Madama Butterfly en el LATU
JUAN PROTASI
Durante la función resultaba muy difícil dejar de atender a la Orquesta Sinfónica del Sodre bajo tan destacado director (Pedro Ignacio Calderón). A ello se sumó una brillante interpretación de Rita Contino que nos recordó las de María Borges, Juanita Di Concilio, Ema López, Laura Méndez y Graciela Zoographos.
En cuanto al maestro Stéfano Poda, la puesta en escena estuvo muy bien lograda desde el punto de vista plástico, si bien a los viejos aficionados habrá que hacerlos meditar y ubicarlos en el nuevo tiempo, tratando de encontrar todo lo hermoso que se brindó en este espectáculo, aparte de las polémicas que pueda provocar.
La ópera y el director escénico
Cuando renunció al Sodre nuestro antiguo compañero Germán Gleiger Torel, que era «regista» estable, tomaron su lugar directores de teatro hablado, contratados para cada ocasión.
El más brillante que recuerdo fue el argentino Armando Discépolo que Eric Simon llamó para el estreno en 1951 de El cónsul, de Menotti
Por mi parte, tuve la suerte de contar con directores de la talla de Juan José Brenta en Gianni Schicchi, de Puccini, protagonizado por Víctor Damián y El regreso, de Storm. También con José Estruch en Butterfly, actuando la soprano María Borges, Eduardo Schinca en Hércula, de Jean Martinon, Taco Larreta en Cosi fan tutte, de Mozart y Fritz Kalmar en La novia vendida de Smetana.
Además, Margarita Xirgu había preparado escénicamente La zapatera prodigiosa, de García Lorca, compuesta y dirigida por Juan José Castro.
Pero conocimos también a otros directores que fueron discutidos fuertemente. Cuando me tocó dirigir Tosca en 1956 el teatro argentino de La Plata con una nueva puesta en escena de Tito Capobianco que trasladaba la acción al tiempo actual haciendo referencia al fascismo. La novedad fue recibida con violencia y agresiones, hasta el punto que la tercera función se presentó en la forma tradicional.
En todos los teatros de ópera se discute el papel preponderante que, a veces, asume el director de escena sobre el aspecto musical, de tal modo que la intención del compositor queda a menudo diluida en metáforas que nada tienen que ver con la obra en sí.
El teatro Colón presentó hace unos años una Electra de Strauss ubicando la escena en un manicomio (Oswald), un Barbero de Sevilla con la puesta de un director especializado en Teatro del Absurdo (Amitin), con lo que los aplausos fueron sustituidos por un abucheo general, y una «Norma» donde el bosque sagrado de los druidas fue sustituido por un pantano donde chapoteaban soldados uniformados.
¿Es esto lícito o excede los derechos de la libertad de expresión? He ahí un tema para discutir.
Hay que organizar en un canal de Tv una mesa redonda con autoridades teatrales como Antonio Larreta, Ruben Yáñez, Héctor Manuel Vidal, Hugo Blandamuro y otros interesados en el tema, siempre pensando en el futuro Sodre, para discutir las posibilidades del director escénico en la ópera. *
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