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Oscura memoria del sur

HUGO ACEVEDO

 

En 1999, la humanidad inauguró un debate cargado de aparente frivolidad posmoderna, que, con el transcurso de los meses, se transformó en una acalorada controversia universal.

En esa oportunidad, la opinión se dividió simétricamente entre quienes afirmaban que estábamos transitando los últimos días del siglo y el milenio y los que sostenían que el advenimiento de ese nuevo tiempo recién se concretaría un año después.

Aunque finalmente prevaleció la tesis de estos últimos y el siglo XXI se inauguró oficialmente el 1º de enero de 2001, en todo el mundo el acontecimiento fue celebrado en 1999. Un año después, cuando la humanidad ingresó efectivamente en el tercer milenio, el festejo se había consumido.

A la polémica meramente teórica se sumó -naturalmente- la inquietud por las consecuencias que podría acarrear la llegada del doble cero en los complejos sistemas informáticos, que hoy controlan muchas de nuestras rutinas.

Abundaron los pronósticos sobre graves problemas en la operativa de los sistemas financieros, accidentes aéreos, desastres en represas y otros dispositivos controlados por computadora y hasta la posibilidad de que algún misil provisto de ojivas nucleares pudiera ser disparado por una falla técnica. Al estupor de los científicos se asociaron los agoreros que exhumaron e interpretaron, a su gusto y paladar, milenarias profecías bíblicas y otros presuntos textos de anticipación escritos hace cientos de años, que situaban al fin del mundo precisamente en 1999. No faltó algún que otro fanático que advirtió sobre el arribo del anticristo, el Apocalipsis, el fin del mundo y la inauguración de una nueva era con justos y sin pecadores.

El temor, en este caso artificial e inducido, se instaló una vez más en los habitantes del planeta, muchos de los cuales vivieron frenéticamente esos meses como si se estuviera agotando la historia. Sin embargo, nada sucedió fuera de lo normal, a excepción de las iglesias y sectas que lograron reclutar miles de adherentes y los comerciantes oportunistas que obtuvieron cuantiosas ganancias por la venta de artículos que evocaban el histórico hito. Lo acaecido fue, claramente, un fenómeno más psicológico que racional. Quizás la humanidad procesó, en ese momento, un silencioso balance en torno a la pesada herencia de un siglo XX en tránsito hacia su extinción. Estaba próxima la caída del telón de cien años impregnados de tensiones y enfrentamientos, que habían modificado radicalmente el curso de la historia.

Por entonces, se agotaba un tiempo histórico de prodigiosos avances científicos y tecnológicos, pero también de guerras genocidas, viscerales fanatismos, odio racial, injusticia social, pobreza, marginalidad, exclusión y la crisis de algunas utopías.

Ese tiempo de reflexión no fue ajeno naturalmente a América Latina y Uruguay, enfrentados hoy -tras la inauguración del modelo de poder bipolar- a uno de los períodos más traumáticos de todos los tiempos.

Para la balcanizada región, el siglo XX había marcado el contraste entre la esperanza y la frustración, por el asfixiado sueño de una era sin explotadores ni explotados y la desazón derivada del recrudecimiento de la dependencia y las nuevas modalidades de colonialismo inauguradas por la globalización. Sin embargo, en nuestro país todos asumimos que el proceso de descaecimiento social que hoy modifica grotescamente el rostro de la identidad nacional comenzó a gestarse hace algo más de cuatro decenios, cuando se extinguió definitivamente el mito de la Suiza de América.

En «Oscura memoria del sur», el escritor uruguayo Hiber Conteris, fabrica un intenso friso humano y emocional, para pincelar -con trazo elocuente- el período que transcurrió desde 1960 hasta 2000.

Renunciando a todo propósito de elaborar una crónica o un ensayo histórico, el autor concibe una novela que examina la condición humana enfrentada a situaciones límite, en un tiempo que marcó un auténtico punto de inflexión para nuestro Uruguay.

El relato reúne a tres amigos que compartieron una celda en el penal de Libertad durante la dictadura cívico militar, quince años después de finalizada la pesadilla.

No en vano el escritor pacta el encuentro precisamente para el 31 de diciembre de 1999 en Nueva York, pocas horas antes del ingreso del tan esperado como temido año 2000.

Hiber Conteris describe minuciosamente la topografía urbana y el paisaje humano del escenario del reencuentro entre los antiguos compañeros de reclusión.

Por entonces, sin imaginar que menos de dos años después sobrevendría una terrible tragedia en pleno corazón financiero, los habitantes de la más cosmopolita de las ciudades del mundo aguardaban con expectativa que los relojes marcaran la medianoche.

Allí, en medio de ese clima de jolgorio que desestimaba temores y pronósticos apocalípticos, tres fragmentos de historia se iban a reunir para renovar recuerdos y afectos.

