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HUGO ACEVEDO
El coronel sin espejos
* La historia de los pueblos es un vasto mosaico construido sobre la evocación de épicas batallas, apasionados idealismos, traiciones y compulsiones autoritarias. Todo ello constituye la materia prima esencial del imaginario colectivo.
De ese universo tan complejo como caótico emergen iconos y paradigmas, héroes y villanos, toda una raza de personajes que se han perpetuado en el tiempo.
Sin embargo, los apócrifos discursos de los falsarios y oportunistas suelen adulterar grotescamente la verdad, incitando a la veneración de algunas figuras habitualmente lisonjeadas que deberían ser sepultadas en el olvido.
La historia de nuestro Uruguay es singularmente reveladora de una asumida tendencia al culto a la personalidad, que se remonta desde los tiempos de la gesta emancipadora a nuestros días, cuando asistimos a un tiempo oscuro, desalentador y virtualmente vacío de valores.
En «El coronel sin espejos», la escritora uruguaya Mercedes Vigil propone la evocación de uno de los personajes más controvertidos de nuestra historia independiente: el dictador Máximo Santos.
Entre el mero ejercicio biográfico, el ensayo histórico y la ficción novelesca, la autora reconstruye la vida, auge, decadencia y caída del recio militar.
La escritora uruguaya, recordada por «El alquimista de la rambla Wilson», asume la necesidad de recrear minuciosamente los escenarios del turbulento Uruguay del siglo XIX.
Por entonces, nuestro país era apenas un embrión de nación, desgarrado por las luchas fratricidas y las recurrentes tentaciones autoritarias. Mercedes Vigil encaró una minuciosa investigación, que le permitió desentrañar los entretelones del turbulento período que precedió a la fundación del Uruguay moderno.
Contrariamente a lo que pueda presumir el lector, el personaje protagónico de este relato que mixtura la realidad con la ficción no es el propio Máximo Santos, sino una refinada inglesa –Maggie Hamilton– que se transforma en testigo involuntario de una interminable sucesión de estremecedores acontecimientos.
La autora inicia su narración con la sucinta pero necesaria evocación de la denominada Guerra Grande, en la que las divisas blanca y colorada dirimieron sus apetitos de poder en medio de un auténtico e irracional baño de sangre.
Mercedes Vigil no soslaya la apelación a contundentes testimonios, para desnudar la violencia fratricida de ese conflicto y explicar cómo influyó en la vida, las conductas y el destino de los uruguayos de la época.
Resistiendo toda tentación discursiva, la escritora se limita a describir lo sucedido, de lo cual se puede inferir la responsabilidad histórica de algunos actores políticos de la época en el devenir y el futuro de nuestro país.
Sin abandonar la peripecia individual de su personaje femenino, la autora se interna osadamente en los laberintos más tortuosos de nuestro pasado, con todas sus complejidades y controversias.
Asume así la evocación del tramo más álgido del período militarista, recreando inicialmente la figura del coronel Lorenzo Latorre que, como se recordará, fue insólitamente reivindicado y reverenciado por la dictadura que asoló a nuestro Uruguay durante once largos y oscuros años de despiadada humillación. La mano derecha del autoritario militar era un joven oficial que comandaba el 5º Cuerpo de Cazadores: el teniente coronel Máximo Santos. La novelista recurre a un vasto repertorio literario, para reconstruir, con ajustada y detallada minuciosidad, un período de agudos contrastes, entre odios, enconos y esplendores de una sociedad cosmopolita en busca de su identidad. Por entonces, afloraba la figura de José Pedro Varela, un personaje que también transitó a través de la historia en medio de una agitada tormenta de controversias. Si bien su legado reformador de la educación es valorado aún hoy, siempre se le cuestionó su presunta colaboración con el dictador Lorenzo Latorre. A través de una cuidada recreación de acontecimientos y personajes, Mercedes Vigil ratifica que, por entonces, el corazón del país aún en proceso de gestación, latía en Montevideo.
Mientras el naciente pensamiento humanista colisionaba con el caudillismo exacerbado, dos fenómenos comenzaban a parir un nuevo Uruguay: el arribo de numerosos emigrantes y la fundación de logias y sociedades.
Intercalando imágenes ambientadas en escenarios domésticos y sociales, el relato avanza raudamente a través del intrincado laberinto de las pasiones humanas, las ambiciones políticas, los recurrentes excesos del poder y hasta la segregación racial.
Ese Montevideo renacentista que observaba absorto el desarrollo de los acontecimientos, se transformaría –en el decurso del siglo XX– en la capital del más europeo de los países latinoamericanos.
Por entonces, aunque la Iglesia conservaba su sitial de privilegio y su indudable incidencia en las conductas, las tradiciones y las creencias de los uruguayos, ya comenzaba a crecer la influencia de la masonería.
