OCHO MUJERES

Laberinto de pasiones

Ocho mujeres parte de un texto de Robert Thomas, que ya conoció más de una versión teatral (incluso aquí, en Montevideo) y puede definirse como una tragicomedia músico-policial cargada de ironía y propicia para el brillo particular de varias integrantes de un elenco absolutamente femenino.

La propuesta fílmica no reniega de sus orígenes teatrales y adecua su narración a mínimos desplazamientos dentro de una unidad de lugar concentrada en cierta casona alejada de la campiña francesa. En ese espacio se dan cita los diversos personajes que integran el título para revelar la siniestra muerte del padre de familia, única referencia masculina de la obra y eje nucleador de la trama.

El primer punto a favor que logra el director Ozon  responsable también de Bajo la arena, largometraje recientemente estrenado en la cartelera local  es ir dosificando con puntual equilibrio esos secretos que van emergiendo durante la investigación casera que asumen las mujeres para descubrir la identidad del asesino. En este sentido, el ajustado diálogo de las protagonistas  que también pauta las peculiaridades de cada perfil psicológico  da muestra de una ajustada precisión y madurez creativa en la confección de la intriga.

Otro dato a tener en cuenta es que  salvo algún tema en particular  todos los números musicales que se incluyen insólitamente como parte de la narración, se ajustan con soltura al clima del relato y cumplen la necesaria función de pausa o tregua que oxigena un clima de claustrofóbica sofocación. En ciertos casos  además  esta puesta en escena funciona como un logro personal (tanto en lo coreográfico como en lo interpretativo) de la artista involucrada enfrentando dicho desafío musical. Por último podría señalarse el glamour y calidad histriónica de buena parte de un elenco que reúne a las divas mayores de la pantalla francesa, como prácticamente nunca se había hecho en un largometraje. En este sentido puede destacarse el sobrio encanto de Catherine Deneuve, la maliciosa insolencia de Fanny Ardant, el depliegue histérico de Isabelle Huppert y la perturbadora belleza de Emanuelle Behart, entre otras. Quizás en este punto esté la real convocatoria de una película que, sin lograr estatura de obra mayor, formula un atendible pasatiempo a la vez que denuncia ciertos vicios privados escondidos, a veces, detrás de públicas virtudes. *

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