ALBERTO CASTILLO, "CANTOR DE CIEN BARRIOS" Y ALGUNOS MAS

"Qué saben los pitucos, lamidos y shushetas…"

Es una voz que no se parece a ninguna otra», como lo manifestara en una oportunidad el poeta porteño Julián Centeya. Tampoco su estilo se parece a ninguno, el propio Alberto Castillo advertía que su particular fraseo era lo que los bailarines necesitaban: «La gente se movía de acuerdo con las inflexiones de mi voz», recordaba, años después, cuando su estrella artística había declinado notoriamente.

De Mataderos a la Universidad

Había nacido en Buenos Aires, en el barrio de Mataderos, el 7 de diciembre de 1914 con el nombre de Alberto Salvador De Lucca. Cursó estudios en la Facultad de Medicina, obteniendo su título de medicina y especialista en ginecología en 1942. En los años de estudiante universitario comenzó a manifestar su vocación por el canto, participando, con variada suerte, en diversos conjuntos entre los que se destacan Armando Neira, Augusto P. Berto y Mariano Rodas.

Se afirma que durante una fiesta estudiantil lo escuchó el músico Ricardo Tanturi y lo integró inmediatamente a su orquesta típica «Los Indios» con el nombre de Alberto Castillo, donde debutó en 1939, llamando poderosamente la atención su manera novedosa y distinta de interpretar el tango, que nada tenía que ver con los vocalistas de la época, unido en lo musical a una afinación perfecta. Con Tanturi, actuó por espacio de cuatro años, con grandes éxitos en radio y bailes, realizando una serie de grabaciones que comienzan el 8 de enero de 1941 con el vals «Recuerdo» y que se mantuvieron en un alto nivel de calidad estética, en todas las posteriores que registró con esta agrupación. Fueron los años, de sus mejores aportes al tango canción.

El cambio de personalidad

El gran éxito de esos años como gran promesa tanguera, se dio vuelta cuando comenzó su labor de solista y confió la dirección de su flamante orquesta a Emilio Balcarce.

Allí comienza un estilo amanerado, lleno de concesiones, un acento zumbón, con picardía, con exageraciones gestuales que lo alejaban de los esteorotipos clásicos y también del universitario que cantaba tangos.

El escritor argentino Horacio Salas, en su libro «El Tango», sostiene que Castillo al separarse de Ricardo Tanturi y con la posterior llegada del peronismo en 1945 al poder eligió el camino del desclasamiento. «Se disfrazó. Vistió trajes azules de telas brillantes, con anchas solapas que llegaban casi hasta el hombro, el saco desbocado hacia atrás, corbatas gruesas, de fuertes coloridos y un pañuelo sobresaliendo en forma exagerada del bolsillo. Pantalón de cintura alta y anchas botamangas completaban un atuendo que era más un desafío que una vestimenta. Desde otro ángulo, el boxeador José María Gatica se exhibía de manera parecida, en abierta oposición a las normas del buen gusto pequeño- burgués.

Era ropa emparentada con una moda, que había inventado el dibujante Guillermo Divito, para sus personajes, en las páginas de la revista Rico Tipo, «aunque nadie se vestía como ellos», sostiene Salas, para terminar afirmando: «Castillo se burla de la burguesía y de las medias pautas de los sectores medios. El proletariado y los marginales que llegan al poder junto con el ascenso del peronismo ya no necesitan imitar otra clase para disimular su origen.»

A esto, de Horacio Salas, se debe agregar un nacionalismo a ultranza que lo lleva a presentarse con una glosa que él repetía en forma insistente: «Yo soy parte de mi pueblo/ y a él le debo lo que soy/ hablo con su mismo verbo/ y canto con su misma voz.», luego arrancaba cantando «Cien barrios porteños/ cien barrios de amor/ cien barrios metidos/ en mi corazón…», mientras tomaba el micrófono, se paseaba por el escenario, haciendo bocina con las manos, pero en lugar de rodear la boca con las palmas, como el gesto corriente, lo hacía con el dorso cruzando el rostro, con lo cual el ademán se tornaba caricaturesco. Llegó a saludar con los brazos abiertos, como lo hacía Perón desde los balcones de la Casa Rosada.

Salvo honrosas excepciones, comienza a elegir un repertorio chabacano, pobre en música y letra, lejos de lo que hacía con la orquesta de Tanturi. Viene a Montevideo y se enamora del candombe, un ritmo que agrega a su cancionero y obtiene grandes sucesos con «Baile de los morenos», «Charol», «Bronce», «El cachivachero», que remarca con cuerda de tamboriles dirigida por el legendario moreno uruguayo Juan Angel Silva, el creador de la comparsa Morenada.

La era del cine

Su arraigo popular lo lleva al cine donde filma varias películas de fuerte éxito taquillero para el sello Argentina Sono Film. Comienza en 1946 con «Adiós Pampa mía», en 1948 actúa en «El tango vuelve a París», teniendo para sus cantables el marco de la orquesta de Aníbal Troilo que lo acompaña en dos temas; «Ninguna» y «La canción de Buenos Aires». Luego las seguirían «Un tropezón cualquiera da en la vida», «Alma de bohemio», cerrándose en 1953 con «Por cuatro días locos».

A mediados de los años cincuenta su popularidad comienza a opacarse, junto con la caída del peronismo y del proyecto político y social que éste representaba, y en el cual Alberto Castillo, casi sin proponérselo, había sido un reflejo desde los escenarios en los que actuaba. Siguió haciéndose acompañar por diversos conjuntos y con casi ochenta años se trepaba a los escenarios para mostrar su figura gorda y decadente, junto con un hilo de voz cascado y oscuro.

En 1993 la banda rockera «Los auténticos decadentes», sin ninguna alusión personal, grabó, junto con su voz, un viejo éxito de sus años mozos, el candombe «Siga el baile».

A punto de cumplir sus ochenta y ocho años de vida, falleció el martes 23 de julio en una clínica de la ciudad Buenos Aires donde se hallaba, desde hacía varias semanas, hospitalizado por diversas dolencias.

Los tangueros habrán de recordarlo siempre por su estilo, por su voz diferente y por su pasaje en la orquesta de Ricardo Tanturi. *

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