El show glorioso del rap
Suma detractores y multiplica adhesiones: sus textos ya son un culto a la creatividad y a la osadía y, su planteo musical, redondísimo en toda su concepción de lo mejor de 2002.
Nadie se maneja con tanta habilidad y fluidez que Eminem dentro del tremendo aparato de la música popular contemporánea y, más concretamente, la que emana en forma abrumadora desde los Estados Unidos. Transa, sabe cómo negociar con la penosa, ya ridícula señal de MTV (que llevan por delante el sello de liberales y por detrás el de conservadores, al punto tal que falta que Britney Spears, esa calamidad, salga también en la zona de comerciales) y plantea un insolente, imaginativo video-clip difusión de su flamante compacto The Eminem Show (la canción es la regocijante, corrosiva «Without Me») y, desde luego, multiplica su condición de ser el mayor vocero blanco del rap.
O en todo caso, irrefutablemente: el disco, que posee la asistencia de su mentor Dr. Dre en algunos de los tracks, es seguramente una obra maestra por su concepción, su armadura arreglística, su gama de textos y en definitiva su excepcional embalaje sonoro final.
Eminem es una eminencia: es el traductor por excelencia de una época donde reaparece, por ahora, Foucault mediante, la idea de mundo vigilado y una variación de civilización versus barbarie pos Bin Laden y arremetida de Bush (véase el video antes mencionado, por ejemplo) como pocos artistas lo vienen exponiendo. El ojo del Big Brother -que se escapó de la literatura de Orwell para volverse realidad- puede devorar a muchos en el universo de esta actual cultura rock que agoniza, se recupera y vuelve agonizar cíclicamente, pero no justamente a la mente superlativa de alguien como Eminem.
El rubiecito travieso es un motherfucker (algunos lo consideraron xenófobo por algunos giros verbales rescatados de su anterior disco The Marshall Mathers, pavadillas sin consistencia que se leen) que compone gloriosamente: posee el don de oír los alrededores, oír los avatares de época y sus percusiones y sus ritmos personales para entonces darle un volumen compositivo mayor a sus intereses estéticos. O sea que Eminem ha aceptado, dentro de las reglas de juego que plantea la cultura pop y rock con ese vigoroso satélite que viene a ser el hip-hop, la idea de estereotipo alternativo y zafado, el rubiecito travieso con aire de aparente nerd que te acorrala, te sofoca, te sumerge y en consecuencia termina seduciéndote (y por lo tanto desmarcándose notablemente de la media musical) en una suerte de torrencialidad sonora donde experimenta a piacere, dice y maldice lo que se le canta. Y suma detractores y redobla en términos de taquilla (adhesiones si hablamos de su ya descomunal incidencia) en forma inapelable.
Le otorgaron ese rol y le abrieron de par en par las puertas de la industria: Eminem aceptó ese lugar de quintacolumna, pero vaya si hay aciertos y poderío creativo. Eminem incita y excita. Provoca y convoca desde la posición que alguien de la inteligencia y la sensibilidad de Eminem puede ocupar: la del muchachote malcriado que se pelea con su madre y agrede -por citar dos ejemplos- a la ex gordita Spears y la flaquita de Cristina Aguilera, que evoca a su modo a su ex esposa y que, de pronto, inesperadamente, homenajea cantando a su hija Hailie (en «Hailie’s Song»).
Como productor de casi todo el disco -a excepción de los temas que Dr. Dre asume la dirección musical del asunto, sin quitarle densidad y swing al proyecto- Eminem alcanza a desarrollar atmósferas mucho más melódicas y atraviesa los géneros. Transcurre del arrullo al repiqueteo de aguja , de los climas de scary-movies y al aire parodial, del rock al rap de pandilla absolutamente inflamado como lo es, evidentemente, la canción guía, referencial del disco: con el texto furioso que despliega desde «White America» quiere arrasar con todo. De paso, Eminem expresa frontalmente que te despiertes de tanta siesta y tanta pasividad, de tanto saludo formal y cortés y despiertes en el lugar apropiado. El lugar de la reflexión crítica, el lugar de revertir el sentido de las cosas.
Se trata de un disco mayor, pletórico de música en su acertadísimo manejo de géneros y subgéneros y de la construcción de textos reveladores que siguen evidenciándose como una estupenda versión de lo que vendría a ser una estética de choque. Imperdible. *
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