Escrito por: Nelson Di Maggio

Pocos recuerdan la exposición de arte moderno suizo en Montevideo en 1954 constituida por el envÃo a la Bienal de San Pablo. Allà estaban los maestros que fundaron la modernidad, el extraordinario Ferdinand Hodler (1853-1918) que junto con Arnold Böcklin fue el artista más significativo del siglo XIX en ese paÃs pero además abrió los caminos de la nueva sensibilidad del siglo XX. Poco conocido fuera de los ámbitos germanos, fue un privilegio inusual recibirlo. Por si fuera poco, lo acompanaban, entre otras figuras de menor significación, los campeones del arte concreto, Max Bill y Richard Lohse, y la dadaÃsta Sophie Tauber-Arp. Porque el arte contemporáneo le debe mucho a este paÃs, y no solamente los relojes cucú como ironizó Orson Welles en El tercer hombre.
En 1916 surgió el grupo dadá en el famoso Café Voltaire de Zurich, ese espÃritu revulsivo incomparable que hasta ejerce su benéfica influencia. En Suiza surgieron dos grandes del diseno, la pintura y la escultura contemporáneas, Johannes Itten y Max Bill, que dejaron la marca en la Bauhaus y en la Hoschule fúr Gestaltung, la neobauhaus alemana, respectivamente. De la misma nacionalidad es Jean Tinguely, autor de máquinas móviles y autodestructivas, Peter Stämpfli y la joven videasta Pipilotti Rist, entre una larga lista de creadores de primera lÃnea. Pero además las diferentes ciudades suizas rivalizan con sus museos de arte contemporáneo, donde siempre fueron pioneros y donde la escuela de arquitectura ya es famosa hace tiempo (Mario Botta, entre ellos).
La muestra a inaugurarse el martes lleva el tÃtulo La razón para la impresión (más correcto serÃa traducir por La razón para grabar) un panorama del grabado suizo desde 1960. El catálogo es, además de una hermosa edición y elegancia en la diagramación, un instrumento útil de información. Lleva un prefacio de Christoph Eggenberger de Por Helvetia y un ensayo de la historiadora Annemarie Bucher donde justifica la exposición y el arte del grabado en la actualidad. Con agudeza de observación, recorre las caracterÃsticas principales de la estampa y su idiosincrática reproductibilidad que se diferencia de los actuales hábitos nacidos de la propuesta de Walter Benjamin y la pérdida del aura. Resignifica el carácter del grabado y lo pone como el impulsor de las nuevas técnicas fotográficas, videÃsticas y de computación. Repasa las diferentes técnicas tradicionales y manuales y las confronta con las industriales pues “la imagen multiplicada se ha convertido en una estrategia del arte que muestra consecuencia de gran alcance”, donde la reproducción se transforma en un original. O mejor, se anula la cuestión del original como primer ejemplar, es decir, la plancha o taco que nunca se ve y rara vez se exhibe. Annemarie Bucher seleccionó 51 grabadores suizos de las últimas cuatro décadas. No pretende ser una exposición exhaustiva. Se impuso limitaciones concretas: evitó el gran tamano y los ejemplares únicos sumamente costosos para una itinerancia internacional. Es una muestra didáctica, con fotografÃas murales sobre diferentes técnicas y el proceso de edición. Incluso se muestra un taco original de Renato Oggier trabajado en cuatro lados para comparar con los grabados impresos.
En ese medio centenar de grabadores de varias generaciones hay un despliegue de técnicas y estéticas diversas, que estimulan la información, el conocimiento y el disfrute.
La autoridad mayor es Max Bill (1908-1994), pintor, escultor, arquitecto,grabador y disenador de una fulgurante creatividad. Visitó la Bienal de San Pablo y fue premiado por una escultura emblemática de la modernidad. Alumno de la Bauhaus en 1927-29, fue uno de los inventores del arte concreto y ejerció una influencia internacional notable. Está representado con una serigrafÃa uno de los procedimientos más afines a los planteos geométricos. Lo acompanan en esa estética Richard Paul Lohse (1902-88), también una personalidad sobresaliente, Camille Graeser (1892-1980), Verena Loewensber (1912-86), ya fallecidos, junto a las generaciones posteriores que recogieron la lección y ampliaron sus recursos expresivos (Matias Spescha, Jean Pfaff, Shizuko Yoshikawa, Marcel Wyss, Gottfried Honnegger, Dominik Stauch, Jean-Luc Manz, Hans Jörg Glattfelder) que además de la serigrafÃa utilizan la litografÃa. Son obras claras, transparentes, una geometrÃa sensible de infintos recursos visuales. Si por un lado hay una lÃnea que se define por apostar a la objetividad y el distanciamiento, otros prefieren indagar los aspectos heredados del expresionismo, recurriendo a la xilografÃa (Francine Simonin, Josef Felix Müller, Renato Oggie) cercanos a ciertos recursos tradicionales y conocidos. Los grabadores que utilizan las planchas de metal y sus variaciones obtienen brillantes soluciones, surcadas por sutiles variaciones de color, tema y expresividad (Jean Cornu, Martial Leiter, Bernard Luginbühl, André Thomkis, Peter Stein, Hans Schärer, Rolf Iseli, Irene Wydler), mientras Jean Tinguely (1925-91) prefiere la litografÃa para dibujar un Réquiem para una hoja muerta, estudio o boceto para una de sus dinámicas máquinas. Otros aún, frecuentan las técnicas mixtas y recurren a la fotografÃa (Urs Lüthi Peter Kamm), al offset (Dieter Roth) o la impresión en la computadora (Roswitha Marien), la aquatinta (Michel Biberstein), la punta seca (que se traduce en el catálogo por aguja frÃa), el linóleo y el gofrado.
Un amplio panorama del grabado actual en Suiza que contribuye a la actualización de una producción escasamente frecuentada por estas latitudes y que en otros tiempos fue uno de los motores expresivos del arte uruguayo.
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