SAMY Y YO, DE EDUARDO MILEWICZ

Una sátira en tono menor

El actor está en su mejor cuerda expresiva y, acompañado de Angie Cepeda, Henny Trailes, Cristina Banegas y su hermana Alejandra Darín, logra que el filme, de deliberado tono menor, tenga sin embargo momentos regocijantes.

Ricardo Darín parece haberse convertido, últimamente, en el rostro más taquillero para el cine argentino. Y, ciertamente, por méritos propios. Del lejano «galancito» de telenovelas más que tontas, por supuesto que ya no quedan rastros. Hay en curso una madurez actoral en Darín que, evidentemente, lo ha llevado a poder modular con solvencia mayor todos los registros, las gestualidades y otros recursos técnicos abriendo el arco expresivo de tal modo que se delata de inmediato que se asiste a un individuo que sabe moverse con una generosa ductilidad en cuanto a la elaboración de sus diversos personajes.

Darín maduró, pero al mismo tiempo maduró su rigor en cuanto lo que le tienta como propuesta teatral o cinematográfica.

En cine está el ejemplo de Nueve Reinas, su caso más espléndido a cuanto a reunión de buena trama y buen elenco, alto rendimiento actoral dentro de una sátira que por detrás de la anécdota, hay una puntuación reflexiva y crítica sobre la actualidad argentina. El filme ha sido el punto culminante, en Darín, de la reunión de virtuosismo actoral y popularidad.

El personaje que ahora aborda Darín en Samy y Yo, de Eduardo Milewicz, es absolutamente opuesto al de Nueve Reinas. Aspirante a eterno escritor que vive diciendo que debe escribir su gran novela, con novia exitosa e intelectual (un mero ejercicio de estilo para Cristina Banegas), «escribidor» de gags para un humorista que monologa torrencialmente a cámara (Roberto Pettinatto en pose de Roberto Pettinato), madre sobreprotectora y algo zafada (impecable intervención de la uruguaya Henny Trailes) con hermana recién divorciada y tufillo histérico (correcta Alejandra Darín), Samy, su personaje es el prototipo del maníaco depresivo.

Lo mejor, entonces, es que Darín construye ese personaje casi una pefecta caricatura de la cultura del bajón y del estrés. Nada es, nada será aunque perdure el deseo de saltar a otra estación anímica.

Samy y Yo deviene ejercicio fílmico de articulación paródica, levemenete crítico de la realidad inmediata y de la interna televisiva, sobre todo cuando Samy hace prosperar, inesperadamente, una relación con una joven insolente y osada (Angie Cepeda con la misma belleza que le colocó al personaje de Pantaleón y las Visitadoras, la versión cinematográfica de la novela homónima de Vargas Llosa), de porte «descebrada» (en la lectura del personaje de la Banegas) que lo pondrá como eventual astro televisivo (Samy haciendo el personaje deprimente del Samy verdadero y que dispara a cámara gags que, por su carga nihilista, se empatan con la realidad argentina y por lo tanto lo vuelven popular y taquillero).

Hasta allí llegan las pretensiones de Eduardo Milewicz, con el agregado del romance inevitable entre Darín y la Cepeda: un filme, en efecto, bien guionado por el propio Milewicz, de situaciones jocosas casi en tono de sátira con un Darín que alcanza una solvencia impar como ese personaje dark que se apodera de la pantalla, respaldado por las performances estupendas de Trailes, Banegas, además de los esfuerzos interpretativos de Cepeda.

Es un filme correcto, para nada estridente y sin mayores pretensiones, con una narración fluída, apoyándose en el rendimiento superlativo de Darín. Samy y Yo nunca abandona el tono menor, nunca pretende más de lo que evidencia y se vuelve auténtica como contenido (hay aciertos realmente destacables) y como producto final. Y entonces funciona y merece verse, sobre todo por la performance de Darín, quien está en su mejor forma interpretativa y por la sensualidad que emana de la Cepeda. *

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