El escriba tiene quien lo corone
Gabriel García Márquez escribe y además ama tanto el cine como para financiar una escuela para directores latinoamericanos en Cuba. Pero su literatura no ha tenido buena relación con el cine.
Por eso se aguardó con tanta ansiedad su veredicto sobre esta película que Arturo Ripstein filmó con su permiso pero –así lo acordaron expresamente– sin su intervención. El escritor la vio antes de su envío a un prestigioso festival europeo.
Y vio que era buena, y así lo dijo y los productores que suspiraron aliviados. La novela, anterior a la consagratoria Cien años de soledad, cuenta la vejez de este coronel de guerra, al que le prometieron una pensión y, viernes tras viernes, se viste con traje dominguero y va al muelle a ver si llega carta pera él con noticias de la renta. Su mujer le pregunta insistente qué han de comer y el pueblo sabe que la pensión no ha de llegar. Pero el coronel se aferra a esta esperanza como si diera sentido a su vida. ¿A qué otra cosa?
«Enfrentarse a un clásico es siempre aterrador y tentador al mismo tiempo –confiesa Ripstein–. Aterrador porque uno sabe que no sólo se enfrenta a los amplios recursos de la literatura, más cimentados que los del cine, sino que se enfrenta también a la fértil imaginación de los lectores».
«La historia del Coronel tiene en mí un arraigo viejo. Hace treinta y cinco años filmé mi primera película Tiempo de morir. Fue un acto de audacia. Tenía yo 21 años.
Era la historia de un viejo. La escribió Gabriel García Márquez. Era el pasado remoto. Eran los años antes de Cien años.
El viejo de Tiempo de morir estaba unido con vasos comunicantes con el Coronel. Los unía la derrota y la dignidad. No era casual. Ambos tenían el mismo padre», explica.
«Desde entonces, el Coronel me ronda la cabeza. Me ronda con la misma obscecada paciencia con la que el Coronel espera la carta.
El Coronel esperó a que yo envejeciera –dice el director–. Ahora, treinta y cinco años después, mucho más cercano en años al Coronel que al imberbe director debutante, me ha llegado el tiempo de reencuentro.»
Para su película número 24, Ripstein llamó a Paz Alicia Garciadiego, guionista que lo acompañó en siete realizaciones.
«¿Cómo darle cara y voz a quien tantos le han puesto cara y voz?», pregunta la guionista. «Tenía que hacerla mía. Tenía que arrebatársela a García Márquez, con amoroso y presuntuoso desrespeto, pero arrebatársela. Porque el cine no admite dos lealtades. Es un dios demandante y presuntuoso. Y yo hago cine».
«Entonces la ubiqué en mi universo. En mi país: México; en mi región: el trópico veracruzano; en mis olores y sabores de la infancia: los pequeños pueblos ribereños de los años cuarenta».
Para el elenco, atendiendo a las exigencias de las diversas coproductoras, Ripstein congregó a Marisa Paredes, Salma Hayeck y a Fernando Luján en el papel de ese coronel que cuando le preguntan, responde: «Comeremos mierda».
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