SE ESTRENO "MI NOMBRE ES SAM", DE JESSIE NELSON

Al mundo le falta ternura

El filme crece y crece por las notables performances de Sean Penn, Michelle Pfeiffer, Dianne Weist y la debutante Dakota Fanning. Puede verse.

Sam Dawson (Sean Penn) es un individuo adulto con una capacidad intelectual que llega apenas a los siete años. Es un niño. Acaso es asimismo una ráfaga de transparencia y luminosidad que cuyo sistema de pensamiento y de exposición de sus ideas lo hace, generalmente, a través de las canciones y las opiniones de sus héroes: Los Beatles.

Trabaja como camarero en una de las filiales neoyorkinas de Starbuck y regala sonrisas y sobre todo gentileza, calidad, inocencia y ternura. Sé fiel a ti mismo es su lema beatliano. Sam Dawson es un chico: nunca hay estridencia, aunque momentos de euforia y el mundo, en esas pocas cuadras de su andar bonachón, es su refugio y su morada afectiva. Todos quieren y protegen a Sam, especialmente Annie (exquisita performance de Dianne Weist en su rol de vecina).

Todo es en este caso sanamente rutinario, si así puede aceptarse, en la cotidianidad de ese Sam compuesto por Sean Penn con una ductilidad de movimientos y de otros recursos técnicos imponentes. Pero esa rutina, que incluye alegres jornadas semanales de video con un grupo de iguales, se verá sobresaltado por la noticia de que es padre de una niña, producto de una noche con una joven homeless a la que Sam en algún momento le ofreció pasar la noche en su diminuto apartamento.

«Mi nombre es Sam», el filme de Jessie Nelson, está concebido como un melodrama que no elude las convenciones del género a tal punto que hay una cita declarada a «Kramer versus Kramer», pero no alcanza a decaer en tensión narrativa como el ya lejano y antedicho título de Robert Benton y protagonizado por Dustin Hoffman y Meryl Streep. El filme de Nelson explora con méritos de guión y dirección esa calidad y cualidad del roce humano, ese movimiento perpetuo del yo particular y del nosotros con una dosificación del fluir melodramático que nunca llega a facilismos lacrimógenos. Sí a conmover de una honestidad narrativa que merece subrayarse.

Por el contrario se trata de un retrato fino, y medida que crece el relato, desgarrador cuando -inevitablemente- Sam debe quedarse al cuidado de su pequeña y lista, muy lista hija (a la que designa como Lucy por la memorable «Lucy In The Sky With Diamond») ya que la que la madre la abandonó al toque una vez que salió del hospital. Y allí estará Sam frente a esa niña de generosa vivacidad en el que irá aumentando una exuberancia afectiva, una ligazón de la sangre tan fuerte y sólida que Sam celebrará permanentemente repitiendo que «somos uno».

Es el mundo ideal para Sam por fuera de la metrópolis, del circo beat de una ciudad arrolladora donde el tiempo es más que nunca oro, nunca detenerse, plagado de claxons, palabras veloces y zumbidos interminables de teléfonos celulares. Pero esa realidad pesada que situará a Sam en verdaderos aprietos cuando, de pronto, el estado decide que no está calificado intelectualmente para hacerse cargo de la niña (más que promisorio debut de Dakota Fanning) y todo su mundo, como en una novela de Boris Vian, parece darse vuelta completamente.

Le quitan a su hija y, mientras la estudian profesionales en un albergue, ya se ha establecido que tendrá padres adoptivos. Es tiempo de que Sam, pese a su tristeza y a su impotencia, actúe y consiga un abogado. Una abogada altamente reputada (Michelle Pfeiffer como Rita Harrison en otro espléndido acting que demuestra que belleza, intuición y versatilidad en la modulación de sus diferentes personajes se funden gratamente en un todo) a la que no puede pagarle sus altos honorarios y que, de tanto insistir, esta mujer de mirada fría y palabras cortantes decide, al fin, hacer un trabajo pro bono, esto es, gratis para sorpresa de sus colegas.

Lo bueno del filme no es solamente la suba de intensidad dramática en las extensas sesiones de tribunal, sino el humanismo que desplaza Jessie Nelson a sus personajes desde el que construye Sean Penn y Michelle Pfeiffer, pasando por la Weist, sus grupo de amigos y hasta esa madre adoptiva que compone Laura Dern.

Aun cuando se pierde el juicio habrá apelación, pero más allá de ese universo glacial de la corte, la historia rescata el amor que crece entre un padre y una hija -con la apoyatura permanente de la canciones de Los Beatles, en versiones de los Black Crowes, Sheryl Crow, Sarah McLachlan, la imponente Aimée Mann y muchos más- y la ofrenda permanente, tal vez naíve, de ese Sam tan entrañablemente caluroso y bienhechor en el mejor de los sentidos. Al mundo le falta ternura, parece enunciar en cada movimiento, en cada articulación verbal Sam.

Hay una fina capa poética -la necesaria para el conflicto escenificado- que mancha al filme favorablemente. Y Sean Penn -menos mal que decidió seguir actuando, ya que había declarado que después de la experiencia demoledora de esa obra maestra que es «Delgada línea roja», iba sólo a dirigir películas: sus dos filmes, de autor, son impecables- despliega su habitual virtuosismo en cada gesto, en cada acrobacia oral, en cada actitud -siempre positiva- frente a una vida donde para él, según sus maestros de Liverpool, it’s only love.

El filme posee una tonalidad de balada rota y en donde los actores se adueñan en una de menor a mayor en tanto caracterización de un guión fluido y con impactos emotivos que ennoblecen el mensaje final de «Mi nombre es Sam»: si no hay pertenencia afectiva, estamos fritos. O somos un papel desvaneciéndose en el aire sin que nadie lo perciba.

Lo cierto es que, con final abierto, el filme tiene secuencias de alta resolución dramática y una performance colectiva del elenco realmente superlativa. Merece verse por Penn, por la Pfeiffer y la Weist, por esos ojos que devoran la pantalla de la rubiecita Dakota Fanning.

No se trata de un filme mayor, pero qué bueno es ver cómo todavía en Estados Unidos producen estos filmes que, como diría Julio Cortázar, están del lado solar del hombre. *

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