Un uruguayo vocacional

ANDRES TORRON

 

El escritor Carlos María Domínguez acaba de ganar el premio «Narradores de la Banda Oriental», con La casa de Papel, que se editó recientemente por la editorial Banda Oriental. «Me vine en 1989 huyendo del primer gobierno de Menem, porque me la veía venir», cuenta Domínguez. «Desde entonces digo que soy un uruguayo vocacional, soy un enamorado de la ciudad, del país, de su gente y de sus tiempos. Desde que vine, la ciudad me tiene de sorpresa en sorpresa y de libro en libro».

La obra de este argentino, «uruguayizado» que fue director en Buenos Aires de la ultima etapa de la mítica revista Crisis, abarca varios libros biográficos sobre personajes clave de la cultura nacional como Roberto de las Carreras, Juan Carlos Onetti o Tola Invernizzi.

 

–¿Te sentís integrado, o sentís que todavía te miran como extranjero?

–Tengo una sensación rara en ese sentido, porque acá soy «el porteño» y en Buenos Aires me convertí en «el uruguayo». Tengo una sensación al mismo tiempo marginal e integrada en ambas orillas. Una vez me invitaron a un congreso de escritores en Córdoba y como lugar de procedencia pusieron «Río de la Plata», como si viviera en un bote en el medio del río. Me hizo gracia, pero también se los agradecí, porque era como una ampliación de la identidad.

En Argentina se vive mal desde hace muchos años. Es un país quebrado, no desde ahora, desde la dictadura y desde el fracaso del gobierno de Alfonsín, etapas que le cambiaron el eje al país. A veces me siento como un sobreviviente de un país que ya no existe. Ese vértigo frenético que empezó a vivir Argentina con la emergencia del fenómeno fascista, no sólo a nivel del poder y del gobierno, sino también en las clases medias, en las clases populares obturaba muchos espacios en la imaginación. Sentía que la Argentina me escribía, obligándome a salir a contestarle permanentemente. Tenía que contestarle a un país sordo y uno al final se cansa de gritar.

Cuando vine por aquí empecé a recuperar espacios de imaginación que en Argentina eran imposibles. No es que allí no exista fraternidad, porque yo tengo grandes amigos allá, pero el Uruguay tiene ciertas formas de la identidad cultural, y cierta confianza un poco loca en su propia reserva cultural, lo que para un escritor es muy acogedor.

–Todo lo que decís sobre Argentina, cualquier uruguayo lo aplicaría también al Uruguay.

–Es posible. Lo que pasa es que el extranjero siempre cuenta con la ventaja de ver ciertas cosas obvias, que al que vive aquí se le pueden pasar por alto y que para mí son muy valorables. Sin duda Uruguay tiene muchas contradicciones pero yo las encuentro ricas.

Yo digo que Argentina siempre quiere ser otra cosa que lo que es y por eso siempre está apostando fuerte al paraíso y cayendo siempre al infierno, en una rueda sin fin. El Uruguay no quiere ser otra cosa que lo que es. No tiene una ambición, una proyección hacia afuera, no quiere ser líder del Cono sur, no tiene más necesidad que instalarse lo más justamente posible en su propia tierra. Eso tiene sus ventajas y sus limitaciones. El famoso tema de la falta de oportunidades, la falta de ambiciones, la falta de una burguesía más orgullosa y potente, más comprometida con el futuro de la nación. Y no hay un reparto de la renta capaz de garantizar una vida digna para todos los uruguayos. Cada país paga por sus propias limitaciones y sus propias virtudes.

–Esta condición de doble nacionalidad te da la posibilidad de ver virtudes y defectos de ambas naciones desde afuera.

–La distancia es fundamental. Creo que para un escritor es una condición esencial. Quien trabaja con la palabra tiene que tomar distancia suficiente de lo que está escribiendo como para poder emocionar al otro. En ese sentido cada escritor es como un exiliado del lenguaje, porque lo trabaja un poco desde adentro y un poco desde afuera, es un juego entre la subjetividad y las palabras muy complejo. Eso se traduce en mi posición de inmigrante y se multiplica como escritor.

–¿Hacés diferencias entre tu condición de escritor y la de periodista o es todo parte de una misma cosa?

–Todo va formando parte del mismo ruedo. Sobre todo porque soy un periodista que ha ido tomando con el tiempo cierta oblicuidad. Me interesa trabajar más con la realidad que con la noticia. A través del periodismo cultural lo he ido haciendo. Los periodistas aprenden y saben identificar a lo largo de los años dónde empieza y dónde termina la noticia, pero no dónde empieza y dónde termina la realidad. Porque la realidad no empezó cuando alguien mata a su mujer, sino mucho antes. Ahí hay una dimensión fascinante con la que te conecta el periodismo, que es la realidad directa. Utilizando la literatura para dar cuenta de ella, te permite ampliar el asombro propio y el del lector. Esa veta que he ido transitando en lo periodístico, se vincula mucho con la literatura. Además toda esa experiencia de buscar, de investigar, de trasegar la realidad, viene a enriquecer muchísimo el mundo de la imaginación.

–¿Sentís la influencia del llamado nuevo periodismo norteamericano?

–Nunca sentí esa influencia. Yo empecé muy joven en el periodismo, a los 18 años en la revista Crisis, que en aquel momento dirigía Eduardo Galeano en Buenos Aires. Yo hacía allí reportajes populares. Desde el comienzo empecé a transitar mundos marginales, a hablar con vagabundos, a meterme en los hospitales de tuberculosos, a hablar con los obreros de la fábrica de aserrín, con los mineros. La revista tenía una línea periodística donde ya estaba presente lo que después se llamó nuevo periodismo.

Viajé mucho por la Argentina con una máquina de escribir, un grabador y una mochila al hombro. Recorrí gran parte del país metiéndome en todos los pueblos. Esos reportajes se publicaron en Crisis y en el suplemento cultural de La Opinión, hasta que la censura de la dictadura hizo imposible publicar más nada.

–Esta nueva novela, la Casa de papel, se podría decir que está más orientada a la ficción pura.

–Sin embargo es un buen ejemplo para ilustrar lo que digo. Porque cruza muchas cosas. Es una ficción, pero al mismo tiempo utiliza una cantidad de experiencias que yo tuve haciendo periodismo. Una vez hice una nota sobre la relación de la gente con las bibliotecas. Así di con un personaje muy parecido al Delgado que retrato en el libro, alguien que vive en esta ciudad y que tiene un apartamento entero dedicado a los libros y vive en otra casa en el piso de arriba, un hombre cuya diversión es terminar de trabajar y encerrarse cuatro o cinco horas a leer. También conocí a Linardi, un librero que aparece en la novela como Dinarli. Utilicé a esos personajes para construir una ficción que habla del poder de los libros para cambiarle la vida a las personas y la capacidad de las personas para cambiar el destino de los libros.

–Tal vez por el tema tratado, LA Casa de papel me hizo acordar mucho a Borges, ¿estás de acuerdo?

Uno siempre le anda robando cosas a Borges, porque es un escritor extraordinario. Tratándose de un tema de libros y de lectores, la presencia de Borges es inevitable. Es verdad que hay giros borgeanos, incluso cito un verso de un poema de él, donde dice que «Montevideo es una falsa puerta en el tiempo».

Pero es sólo un costado, porque también está la presencia en el libro de otro gran escritor como Joseph Conrad, un escritor que no tiene nada que ver con Borges. Si confrontáramos a los dos escritores aparecería un cruzamiento de las cosas que me interesan, con un pie en la vida y otro en la literatura. Borges era un lector que por el m
undo de la literatura había renunciado a muchas cosas de la vida, yo no las entregaría jamás. Y Conrad era un aventurero, que después se dio el lujo de narrar maravillosamente.

–¿Tenés, como los personajes de la Casa de papel, un fetichismo con los libros?

–No particularmente, pero algo hay. Hay libros de los que no me desprendería por nada del mundo, aunque tal vez no los vuelva a leer jamás. Cuando en la dictadura argentina todo el mundo quemaba libros «comprometidos», yo no lo pude hacer. Prefería que me detuvieran antes que quemarlos. Conservé por ejemplo la colección de la revista Crisis, por la que muchos fueron a prisión y luego desaparecieron. Lo que pasa es que un hombre termina aferrándose a aquello que ama y sin eso no es nada.

–Visto a la distancia, arriesgar la vida por una colección de revistas parece algo absurdo.

–Es verdad. La Casa de papel habla de ese objeto sagrado que es el libro, pero también se ríe de él, cometiendo herejías.

–¿Te parece que el libro ha perdido esa trascendencia que tenía?

–No creo que la haya perdido. La gente se comunica con los libros de distinta manera. Si vos te ponés a pensar en el esfuerzo y la trascendencia que hay en un diario o un semanario. La cantidad de fuerzas de poder, de deseos, de trabajo humano, de horas hombre que convergen en un medio de prensa. Sin embargo los usás para prender la leña del asadito del domingo. Los libros están imbuidos de trascendencia y son sólo papel y tinta, son un objeto que se deshace en el agua o con el fuego. De alguna manera todo en la vida se hace y se deshace con enorme facilidad. *

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