RETRATOS DE UNA OBSESION

Fotografías perturbadoras

El filme decididamente es Robin Williams y sus modos anímicos y emocionales, incluso intelectuales (cuando reflexiona sobre el arte de la fotografía, por ejemplo) que le otorga a su Sy Parrish, un individuo marcado por la desolación afectiva y que, en la atención al público, encuentra un poco de reciprocidad de aquello que podríamos calificar de calor humano.

Después, la idea de ermitaño que se enfrenta al espejo y el reflejo es frío, casi cortante como la tonalidad en que se enmarca el relato que desarrolla el cineasta Mark Romanek en Retratos de una obsesión. De vagar por sus propios silencios, por una mente sin embargo febril y sutil que no se atreve más allá de la cortesía cuando comienza a interesarse en Nina (una correcta Connie Nilsen) y su pequeño hijo Jack, adicto a los videogames y a todo tipo de juguetes intergalácticos.

Un solitario que es el último en apagar la luz en el shop fotográfico de SavMart, un mall con todo lo necesario para una torrencial clientela cotidiana: un solitario de comidas rápidas; un solitario hundido en un sillón, a contraluz, dejándose cegar con las imágenes animadas de Los Simpson. El deseo íntimo, en la última realidad, de pertenecer a algo, seguramente a un cálido perímetro familiar al que lo sueña con fragor.

Robin Williams está muy bien en la construcción de ese hombre pesadamente vencido por el entorno, adicto a la fotografía que ha hecho un mural perturbador con copias a todo color, toda una saga de momentos Kodak de la familia de sus sueños, que además es el narrador en off de la historia.

Perturba el personaje que hace fluir. Acaso por sus maneras gentiles que son su fachada. Pero acaso es más perturbador cómo ese personaje irá tomando decisiones donde, en todo caso, el propio Parrish será su propio y deliberado enemigo. Por supuesto que cuando debe actuar lo hará con sagacidad e inteligencia, esa que generalmente forma parte del patrón de un psycho en potencia.

Con una fotografía espléndida y luminosa, y en algunos tramos de blancura impalpable para remarcar el vacío y la desesperación en que ha caído Sy Parrish, la narración es fluida y tan perturbadora como su protagonista, el mismo que en su tiempo libre lee devoradoramente a Deepak Chopra siguiendo el dictado del objeto de sus deseos Connie Nilsen.

Con un uso refinado de los primeros planos -una forma de capturar la gama de gestos de este Williams que es el opuesto al cálido psicólogo del filme Gus Van Sant, por ejemplo-, de los planos intermedios y largos, Romanek diseña una secuencia intermitente de las escalas de intensidad dramática, de los roces entre las criaturas en el dulce territorio de un shopping center y aledaños, hasta ir transformando a Sy Parrish en una falsa forma de lo aparente. Lo aparente siempre esconde secretos, líneas de conducta fuera de foco. Hay segundos entre la calidad de la amabilidad y una subida irritabilidad. Williams está en estado de gracia. Es su primer villano, si puede denominárselo, que ha hecho para el cine. Y sale airoso, más que airoso: Retratos de una obsesión funciona por su envidiable destreza expresiva que, en este caso, es la economía de gestos y de palabras. *

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje