LA CASA DE MI AMIGO

La pureza de la infancia

El filme es la primera entrega de la llamada «trilogía de Koker», que también integran La vida continúa y A través de los olivos, y que constituye en conjunto uno de los bloques creativos culminantes de su trayectoria.

El tema de la inconsciente crueldad de los adultos hacia los niños corre por la entrelínea de La casa de mi amigo. Un niño campesino recorre kilómetros y kilómetros para devolverle un cuaderno a un compañero para que el maestro no lo castigue. El interés universal de esta sencilla historia radica en el sentido de la responsabilidad del chico, y en la importancia que su dilema adquiere para el espectador. Incapaz de averiguar dónde vive su amigo, el protagonista vuelve a casa y hace el deber del otro. La claridad del mensaje humano del filme y su delicada poesía le valieron numerosos premios en festivales, y promovieron la obra de Kiarostami a nivel mundial.

Cinco años después de rodar La casa de mi amigo, Kiarostami regresó a Koker para examinar qué había ocurrido con sus habitantes, actores del filme, tras el terremoto que devastó la región en 1990. El resultado se llamó La vida continúa, y sobre él influyó seguramente el interludio de Primer plano, una magistral película intermedia en la que el cineasta comenzó a explorar los límites, tan borrosos, entre la realidad y la ficción. Ello conduciría a los aun más sofisticados niveles de A través de los olivos, donde a una filmación «real» se superpone la «ficción» de otro rodaje, y actores y personajes pasan sin solución de continuidad de un plano a otro, con insólito resultado poético.

Sin embargo, en La casa de mi amigo Kiarostami es todavía un narrador naturalista y un poeta de la imagen, capaz de describir con particular sensibilidad y fineza una psicología infantil, recortada sobre un paisaje que el paso del tiempo y los filmes volverán crecientemente familiar.

Abbas Kiarostami

El espectador uruguayo descubrió a Abbas Kiarostami cuando La casa de mi amigo, fue exhibida en una muestra de cine iraní, y también en una edición de Divercine. A esas alturas su nombre había comenzado a sonar en los festivales y las revistas internacionales de cine, un dato que se acentuaría con los premios recibidos por filmes como La vida continúa, A través de los olivos o El sabor de la cereza.

Kiarostami es uno de los pocos realizadores iraníes anteriores a la Revolución Islámica de 1979 que ha continuado trabajando luego del ascenso de los ayatolá. Nacido en Teherán en 1940, con una formación en Bellas Artes y un entrenamiento en el rodaje de cine publicitario, Kiarostami pasó a trabajar luego en el Instituto para el Desarrollo Intelectual de la Niñez y la Juventud, una organización fundada por la esposa del Shah, la princesa Farah. Allí debutó como director en 1970, realizando cortos y documentales que lo señalaron como un innovador y un creador original, empeñado en romper con los límites del cine «de géneros» y en experimentar en las fronteras de la ficción y el documental, con influencias del neorrealismo italiano y en particular del cine de Roberto Rossellini. Kiarostami se complace en declararse un autodidacta en materia de cine, afirma no haber visto más de cincuenta películas en su vida y finge no recordar claramente ninguna.

Pero detrás de esa pose hay claramente un hombre que ha reflexionado como pocos sobre su medio.

Ha podido sostenerse que la frecuente opción de Kiarostami por personajes infantiles (a partir de Pasajero, de1974) fue en sus primeros tiempos muy deliberada, porque a través de ella podía comentar indirectamente padecimientos de la población iraní que la censura del Shah le impedía retratar de una manera más directa. Críticos europeos que han podido seguir su trayectoria de manera más completa y ordenada han señalado igualmente que su visión de la realidad iraní ha evolucionado con los años: resignados a precarias condiciones de vida en tiempos del Shah, sus personajes parecieron recuperar la dignidad y la esperanza en los primeros años de la Revolución Islámica.

Hoy impresionan como más sabios y escépticos. Tal vez no sea casualidad que alguno de ellos (concretamente el protagonista de El sabor de la cereza) opte por el suicidio.

Poco apreciado por el público iraní (no es un cineasta «comercial» en su país), Kiarostami se ha convertido empero en un punto de referencia para sus colegas más jóvenes, cuyo prestigio internacional se afirmó sobre todo a partir de la «trilogía de Koker». En esos filmes y en otros, Kiarostami se ha revelado como un artista maduro y refinado, de una sofisticación que no suele estar asociada a la idea de «realizador tercermundista». *

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