La Documenta y tres ciudades
En los vanidosos, largos e inútiles currículos que los artistas publican en sus catálogos no figuran los viajes realizados, si es que los hicieron. Mucho más ilustrativos que las instituciones en que estudiaron, los periplos por diversos países, con sus museos, megaexposiciones, teatros y espectáculos de diversa índole, compartiendo con otras sensibilidades el trato social, son los que permiten modelar una personalidad, ampliar conocimientos, aguzar la inteligencia para después calibrar la auténtica formación. Pues el contacto directo con el arte de todos los tiempos no lo sustituyen libros, revistas ilustradas, videos o Internet, aunque algunos lo crean. Así de sencillo. Es siempre útil repetir que viajar, no es sólo necesario. Es indispensable. Pero no el viaje turístico a la manera de si es martes debe ser Bélgica, sino el viaje como descubrimiento, del encuentro asombrado con una ciudad, una arquitectura, un jardín, una pintura o una instalación. Se pueden hacer buenos planteos teóricos, hasta seductores, pero hay que desconfiar si no están acompañados por la práctica regular y permanente. Les sucede a muchos filósofos y pensadores conocidos.
Cierto, desde América Latina no todos pueden acceder a esa posibilidad y menos en los tiempos que corren, aunque en numerosas ocasiones se interponen pretextos que no son estrictamente económicos. Pero la responsabilidad profesional, el reconocimiento de una labor (en el acierto o en el error) así lo exige.
Tampoco es viajar a ciegas: hay que prepararse, saber adónde se va y qué se encontrará. No es un tarea difícil auxiliado por la extensa documentación visual e impresa disponible en la actualidad y los cursillos organizados antes de la partida.
La Documenta XI de la ciudad de Kassel, Alemania, es, hasta el 15 de setiembre el acontecimento artístico del año, la megaexposición de arte contemporáneo por antonomasia. Como se realiza cada cuatro o cinco años, es una oportunidad única. Los sitios en Internet son numerosos, hay fotos y comentarios. Pero no bastan. Hay que experimentar personalmente, comparar el juicio ajeno con el propio y extraer conclusiones siempre enriquecedoras. Pues lo que importa es si el director Okwui Enwezor, un nigeriano residente en Estados Unidos desde hace más de dos décadas, tiene una visión honestamente tercermundista de la creación actual o sigue los estereotipos euroamericanos, si la elección de 118 artistas tiene sentido o es un mero reparto de influencias, si Louise Bourgeois, Juan Muñoz y Jeff Wall, que estuvieron en las Documenta IX y X, son creadores indispensables en esta oportunidad o si los latinoamericanos son representativos del país o la región o debieron ser otros. Son algunas de las interrogantes que suscitan, entre otras, la asistencia a la Documenta XI, signada por una marcada orientación política (legítima, como cualquier otra). Y averiguar si las obras fueron hechas en función de la idea rectora o ya estaban ejecutadas y se consideraron adecuadas para la muestra.
Entre instalaciones, videos que duran hasta 36 horas y películas de 76 minutos (nada apropiados para un encuentro internacional donde la permanencia temporal cuenta y mucho), habrá sorpresas y gratificaciones (la siempre atractiva obra de la iraní Shirin Neshat) que provocarán un sacudón al conformismo reinante.
Si la Documenta es el objetivo fundamental de un recorrido, la ciudad de Frankfurt desparrama nombres de arquitectos famosos por sus calles pues dejó de ser un enclave exclusivo para empresarios y banqueros. También Londres resolvió competir con la cultura continental y dio un paso audaz con la erección de la Modern Tate (a cargo de los arquitectos suizos Herzog & De Meuron) al reciclar una vieja usina eléctrica a orillas del Támesis en la zona Southwark, convertida en un lugar top y ahora con una retrospectiva de Lucian Freud, para muchos el mayor pintor figurativo vivo. No faltan atractivos culturales. Siempre habrá que visitar la National Gallery, aunque más no sea que para contemplar El matrimonio Arnolfini de Van Eyck o Los embajadores de Holbein, incursionar por Victoria & Albert Museum para ver los sectores dedicados a la fotografía y la moda, únicos en el mundo, entrar a la Tate Gallery y repasar a Constable, Turner y los impresionistas, recrearse con las esculturas del Partenón en el remodelado Museo Británico y tener el privilegio de ver más de 400 obras (dibujos de Leonardo y Holbein, Vermeer y el famoso cuadro La clase de música o Caballero y dama tocando el virginal, que se exhibe rara vez, Van Dyck y el retrato ecuestre de Carlos I) de la colección real en una exposición pública temporaria en la Queen´s Gallery del palacio Buckingham. Además están las galerías y centros culturales célebres (Serpentine, Hayward, Barbican, Saatchi, Wallace, Courtauld) a los que habrá echar una ojeada, mientras se observan los edificios de Rogers, Grimshaw o Foster, entre los pocos que se contraponen al conservadurismo británico.
No menos incitativa, interminable y enciclopédica es París, siempre glamorosa y refinada, dispuesta a ofrecer altas dosis de estímulo en todos los aspectos. Desde el apabullante Museo del Louvre, el más grande y hermoso del mundo, hasta el Centro Pompidou, la Fundación Cartier, la Gran Biblioteca o el Centro del Mundo Arábe, donde las firmas de Piano y Rogers, Stark, Gehry, Nouvel o Perrault compiten entre sí y con las construcciones de ayer y de hoy. Los que estén dispuestos embarcarse por 18 días en este circuito intenso y a partir del 25 de agosto no tienen más que llamar al teléfono 711 15 49. Si no se apresuran, quedarán fuera ya que son pocos los lugares disponibles. *
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