Madurez y refinamiento
Cuando Milton Nascimento salió a escena el pasado sábado 12, en el ballroom del Conrad, una ovación lo recorrió luminosamente. Y, de inmediato, con sus tres décadas de una trayectoria artística intachable, respondió con ese temblor que es su santo y seña: la voz que se eleva como para obtener ese correo comunicacional que finalmente se instaló con un fervor que fue trepando en intensidad a medida que se desarrolló el concierto.
Es posible que las nuevas generaciones no estén demasiadas atentas, pero lo gratificante del espléndido show es que dentro del auditorio había un público mezclado en edades y que, evidentemente, gozó a tope con ese individuo que apenas se desplazó por el escenario y que, respaldado por una banda de insobornable destreza interpretativa en sus labores rítmicas y melódicas, en sus improvisaciones de alto vuelo, redondeó un set formidable.
Milton Nascimento es, pese al camino recorrido, uno de esos intérpretes que ya gestaron por méritos y merecimientos propios un sitio de primer rango en el universo de la canción popular brasileña y, por proyección, asimismo en el escenario internacional. No es casual: el rigor y la sensibilidad explayándose multiplicadoramente logró una penetración tremenda en los receptores más que fervorosos, por momentos llamados a silencio por la hechura musical, por los climas y las tramas arreglísticas empleadas con exquisitez.
Este centinela de la canción que viene a ser Milton por su amplitud de criterios musicales puestos en marcha con un celebratorio oficio y talento y con una madurez y un refinamiento que le permitió un notable juego de seducción en el concierto, alcanzó momentos envolventes en el mejor sentido: los matices de un registro mayor, pletórico en coloraciones, sus consabidos tonos altos y por cierto la arrolladora presencia de cuerdas y percusión para ennoblecer el ritual de exponer canciones populares marcadas por el mestizaje sonoro.
Milton Nascimento planteó un repertorio variado, viajando por diversos tramos de su multifacética obra fundada, con un profesionalismo a la medida de su grandeza y con una convicción y un virtuosismo que se reflejó en ese decir irrepetible y en ese combo estupendo que inundó de buena música una sala que, a la hora de los bises, ya estaba más satisfecha, más que radiante ante la presencia de un concierto fuera de serie. *
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