La vida de Erin Brockovich
De hecho esa mujer divorciada y desempleada, con tres hijos, nunca imaginó que se le iba a dar otra chance para ganarse la vida decentemente. Así que esa temperamental, impulsiva Erin Brockovich (encarnada en forma aplicada por Julia Roberts, pero sin darle el brillo que se merece tremendo personaje) logra convencer a ese abogado de causas menores, pero al fin y al cabo irreprochablemente honesto (excepcional Albert Finney), y consigue trabajo en su bufete. Todo parece funcionar a medida de los propósitos esenciales de Erin Brockovich (trabajo, salario es igual a comida para sus hijos en su matemática mental), pero inesperadamente este personaje de la vida real se topará con un caso terrible: en una pequeña localidad de California está muriéndose gente a partir de los desechos tóxicos que una empresa de notable poder económico en el país está vertiendo en aguas subterráneas.
Soderbergh, aquel cineasta prodigio que fundó Sexo, Mentiras y Video y con la que venció en Cannes a fines de los ochenta y que ha realizado trabajos de importancia como Kafka o la impecabilísima El rey de la colina, entra y sale de Hollywood cuando le viene en gana. El resultado de Erin Brockovich, la película, debió tener mayor diversidad en el manejo de los diálogos, en la hechura de los personajes. Pero Soderbergh –quien ya tiene nueva y muy aclamada película denominada The Limay— parece haberse fascinado con la peripecia del personaje –que lo es, sin duda– y más que nada con la pretty woman Julia Roberts a la cual la cámara persigue como una obsesión.
El filme es correcto y bienechor. Soderbergh relata la historia de Erin de taquito, muestra la ancha sonrisa de la Roberts o sus forzadas muecas de angustia y todo parece funcionar en esta historia que merecía un abordaje más crudo y desgarrante y no tan lacrimógeno. Igual merece verse por la pintura de ambientes y el perfil humanitario. Renglón aparte para la labor de Finney: un soberbio maestro del arte de actuar.
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