Apelando a técnicas casi cinematográficas y con abundante proliferación de flash backs, el autor construye tres historias individuales que inicialmente marchan por carriles separados, hasta un desenlace común de confinamiento en la prisión del autoritarismo que asoló a nuestro país durante once largos años de plomo.

Desestimando la habitual recreación de episodios históricos que suele ser habitual en proyectos literarios de esta naturaleza, el escritor concibe tres novelas en una, con personajes dotados de una vida propia tan intensa que trasciende a su mero entorno.

Mariano Castell es un ascendente diplomático e idóneo en prensa y relaciones públicas, que trabaja en el consulado uruguayo en Buenos Aires, durante la década del sesenta. Su actividad profesional le demanda permanentes traslados de Buenos Aires a Montevideo.

Pese a su juventud, afronta una existencia de vacuidad afectiva, poblada de rostros y nombres de mujeres, que pasan por su vida aparentemente sin dejar huellas. Todas las personas que le rodean parecen ser meras figuras en el paisaje de su solitaria existencia, con quienes mantiene vínculos meramente epidérmicos y circunstanciales.

Virtualmente separado de su familia a consecuencia de confrontaciones generacionales y rencillas ideológicas con su influyente padre, el joven parece inicialmente observar la realidad con cierta indiferencia.

Otro de los personajes del relato es Conrado Haberly, un docente y periodista boliviano fuertemente comprometido con las causas sociales, que se refugia en Montevideo luego de abandonar su país. Su involuntario exilio se originó en amenazas contra su vida, luego de la publicación de denuncias de corrupción contra un influyente dirigente político de su propio partido.

El tercer componente de esta trilogía humana es Juan Luis Saldivar, un arriesgado abogado comprometido con la guerrilla, que durante la dictadura denunciaba en el exterior la violación de los derechos humanos perpetrada en nuestro país contra los presos de conciencia.

A través de la memoria de estos tres personajes, Hiber Conteris reconstruye pacientemente fragmentos vertebrales de la historia de nuestro país, en un momento sin dudas crucial. La pluma del autor recorre diversos escenarios espaciales, entre Montevideo, La Paz (Bolivia), Santa Cruz de la Sierra, Buenos Aires, Punta del Este y, finalmente, el tristemente célebre penal de Libertad en el departamento de San José. La obra, desarrollada en tres relatos, se nutre de los recuerdos de estos tres personajes de orígenes diferentes, que con el tiempo asumirán compromisos y luchas comunes.

Demostrando un plausible dominio de los códigos narrativos, el autor bucea en el u
niverso interior de sus criaturas literarias, sin soslayar, no obstante, permanentes referencias a sus entornos y escenarios espaciales.

La pluma de Conteris transita por el Montevideo de la primera mitad de la década del sesenta, capturando los últimos esplendores de la luego demolida Suiza de América, antes del advenimiento de los tiempos de confrontación y el abismo de la dictadura.

Igualmente se instala en el centro y las ajetreadas calles de Buenos Aires, capital de un país otrora próspero, pese a los cuartelazos, las luchas fratricidas y las desenfrenadas pasiones.

El relato traslada imaginariamente al lector a La Paz y Santa Cruz, dos ciudades bolivianas agitadas por la tempestad de un cambio revolucionario que luego sería abortado por el autoritarismo.

Para construir la peripecia de sus personajes rumbo al desenlace, Conteris demuele las coordenadas cronológicas, jugando permanentemente con el tiempo y el espacio.

En ese contexto, no es extraño que la narración salte abruptamente de 1965 a 1977 y luego retroceda nuevamente a 1965, para entretejer las circunstancias que condujeron a estos tres hombres hacia un destino común. El autor trabaja alternadamente con diálogos y recuerdos, asumiendo que estos últimos representan fragmentos cruciales en la construcción de las historias y las actitudes personales.

El relato desnuda minuciosamente las pasiones, afectos, traumas y desencuentros de los atribulados personajes, sin soslayar apuntes críticos a cuestionables conductas sociales o morales, actitudes mezquinas, traiciones, solidaridades, idealismos y lealtades.

Por detrás de las meras peripecias personales, aflora -con singular realismo- la elocuente denuncia de la violación de los derechos humanos perpetrada por la dictadura. En ese contexto, resulta muy gráfica la descripción de las inhumanas condiciones de reclusión, la tortura física y psicológica y la humillación a la cual fueron sometidos los presos de conciencia.

«Oscura memoria del sur» es una novela dotada de una construcción literaria infrecuente, que mixtura las emociones humanas con el testimonio. El autor entreteje historias individuales ambientadas en el traumatizado Uruguay de las décadas del sesenta y el setenta, que proyecta a nuestros días con un sentido casi aleccionante.

En esta obra, Hiber Conteris sugiere la necesidad de mantener viva la memoria de lo sucedido, para que nuestro pasado reciente no sea devorado por las fauces del tiempo y la indiferencia.

(Editorial Fin de Siglo)

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