La proyección de la reforma vareliana y el aporte de nuevas ideas transformó a la educación en un teatro de confrontación teórica, en el cual estaba en juego nada menos que la libertad de conciencia de las futuras generaciones.
Sin renunciar a la permanente descripción de ambientes ni apartarse del curso de la historia personal de la aristocrática inglesa, Mercedes Vigil ingresa en la intimidad de Máximo Santos, que se transformó en el hombre fuerte luego de la caída de Lorenzo Latorre.
Este personaje, situado siempre en el ojo de la tormenta del debate histórico, fue y sigue siendo hoy, una de las figuras más resistidas de todos los tiempos por sus métodos autoritarios.
La escritora describe a Santos como un hombre disciplinado, apasionado y con delirios de grandeza, que se rodeó de riquezas, aplastó a sus opositores y se autoproclamó como «el más colorado de los colorados».
El relato evoca, naturalmente, los enfrentamientos entre el dictador y el por entonces joven caudillo colorado José Batlle y Ordóñez y la frustrada revolución del Quebracho, entre otros acontecimientos no menos relevantes.
Sin embargo, la autora no se detiene en la mera evocación de hitos, sino que asume una minuciosa exploración del Máximo Santos hombre, sus pasiones, amores, infidelidades, odios e incluso hasta sus temores.
«El coronel sin espejos» es, sin dudas, una novela reveladora, que pincela los territorios históricos, sociales y afectivos de una época de turbulencias, idealismo y guerras fratricidas.
Conjugando adecuadamente los códigos de la narración, Mercedes Vigil construye un fresco de época, salpicado de golpes militares, caudillos políticos, sociedades secretas, desenfrenadas pasiones y amores secretos.*
(Editorial Fin de Siglo)
Del canon a la periferia
Este ensayo literario de Fernando Aínsa proyecta, a partir de la creación fundacional de la denominada generación del 900, la especificidad cultural del Uruguay, en un proceso que más allá de fracturas, disidencias y dilemas entre tradición y modernidad, ha fijado un canon. Ordenados en cuatro partes Identidad y frontera, El canon del 900, Las grietas en el muro y Miradas desde la periferia sus doce capítulos apuestan a una geografía espiritual uruguaya, desde las perspectivas que propician encuentros y transgresiones.
A partir de miradas desde la periferia descolocación, marginalidad y extrañeza el ensayo y la narración adquieren una sugerente y esclarecedora dimensión aleccionante. Desde José Enrique Rodó del que se propone una novedosa relectura de «Ariel
«- los bohemios del 900, que prefiguran el intelectual comprometido, hasta la narrativa «transversal» de Teresa Porzecanski, Ricardo Prieto, Hugo Burel y Courtoisie, este libro profundiza un original enfoque crítico. El autor no soslaya, naturalmente, referencias concretas a la obra de figuras vertebrales de la literatura uruguaya como Carlos Martínez Moreno y Juan Carlos Onetti. Este ensayo resulta esclarecedor en más de un sentido, por cuanto se interna en el corazón de referentes ineludibles de la producción intelectual uruguaya. La lectura de este libro permite redescubrir e interpretar algunos de los más relevantes fenómenos de la literatura uruguaya, sus inflexiones, enriquecedores aportes e innovaciones. Este trabajo del escritor, crítico y ensayista Fernando Aínsa no se detiene en el mero análisis técnico de las obras o los autores, en la medida que asume una relectura de los tiempos históricos y hasta de las emociones colectivas. *
(Ediciones Trilce)
Trechos movedizos
La autora uruguaya Ana Lacoste integra esa raza en vías de extinción, que asume que la poesía es quizás el vehículo más íntimo y entrañable de expresión literaria. La escritora construye versos de un intenso realismo, aceptando el compromiso de denunciar las miserias humanas en un escenario real de impiadosa insensibilidad. Al margen de estructuras y formas, la autora traza un horizonte crítico en torno a un tiempo histórico de conflictos y valores en crisis. Su sensibilidad le permite hurgar osadamente en la realidad, para redescubrir la solidaridad en los desolados y patéticos escenarios cotidianos contemporáneos. *
(Ediciones La Gotera)
Cómo lograr que los demás se salgan con la nuestra
Enrique Ortega Salinas, definido como especialista en técnicas para el desarrollo de la inteligencia, propone un manual de autoayuda destinado a optimizar las relaciones sociales con considerables ventajas comparativas para el actor que las practica.
Entre las numerosas estrategias formuladas por el autor, cabe mencionar, por ejemplo, las técnicas de deducción, exposiciones y alegatos, formas de dialogar sin discutir, diversas modalidades de negociación, imagen y liderazgo, así como de marketing y publicidad. El autor, que proclama haber logrado dos marcas de memoria registradas por el Libro Guinness, aporta diversas metodologías para lograr una relación armónica entre el individuo y la sociedad, partiendo de la base que con determinadas técnicas y conductas se pueden lograr importantes éxitos. *
(Edición del autor)
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