Tres hermanas
«Las brutas» del chileno Juan Radrigán, es una tragedia que ocurre en una región casi inaccesible de los Andes cuyanos; el espectador no encontrará un adarme de nacionalismo, folclore o tradición. Los personajes son sólidos, más que brutos. Las montañas parecen haber formado las almas de las tres hermanas. Justa (Rebeca Franco) guarda un hosco secreto, Lucía (Norma Mautone) deja hacer al destino; Luciana (Maruja Fernández, para nosotros la mejor) es fresca, anhela ser pequeña y joven, conocer cosas tan mínimas como el amor, pero todas muestran grandeza en sus palabras como cortadas a cincel, que dicen que su tiempo ya pasó.
La obra fue ambientada, naturalmente, en la sala Cero de El Galpón, cuyas dificultades de acceso rimaron con la gravedad y la fascinación de la cordillera. En la escena hay muy poco; más no se precisa para el teatro. Hasta diríamos que sobran las puertas y ventanas de demolición, aunque concuerdan bien con el derrumbe que el autor presenta en medio de las rocas inconmovibles.
La directora Mary Vázquez ha puesto en práctica la no menos inmutable verdad de que el teatro no es ni belleza plástica, ni trajes, ni decoración, y tuvimos todo lo que al teatro puede pedírsele. Las tres agonistas, que se definen brevemente y para siempre, pronto levantan vuelo, llevadas por el sobrio estilo de Radrigán, hasta sobrepasar las cimas. En pocos minutos las pequeñas preocupaciones domésticas quedan atrás.
Las mujeres están solas: la despoblación de la zona, el conocido fenómeno del éxodo del campo hacia la ciudad, planea sobre ellas como un ave de rapiña.
La cuestión de la existencia, para qué vivimos, se cuela de rondón en la vivienda de las tres hermanas y no las deja hasta el fin. Ellas realizan un tan sincero como doloroso examen de consciencia de a tres, y una grave lucidez aparece. «La soledad nos mató hace mucho tiempo. No nos enterraron, no más», dice Luciana. Una conclusión despunta en el inmenso horizonte y golpea: «Es como si la soledad fuera un palo y todos nos hubieran dado con él». Si nos preguntamos si somos felices, ya estamos tentando al diablo; si la cuestión es, verdaderamente, por qué se vive, o por qué se sobrevive, ya estamos en Camus y en vísperas del gesto sacrificial del suicidio, del holocausto en los altares del que Alfred Alvarez llamó «el dios salvaje».
La interpretación es muy sobria. Parte de la fuerza de esta tragedia finca en que no hay gritos, sino un desenlace que se anuncia como posible en las primeras líneas y que no deja de avanzar. Cuando llega la resolución y las hermanas convienen en suicidarse, las voces bajan. Hubo al fin un último grito, de soledad, no de temor; siguió un silencio; se apagó la luz; llegaron los aplausos, pero nadie se movió de los asientos. Las tres hermanas habían golpeado contra nuestros corazones. *
LAS BRUTAS, de Juan Radrigán, por El Galpón, con Rebeca Franco, Maruja Fernández, Norma Mautone y Juan Gentile. Escenografía y vestuario de Elbio Ferrario, iluminación de Leo Hualde, ambientación sonora de Daniel Bolioli, dirección general de Mary Vázquez. Estreno del 22 de julio, Teatro El Galpón, sala Cero.
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