Mediante su habitual prosa vibrante y impregnada de poesía, Gabriel García Márquez recorre territorios históricos y familiares, cargados de pasiones, afectos y hasta de angustias.
El escritor captura bajo su pluma los recuerdos largamente atesorados, proponiendo un calidoscopio de singular riqueza por su diversidad, ratificando que se trata de un emblemático autor para quien la literatura es un compromiso tan artístico como ético.
(Editorial Sudamericana)
Memorias de España
Giacomo Casanova, nacido en Venecia en 1725, fue un intelectual, escritor, aventurero y, sobre todo, empedernido amante de las mujeres.
Encarcelado bajo el cargo de practicar la magia, escapó en 1756 y, durante casi veinte años, vagó por Europa visitando la mayoría de sus capitales y frecuentando a los hombres y mujeres más notorios de la época. Ello le permitió cosechar, más allá de sus consecuentes enemigos y detractores, un considerable prestigio.
Alquimista, cabalista y en algún momento hasta espía, su destino fue escapar incesantemente del autoritarismo oscurantista, que nunca toleró su espíritu libertino y desprejuiciado, que plasmó en sus actos, escritos y memorias.
Este libro es una auténtica invitación a leer otro libro, «Histoire de ma vie», del cual se extractan los relatos contenidos en el presente volumen, que recrea el viaje que Casanova realizó a España.
Allí mantuvo un intenso romance con doña Ignacia, a quien intentó, por todos los medios, arrebatársela, no a un marido o un amante, sino a su mismísimo confesor.
En cierta medida, «Histoire de ma vie» puede entenderse como un pequeño tratado de seducción, un auténtico breviario del amor en el siglo XVIII.
Pese a que siempre fue considerado un libertino, el apetito amoroso de Giacomo Casanova fue siempre acompañado de un enamoramiento auténtico, una delicada sensibilidad y un profundo respeto por la mujer y sus sentimientos.
Casanova fue una suerte de espejo de la sociedad de su época, un gran heredero de la Europa de Bacon, Descartes y Leibniz.
Doblemente malinterpretado, el fantasma del ilustre veneciano deambula con las vestiduras del amante más sofisticado y perfecto, cuando lo que él realmente pretendía era ser un filósofo de la talla de su admirado Voltaire.
De tanto en tanto, se pierde en digresiones filosóficas de una actualidad realmente apabullante, como cuando, en uno de sus textos más célebres composiciones, reflexiona inteligentemente sobre los sentimientos de los órganos genitales.
Casanova es siempre pudoroso, en la medida que sus descripciones nunca son muy explícitas y directas. Hay, en efecto en la mayoría de sus relatos, una gran sensibilidad para narrar e ilustrar en torno a sus encuentros amorosos.
La lectura de los textos contenidos en este libro comporta, sin dudas, un auténtico catálogo de la seducción, que se expresa con un lenguaje a menudo impregnado de lirismo.
La escritura del legendario amante Giacomo Casanova que este volumen permite descubrir o redescubrir en buena parte de su real dimensión, está ciertamente muy distante de la procacidad.
Este libro, cargado de pasión, ironía y hasta de romanticismo, propone, a su vez, diversos apuntes críticos a la doble moral de una época gobernada por la cultura de las apariencias que sobrevive en pleno siglo XXI.
(Emecé Editores)
Frágil
La escritora minuana Sara Toledo propone una selección de poemas impregnados de intensa emoción, que muestran, sin dudas, que posee oficio y sensibilidad creativa. Los textos contenidos en este volumen trasuntan sentimientos bien humanos, expresados mediante un lenguaje cargado de pasión y, casi siempre, un intenso y entrañable lirismo.
Asumiendo que la poesía es quizás el mejor envase expresivo que ofrece la literatura, Sara Toledo construye su propio mundo que es, a la vez, la reunión de todos nuestros mundos e íntimos universos.
(Ediciones La Gotera)
El limonero real
El narrador argentino Juan José Saer, que es sin dudas una de las plumas más reconocidas y renovadoras de su país y del continente, transita en este libro de reciente reedición, nuevos y sugerentes universos narrativos.El relato captura la experiencia vivencial de una familia de pobladores de la costa santafecina, que se reúne desde la mañana en el último día del año, para una celebración que culmina por la noche con la ingestión de un cordero asado.
Dos ausencias hostigan al personaje de esta novela: la de su mujer que se ha negado a asistir a la fiesta alegando luto por su hijo y la del propio vástago, cuya figura pequeña emerge una otra vez en el recuerdo de todos.
Doblemente acosado por la muerte y la ausencia, el relato imprime a su materia una densidad creciente, que otorga a la reunión las dimensiones de un banquete ritual.
(Editorial Seix Barral)
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