MALAS COMPAÑIAS

Más vale solo…

No hace mucho tiempo, en uno de sus largometrajes descartables, ya lo había practicado Jean Claude Van Damme que  inesperadamente  su personaje se enteraba que tenía un hermano gemelo al que habían asesinado: desde ese eje o punto de partida fluye el relato de Malas Compañías que conduce al rostro de puppet de Chris Rock, ese insufrible, aclamado por los teenagers y en consecuencia por la estética que patrocina la cadena MTV.

En la vecina orilla se diría que el tipo, en rigor, es un forro. Aquí los buenos modales sugerirían que si alguna vez tuvo momentos inspirados, hoy habría que remarcar que Chris Rock está agotado y que no ha crecido un ápice como actor, si es que puede considerárselo como tal. Los más adolescentes todavía ríen en las butacas con ese empaque naif de Chris Rock; los más adultos, lisa y llanamente, padecen esa suerte de voz de silbato que emite gags que se piensan insolentes u osados y provocan el efecto contrario.

Lo cierto es que su personaje, un vendedor ilegal de tiques de toda índole en New Jersey y que juega compulsivamente al ajedrez, de pronto se ve involucrado con temibles agentes de la CIA: su hermano gemelo, miembro de las tres letras, acaba de ser asesinado por terroristas y allí van los agentes (encabezados por el personaje de Anthony Hopkins, correctísimo como ya es habitual, y de paso facturando, mientras ya está en plan de rodaje de la segunda parte de Hannibal) en su búsqueda para convencerlo de todo el asunto, adiestrarlo y, en nombre de la patria, actuar contra todos los males de este mundo a los que actualmente se le denomina terrorismo.

No se sabe porqué un cineasta de la contextura y la experiencia de Joel Schumacher (alguien que ha logrado filmes fortísimos, polémicos sobre el american dream y sus derrapes como en Un día de furia; ensayos de borde como Línea Mortal, por ejemplo), se involucró en un proyecto cinematográfico cuyo guión posee debilidades varias y es, en definitiva, un rosario de lugares comunes.

Por supuesto que el terrorista de turno irá a volar Nueva York y, en su momento, dirá la línea que se viene subrayando en este tipo de filmes (que realizarán, de aquí en más, en serie), algo así como que después de tantos abusos, probarán su propia medicina al momento de poner en fase de countdown el artefacto nuclear, poco antes de que Chris Rock y su troupe paren el acto de demencia que va a cometerse y el chico recupere a su novia y la agencia le entregue el monto de dinero prometido para hacerse pasar por su hermano gemelo y así continuar y provocar finalmente el éxito de la misión, todos contentos, no sin antes dejar abierta la posibilidad de una segunda parte si es que el filme se vuelve supertaquillero.

Para el olvido. *

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