El cine como forma de espectáculo
El Ataque de los Clones admite acción desde el arranque hasta su final abierto y ya se percibe, en los diferentes roces y secuencias, el perfil claroscuro del joven Abakin Skywalker, el inicio y consolidación del romance, el intenso enfrentamiento entre los maestros Jedi -en su mayor intervención en toda la saga diseñada por George Lucas y compañía- con fortalecimiento de la «fuerza oscura» (y cuyo rostro visible es Christopher Lee plagiándose a sí mismo en su caracterización espectral y temible) y las batallas en el espacio estelar que vienen a ser el condimento que busca enriquecer el sentido de aventura del filme.
Pero más que nada este filme, cuyo resultado tiene visos espectaculares por el uso y la imaginación en el fluir abrumador de efectos visuales facturados o en la hechura de maquetas para ciudades, planetas y personajes, naves y escenarios en el espacio exterior que por momentos parecen frescos pictóricos con una imaginación tan irreprochable como irrefutable, estaría gestando una suerte de debate en el sentido de la direccionalidad que estaría adoptando cierta cinematografía generosa en su presupuesto de producción y a la vez generosísima en términos de taquilla.
Lo cierto es que el filme de George Lucas y su equipo de colaboradores (los técnicos de Industrial Light Magical poseen una importancia notable en los logros formales del largometraje) es pura forma. Todo reside en el cómo y no seguramente en su contenido donde los personajes no varían en esa división tajante entre el bien y el mal.
Y en ese contexto, la película funciona y por momentos lo hace en forma soberbia. La persecución urbana o la que ocurre entre una nube de asteroides, por citar dos ejemplos, dan cuenta del refinamiento que hay en la construcción de los escenarios y en consecuencia de una concatenación de efectos visuales sorprendentes.
Aun así con el protagonismo contundente de una digitalización avasallante y nunca sofocante -como sí ocurría en el filme anterior-, la forma en este caso es la que direcciona al contenido elemental del filme (la república de naciones, en nombre de la democracia, deberá unirse para alcanzar la victoria frente a aquellos que se han aliado a «la fuerza oscura») y a los propios actores, que hacen sus partes con la corrección del caso -cuyo mayor esfuerzo interpretativo recae en el gran Samuel L. Jackson frente a un Ewan McGregor empalidecido, sin pulso, toda una rareza-, pero que son devorados inevitablemente por esa saturación de efectos visuales que literalmente, y para decirlo en términos roqueros, te parten la cabeza. Imaginación pura de los colaboradores de George Lucas para redondear una película excepcional en cómo arropar el discurso narrativo, la escritura visual.
La música de John Williams no posee demasiada variaciones pero respalda con la solvencia que corresponde la aventura de Amidala y Anakin (Portman y Christensen) y de Obi Wan Kenobi (Ewan McGregor) y de los personajes más requeridos de la trama como los androides R2D2 y Tripio, que nunca faltarán a la cita.
El Ataque de los Clones es pura forma y puro entertainment y, en ocasiones, es preferible dejarse arrastrar por este modelo de cine, no siempre. En este particular caso, si la fuerza te acompaña. La película -en todo su metraje- es para disfrutarla de principio a fin. Impresionante. *
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