El sexo y la ciudad
Al inicio del metraje uno advierte, un lejano eco de la inolvidable Metropolitan, aunque se diluye enseguida. En rigor Besando a Jessica Stein (Kissing Jessica Stein), de Charles Herman, propone en el escenario neoyorkino-judío de clase media alta un leve, por momentos intenso retrato o crónica alrededor de las pertenencias afectivas y sus diferentes despliegues y desenlaces, sus puntos de quiebre y sus principios de deseo, sus negativas, sus estridencias y sus largos puntos suspensivos, sus hesitaciones.
Es el universo de Jessica Stein, una joven vinculada a un medio de comunicación (el Tribune), que pretende desandar su tono neurótico y acaso su arrogancia intelectual para encontrar a ese individuo que le otorgue una superficie afectiva estable y duradera. Un anhelo que se repotencia cuando recibe un llamado telefónico de su hermano anunciándole su inminente matrimonio: la chica concurre secuencialmente a las citas a ciegas y cenas que le preparan sus amigos, pero a Jessica tan exigente, tan estricta, tan tensa no logra cerrar o en todo caso fundar una relación que la complete.
Hasta que, de pronto, cae en la tentación de contestar a un aviso en el periódico: alguien buscando compañía y, para colmo, citando versos de Rilke, su poeta favorito. En su desasosiego, finalmente acude a la cita y vaya sorpresa: el aviso ha sido colocado por una chica (estupenda performance de Heather Juergensen). El choque de palabras inicialmente es realmente incómodo, pero después irá relajándose hasta ir encontrando puntos de reunión. ¿Amor en puerta y a primera vista?
Besando a Jessica Stein, por lo tanto, con un grato y dosificado uso del humor (en algunas secuencias muy filoso) que se intercala con climas más sugestivos y asimismo dramáticos, recorre la peripecia de esa chica heterosexual que descubre algo más que sexo casual en una relación lésbica. Descubre todo un territorio que va explorando con la paradójica osadía de la duda y de la timidez, en la clandestinidad, mientras su familia y sus amigos creen que la chica ha encontrado al hombre de su vida. Y que, en esta oportunidad, la completa y la vuelve absolutamente luminosa en sus modos cotidianos con sus interlocutores.
Lo importante que se rescata de este ensayo en torno al mapa de la afectividad es que, ciertamente, el cineasta Charles Herman nunca se pasa de la raya.
Todo sea por esa utopía: la felicidad de saber que, si la morada afectiva está en orden, lo demás funciona como corresponde y en tiempo y forma. Si no es así, esa es la conclusión de este aplicado filme con excelentísima fotografía y un libreto que posee sus méritos, los desordenes seguirán multiplicándose.
Dividida en actos (los meses de la duración afectiva), la película hace gala de un aplomado, sensible rendimiento actoral con una Jennifer Westfeldt (Jessica) comprometida a full con semejante personaje. Merece verse. *
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