LA REPUBLICA EN BUENOS AIRES: "SONATA OTOÑAL" DE BERGMAN

La hora del réquiem

Suponemos que el espíritu vindicativo de Blanca Podestá habrá encontrado un espíritu fraterno, si no la necesaria paz, en esta harto conflictual obra de Ingmar Bergman. En «Sonata otoñal» ninguna relación humana es normal, y casi diríamos que ninguna relación humana parece posible: los agonistas, convencidos de que la felicidad no puede o no debe existir, se dedican a amargarse la vida unos a otros con la energía típica de los ociosos.

Tenemos a Charlotte (Leonor Manso), una célebre pianista: su hija Eva (Virginia Inocenti) no le agradece ni el arte ni su educación y le reprocha el abandono en que la sumen los múltiples conciertos. Eva había quedado embarazada, antes de empezar la obra, de un indeseable Stéfano, de quien se sabe más tarde que es ladrón; la madre la presiona para abortar y la hija accede, pero siempre le reprocha el aborto como si ella no lo hubiera consentido.

Eva tiene otro hijo, que muere y una hermana paralítica y afásica a quien cuidar; se casa con Viktor, un clérigo (Héctor Bidonde) pero aclara que lo hace sin amor, preparando ya, para una obra futura, nuevos desgarrones: un novelón que avergonzaría a Corín Tellado. Para amenizar, un toque de sexo: los dos padres de Eva, Charlotte la pianista eximia y Josef, un hombre sobre el que se discute misteriosamente si es o no «mediocre» se han sido mutuamente infieles, con una regularidad que sólo se redime, en el peculiar código de conducta de Bergmanland, por la irrefutable belleza de las amantes de Josef.

Casi al fin, para añadir una gotita de acíbar a la cobertura de crueldad que envuelve a este mundo, Charlotte nos cuenta que sus padres, célebres matemáticos, vivían pendientes de sus estudios y sus congresos, por lo que también se sintió abandonada.

Bergman pertenece mayormente al cinematógrafo, donde es objeto de un culto que rara vez hemos podido compartir. El único filme de su autoría que pareció contener verdadera sustancia, y que se tituló en español erróneamente «Juventud, divino tesoro», adelantaba el tema crucial de la pulsión de contacto.

La heroína se deja amar, un verano, por un joven que muere en un accidente; el diario íntimo del muerto revela un amor que ella nunca supo atender; la consciencia de su incomprensión hiere a la protagonista, quien confía el diario íntimo a su nuevo amante, para expresar, mediante tan oblicuos procedimientos, lo que no puede comunicar normalmente. También en «Sonata otoñal» hay cartas que se leen a dúo; cartas que intentan decir cosas distintas (y contradictorias) de las que se han dicho los personajes.

Ese mundo subterráneo de las emociones que no logran traspasar las rejas que parecen rodear cerebros y corazones es el tema de Bergman; y debemos decir que si su fin es decir esas tristezas, consigue su propósito. Pero si hay tensión en la atmósfera, es una tensión del sistema nervioso.

Los personajes no tienen dimensiones; sus palabras suelen ser intercambiables; un aire de familia (con los demás personajes de Bergman) los envuelve y la narración avanza pesadamente en medio de la tormenta. Sentimos, a través del arte, a un hombre solitario, inquieto, para nada sereno ni feliz, que rumia sin fin su peripecia en busca de un sentido que se le escapa. Es sintomático que cuando Viktor lee los libros que ha escrito su esposa Eva destaca una frase que dice, aproximadamente : «…todo sería mejor si yo supiera quién soy, y eso lo sabría si alguien me quisiera como soy». Ya sabemos que cuando uno se pregunta quién es o si es feliz, abre peligrosas ventanas sobre el vacío.

En muchos aspectos, la obra al psicoanálisis, muy de moda hasta hace algunos años. Desde un punto de vista teórico, no creemos que las pretensiones del psicoanálisis de constituirse en ciencia, haya logrado superar las críticas epistemológicas de Mario Bunge; desde un punto de vista práctico, la vitrina de los psicofármacos ha desplazado al diván de los psicoanalistas, y la terapia conductista, del Dr. Coué a Jorge Bucay pasando por Dale Carnegie y Wayne Dyer, ha arrinconado a las largas horas de análisis sobre el complejo de Edipo que todos tenemos o sobre nuestro inmarcesible narcisismo.

Hemos visto que la crítica de cine comienza a tomar distancia de Chaplin, único caso de un payaso ascendido a genio; la próxima autocrítica será, creemos, Ingmar Bergman. Ese sadismo verbal del análisis y acoso mutuo, ese reflotar, y a menudo inflar, todas las pequeñeces de la infancia, está desapareciendo; pero ya se encontrarán nuevas formas de hacerle la vida difícil al prójimo con tal de olvidar u ocultar la incapacidad de vivir. «¿Qué estoy oyendo de penas, tristezas?/ Hijos e hijas descastados/» escribió «Lucinda Matlock» para su tumba en Spoon River, «/la vida es demasiado fuerte para vosotros, / lleva la vida amar a la vida».

La puesta en escena (José Carlos Plaza) con una sobria eficaz combinación de escenografía y luminotecnia del siempre inspirado Tito Egurza, hace funcionar la pieza adecuadamente. La interpretación de las dos actrices, sobre las que recae todo el peso de la obra, Leonor Manso y Virginia Inocenti, es todo lo buena que podía esperarse de tan competentes actrices («Made in Lanús» y «El patio de atrás», de Leonor Manso ; «La oscuridad de la razón» y «Confesiones de mujeres de treinta» de Virginia Inocenti). *

 

SONATA OTOÑAL, de Ingmar Bergman, con Leonor Manso, Virginia Inocenti, Héctor Bidonde y Verónica del Vecchio. Vestuario de Mariana Pérez Cigoj, música de Diego Vila, escenografía e iluminación de Tito Egurza, dirección y puesta en escena de José Carlos Plaza. En Multiteatro, Corrientes y Talcahuano, tel.4382 914, Buenos Aires.

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