La cultura del vale todo
Más de una década atrás, podía comprobarse: equis o ene televidente de 13 a 25 años, y por tomar un promedio de edad, se sentaba durante ocho horas frente a la stupid box a ver la metralla de videoclips y tal saturación visual, más bien vertiginosa, casi sin cortes, te provocaba una turbación parecida al autismo. Nadie en su sano juicio, en rigor, podía establecer una relación tan intensa por más que allí apareciesen los ídolos pop y rock del momento.
En algún momento, más cercano a nuestro tramo «epocal», todo cambió. El televidente podía absorber todo tipo de videoclips musicales, pero al menos tenías la posibilidad de contar con un conductor mexicano de nombre Arturo que, desde su segmento Conexión, había desarrollado un formato que incluía una estupenda e ingeniosa relación comunicacional con los televidentes vía correo electrónico, una rigurosísima selección de los materiales musicales y a la vez practicar comentarios insolentes en torno al modo de manejarse la industria musical, entrecruzar reflexiones agudas de un tono político si se quiere progresista en el mejor sentido del término. El espíritu liberal de MTV tiene sus fronteras, desde luego, y Arturo desapareció de la señal y la excéntrica Ruth Infarinato, quien conduce lo que le soliciten, pasó a encabezar el segmento antedicho. Nunca Conexión fue lo mismo. Una lástima.
Lo cierto es que, el asunto, no cambió en términos cualitativos. MTV ha tenido una política concesiva que, de alguna manera, puede medirse así: todo comenzó con el impacto demoledor de Nirvana y culminó a todo latin lover con Ricky Martin, Enrique Iglesias, Alejandro Sánz y toda la farándula trash de los latinos harto menores, descartables, bendecidos por el santo patrón de los lugares comunes y las peores convenciones estilísticas del pop latino edulcorante.
Claro que, frente a la pérdida inevitable de rating (y eso fue lo que permitió en principio el ingreso de lo latino-melódico-internacional en la misma tensión de difusión que los latinos roqueros e incluso en mayor medida), la señal videoclipera amplió sus horizontes en términos de competitividad para ganar territorio perdido: así aparecieron programas como The Real World, las inicialmente deslumbrantes marionetas de Celebrity Deathmatch hoy alicaídas en creatividad y en impacto, las osadías de Jackass, entre otros. Lo cierto es que la apuesta comenzó a rendir sus dividendos: MTV amplió el espectro de televidentes, mutiló la rígida disciplina de emitir durante las 24 horas videoclips, shows en vivo (eléctricos y unplugged, esta última modalidad todo un logro de la cadena) o perfiles de artistas, para otorgarle un target diferente a la señal.
De igual modo, nada ha cambiado para el televidente más exigente. Todo es más de lo mismo y, lo peor del caso, es que si la MTV se había transformado en un escenario propulsor de las novedades más excitantes en el campo del rock, el pop (hay compositores de gran valía, sí señor, no todo es Britney Spears o Christina Aguilera, por favor), el funkie y el soul, el rap y toda la nación hip-hop, quienes comandan los intereses de la señal son aquellos artistas de mayor taquilla y, en la mayoría de los casos, de menor envergadura «compositiva», si puede denominársele (Backstreet Boys, N’Sync y las lolitas del pop acaramelado).
Nada ha cambiado (aunque se hayan producido shows espléndidos en todos los subggéneroas de la cultura pop y rock, además, porque en la emisión de videoclips no hay categorizaciones cualitativas ni tampoco estéticas. Todo se iguala en una especie de rush torrencial: Britney Spears es igual Lauryn Hill, Bjork es igual a Madonna, como Radiohead es igual a Coldplay o Eminem a Leo García y The Strokes a La Mosca en una suerte de estúpido folclorismo de la globalización que ciertamente confunde a quienes no están atentos. Es la política del vale todo donde, de pronto, puede llegar a invadirte una modorrra que te llevará inevitablemente al zapping por la sofocación y el culto a la tontería que produce con sus propósitos la liberal MTV.
Durante el aquí y ahora, uno ve ocho horas de MTV y se atonta, pero vuelve a sentirse respetado si se topa con un episodio de la terrible Daria. Uno ve ocho horas de MTV y tiene el desenchufe glorioso de Ozzy Osbourne y su familia tipo Locos Addams precisamente Los Osbournes, un segmento con la intervención de toda la familia del necrofílico músico que está teniendo una aceptación popular impresionante y que merece –pese a los cortes que existen, sí señor– verse por los logros y el «zafe» verbal de alta creatividad.
El aparato de difusión musical más fuerte del planeta, pese a sus cambios por necesidades del mercado, decidió cambiar aunque nada haya cambiado aun incluyendo pequeños segmentos al culto fashion (de la moda) o a los juegos eróticos, mientras los conductores sonríen y sonríen canchera y plásticamente. *
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