La raza de Caín
Sostiene Solari que el fundador de la progenie que culminó en los féretros del conde Drácula y las cruces de Van Helsing es Caín el fratricida, que mató a su hermano Abel, el pastor, porque Yahvé, de quien se nos asegura que los amaba por igual, prefirió el sacrificio de sus cabritos.
Tradicionalmente, Caín actúa por celos; Solari (o la narradora Lilit) dice que la muerte de Abel fue un holocausto en honor de la divinidad: Caín mata sin odio ni rencores, como un sumo sacerdote de Tanit, en homenaje al exigente Yahvé, el mismo que más tarde ordenaría a Abraham la muerte de su hijo Isaac. La sangre de Abel clamó venganza y el castigo es que Caín el labrador debería alimentarse por siempre de sangre, devorando su propio sacrificio. Pero aceptada la hipótesis de la autora, que no aparece en ningún texto tradicional, queda por explicar el castigo de Yahvé a un inocente que cometió un error al sacrificar a quien no debía; y puestos a asignar vampirismo podría encarnarse mejor al vampiro en Abel, muerto y exangüe, pero cuya sangre habla y reclama, un hombre que no puede ir al Paraíso ni al Abismo, porque nadie ha entrado en ellos todavía, y que debe «revolotear por las cercanías» mientras su sangre parlanchina «burbujeaba y hervía en el lugar en que fue derramada» (Génesis Rabba, 216, citado por Robert Graves y Raphael Patai, «Los mitos hebreos», pág. 83).
Tampoco es fácil de creer en el afecto de Caín por Abel, un caso de amores que matan, cuando la narradora nos cuenta cómo Yahvé recibía con satisfacción la «podredumbre» del cabrito sacrificial de Abel, ardiendo en un «humo asqueroso» en tanto el perfume bucólico de los mejores brotes de Caín, «…suave, azulado, con perfume a pradera», era rechazado. Parece poco creíble que Caín, el primogénito, sufriera estos desaires de su padre sin pestañear y aun esforzándose en complacerlo, cuando por su propia conducta ulterior, cuando oculta al cadáver de Abel, sigilo que no se compadece con la necesaria ostentación de un sacrificio y sí está acorde con los celos, porque si lograba ocultar su falta tendría para sí todo el amor del Padre. Por cierto, Ana Solari es una artista, cuyo objeto es inventar, y no una mitógrafa que debe justificar hipótesis; pero toda contradicción interna del relato, siempre presente en la memoria de todos los espectadores, para quienes el Gran Código, la Biblia, como demostró Northrop Frye, es el alfabeto de todas nuestras metáforas, va a restar fuerza y vida a su creación.
El siguiente paso, la transformación de Caín en el primer vampiro no aparece claro en el relato bíblico, pero es más lógico. Caín es un rebelde: de acuerdo a una tradición (Pirqe Rabbi Eliezer, citado por Graves y Patai, pág. 77) es hijo de la serpiente del Génesis (en realidad Samael o Satanás, disfrazado de reptil) que seduce a Eva luego de inducirla a pecar con la manzana. La equiparación con Lucifer (o Prometeo) es muy clara cuando, al final de la obra, el vampiro, que seduce nada menos que a María, desafía a la divinidad: «Soy el hombre de Nod, el que te miró el rostro y desafió tus órdenes». Se oye un eco de Carlos Reyles: «Somos, y no lo digo sin el orgullo del más hermoso de los ángeles, los que se rebelaron contra la ley, los descendientes de Caín» («La raza de Caín», edición de Capítulo Oriental, pág. 213).
Aparece primero un Autor (Sergio Pereyra) que comparte con Ana Solari una atracción por «las tierras desérticas y heladas» y que sale en busca del personaje que él ya ha encontrado o creado. La acción, o lo que hace sus veces, empieza a reflejarse entre el vampiro y el Autor, a duplicarse como entre espejos, a entrar en el movimiento sin fin de una escalera de caracol. Sobreviene Lilit, de la que no se informa quién es, pero que ha tenido una hija con Caín (lo que no concuerda con ninguna de las tradiciones, que hacen de Lilit la primera compañera de Adán y más tarde un demonio femenino). Lilit narra a su manera el fratricidio del Génesis; luego los personajes se echan a hablar. No hay casi diálogo entre ellos, y lo que dicen aparece como monólogos intercalados, sin mayor ligazón entre unos y otros. El vampiro (Roberto Suárez) no apetece, o por lo menos ello no ocurre claramente, a la sangre, ni siquiera cuando su hija le reclama proveer a su sustento; Caín el vampiro tiene sentimientos de amor y ternura; Caín, harto de su eternidad, de errar sin fin en las tierras de Nod, como «El Inmortal» de Borges, quiere morir. Al fin llega una delegación de arcángeles para convertir o reprimir a Lucifer, pero el vampiro – Prometeo – Satanás, en el mejor estilo gnóstico se lleva a María y declara su victoria sobre el padre. Salvadas las alusiones bíblicas y midrásicas, «El errante de Nod» está más cerca, hasta por su título, de «Melmoth el errabundo» de Charles Robert Maturin (1782 – 1824) o de «The flight to Lucifer: a gnostic fantasy» (1979) de Harold Bloom que de la muy distinta y muy inferior, invariable destinataria de elogios que no podemos comprender, «Drácula» de Bram Stoker.
