¿Un eterno comienzo?
Como decíamos, en la República Oriental del Uruguay, el fenómeno cinematográfico siempre tuvo especial relevancia. Un país culto, en definitiva, con alto grado de alfabetización, notoriamente europeizado (y que contó hasta mediados del Siglo XX con un prestigioso nivel político, económico, cultural e incluso deportivo), tenía, desde el principio, todo un territorio proclive a dejarse arrastrar por la vorágine de la pantalla grande.
De esta manera, el cine resultó un gran boom: casi doscientas cincuenta salas cinematográficas con estrenos que llegaban de todas partes del mundo, la enorme avidez del público y una crítica especializada de gran renombre (que tuvo entre sus filas al mismísimo Horacio Quiroga), eran parte del suceso. Este carácter cinéfilo uruguayo determinó, en un principio, un consumo muy heterogéneo. Llegaba el cine americano –por supuesto–, pero también el francés (la nouvelle vague), el neorrealismo italiano, el sueco (con el correspondiente «descubrimiento» de Bergman), los melodramas mexicanos, las comedias argentinas, las producciones japonesas y los claroscuros de la Madre Patria, entre otras posibilidades.
Era tiempos de matinés épicas con cinco títulos al hilo desde el mediodía y récords históricos de afluencia promedio –en relación a la población– a mediados de la década del cincuenta. Una historia que comenzó a palidecer, precisamente, a partir de 1956 cuando la Sociedad Anónima de Emisores de Televisión Agrupadas (Saeta) comenzó sus emisiones. Un fenómeno que daría su tiro de gracia el 25 de agosto de 1980 con la aparición de la TV Color y, posteriormente, con la aparición del video hogareño.
Frente a la casi desaparición de los cines de barrio, la teleinvasión foránea, el video y el cable, el sueño de una producción audiovisual autóctona continuaba impresionando como utópica, una quimera difícil de alcanzar. Quijotadas aisladas como Mataron a Venancio Flores e, incluso, El dirigible no hacían otra cosa – aparentemente – que subrayar algunas excepciones para terminar confirmando una regla de inercia.
De «Pepita la pistolera» a «Corazón de fuego»
Curiosamente, la mencionada aparición del VHS posibilitó ejercitar, a nivel doméstico, la experiencia audiovisual sin requerir un rodaje en 16 mm (o en los inalcanzables 35 mm).
Fue a finales de los ochenta (y buena parte de la década de los noventa) donde los realizadores nacionales comenzaron a plasmar imágenes como las de Pepita la pistolera, un ejercicio que luego llevaría a Beatriz Flores Silva a filmar En la puta vida.
Hoy por hoy, donde títulos como 25 Watts han alcanzado merecido reconocimiento dentro y fuera de fronteras (a la vez que se logran filmar producciones de alto presupuesto como Corazón de fuego), parecería que el cine nacional está en pleno proceso de industrialización.
Noticias que hablan –por ejemplo– de la posproducción de Viaje hacia el mar de Casanova, la exhibición del excelente documental Aparte de Mario Handler junto al estreno de Mala racha de Daniela Speranza y A pesar de Treblinka de Gerardo Srawsky no estarán haciendo otra cosa que confirmar dicha hipótesis.
La experiencia de altibajos en otros mercados, sin embargo, aconseja aguardar con prudencia el desarrollo de los acontecimientos y presentar lucha por una continuidad que posibilite el ingreso a otras plazas. Sólo de esta manera podrá lograrse la tan mentada rentabilidad económica de nuetros productores.
Mientras tanto, la «industria» cinematográfica nacional seguirá en el derrotero de su eterno comienzo, otro tipo de pelea desigual que, de todas maneras, ha marcado algunos avances.
Quizás todavía no se pueda decir que el cine uruguayo existe pero algunos buenos títulos cinematográficos nacionales sí existen. Algo es algo. *
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