De lo que antecede ya puede verse que «El vampiro en el Jockey» plantea al espectador problemas de definición y de comprensión. Es posible que los personajes deban revelarse por sus actos; pero es delicadeza del dramaturgo, que el público siempre agradece, que los defina antes de empezar la acción. Todos recordamos los fragmentos de Shakespeare y de Lope donde un actor, de cara al público, cuenta rápidamente todo lo necesario para la comprensión de lo que, vertiginosamente, va a comenzar. Empieza esta obra y Pereyra (el Autor) dice sin más, vestido de ropas talares y en su primera frase: «Soy el dueño del tiempo y del espacio». Semejante arranque nos hizo suponer que estábamos frente a un dios o a un demiurgo, a un Autor, sí, pero de mundos y de reinos; nos cuesta creer que el Autor es un escritor, algo así como un Goldoni o un Frederick Rolfe que recogen historias en los cafés de Venecia. La aparición de Lilit tampoco es clara: queda dicho que no se sabe quién es ni qué está haciendo allí, y la escasa historia que le corresponde no concuerda con las menciones que los textos antiguos le asignan.
La obra se nos hizo difícil. Todo sucede en un registro alto, sin pausas ni claroscuros, en un estilo monótonamente sombrío, reminiscente de todos los Libros Sagrados; por momentos veíamos a Suárez a través de su anterior caracterización como Zarathustra o hasta como Calígula, siempre mano a mano con el Infinito. Posiblemente ese estilo sea adecuado a su fin, pero nos llega siempre reivindicativo y malhumorado, lo que al espectador de hoy sorprende y mantiene a distancia. Se trata de mitos, de historias clásicas, de los orígenes y del futuro de la Humanidad; pero todo llega a nuestros oídos como en otro idioma, en un español quizás precioso pero que nos sobrepasa; quizás como el mismo lenguaje de Nod. Nos faltan las transiciones, los pasos intermedios que podrían ligar al espectador con las alturas metafísicas que la obra pretende. Puede sentirse admiración ante el ingenio de Solari, ante su compromiso con el tema y el sólido desarrollo de la idea; pero es problemático participar de la obra.
La puesta en escena de Mariana Percovich, emplea al edificio desafectado del Jockey Club, abundó en luces misteriosas, sucesos en altura, vampiros que se restriegan contra nuestras piernas. El edificio es una metáfora del país de Nod, un desierto que ha entrado a la ciudad: el edificio, cuyo mal gusto es notorio, representa todo lo muerto, pero invasor y dominante todavía, de un país que no sabe ni educar a sus hijos, ni impedir que huyan y vaguen errantes por el mundo, ni evitar que vivan en las orillas, aun dentro de las fronteras, ni que mue
ran cuando niños. Como decía José Trinchín, si el Uruguay tuviera lógica, 18 de Julio sería una calle de tierra. El interior de ese elefante blanco, su impávida oquedad, lo que significó en el pasado y lo que significa aún, es mucho más terrible que las maldiciones bíblicas, más desesperante que las tierras al Este del Paraíso. Heiner Müller, transformó, actualizó y mejoró con su puesta en escena a «La resistible ascensión de Arturo Ui» de Brecht, de modo que, percibido en la perspectiva del presente, Arturo Ui ha triunfado. El punto de vista desde el que comenzaríamos a comprender «El vampiro en el Jockey», sería que todos vivimos, hoy, en las tierras de Nod. *
EL VAMPIRO EN EL JOCKEY (EL ERRANTE DE NOD) de Ana Solari, un espectáculo de Mariana Percovich, con Roberto Suárez, María Elena Pérez, Sergio Pereira, María Elisa Monestier, Mariana Gómez, Lucía Gatti, Mercedes Fariña Rodrigo Etchart, Alejandro Suárez, Rafael Valeire, Patricia Mallarini y Yamandú Bordón. Iluminación de Waldo León, vestuario de Hugo Millán, puesta en escena y dirección general de Mariana Percovich. Estreno del 28 de Junio, Jockey Club.
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