Artes Visuales

Estrellas eran las de antes

Ese aspecto de la sociedad actual se proyecta con nitidez en el cine. La exposición de 39 fotografías de Marlene Dietrich en el Instituto Goethe viene a replantear o a confrontar las películas de ayer y de hoy y, en especial, el sistema de divas o estrellas. La imagen de la estrella fundó la celebridad del cine estadounidense. Los estudios se peleaban por adquirir estrellas de sus colegas rivales. Muchas no necesitaban tener un talento especial para alcanzar el estrellato. Era suficiente una especial dimensión en la pantalla, algo que sobrepasa lo natural y que le otorga, sin explicación racional posible, una seducción, anclada en el misterio, ante el gran público.

En los años veinte y treinta aparecieron los nombres perdurables de las estrellas. Algunas fueron reconocidas por sus talentos interpretativos y sus virtudes físicas. Bette Davis, Katherine Hepburn, Joan Crawford, Margaret Sullivan, Vivian Leight, Olivia de Havilland, dejaron imágenes imborrables que la revisión no logra opacar, aunque se identificaran con ciertos personajes estereotipados propios de la industria de Hollywood. La Davis dejó la impronta de una maldad sin límites (una de sus mayores actuaciones la hizo, precisamente, en La malvada, 1950), aunque no siempre fue así.

Otras tuvieron el privilegio de una personalidad tan atractiva y seductora que no importaba sus condiciones histriónicas. Greta Garbo fue una diva que la corta e interrumpida carrera multiplicó su fama en vida. Supo rodear su estampa de un aura enigmática y andrógina, de un encanto irresistible, apoyada en una voz ronca y esa inconformidad con el mundo que la empujaba a la soledad. Aunque tuvo picos de actuación lo que importaba era su magnetismo que desarmaba cualquier análisis crítico. Marie-Magdalene Dietrich se conocerá con el abreviado nombre de Marlene Dietrich. Nacida en Berlín en 1901, murió en París, en 1992, tuvo una educación esmerada en internados durante la República de Weimar (en las mismas ciudades de la Bauhaus, Dessau y Weimar), estudió violín en el conservatorio e incursionó en el teatro bajo la dirección de Max Reinhardt. Se casó y tuvo una hija (la única) y de una oscura carrera cinematográfica emergió, en 1929-30, en El ángel azul del director Josef von Sternberg, en el papel de Lola Lola, cantante de cabaret que arruina al profesor (Emil Jannings) con alusiones a una decadencia de la sociedad alemana. Fue un éxito fulminante que la llevó a Hollywood de la mano del mismo director que manipuló a la Dietrich y la transformó en la mujer fatal para siempre en las siete películas que filmaron juntos (algunas, Marruecos, El expreso a Shanghai, La Venus rubia, El diablo es una mujer) mientras otros realizadores prolongaban ese mito (El jardín de Alá, la imposible Kismet, donde hizo un vergonzoso ridículo) para reaparecer fugazmente en papeles secundarios (La vuelta al mundo en 80 días, El Juicio de Nuremberg) y dedicarse a cantar en cabarets y en giras internacionales. Estuvo en Montevideo en 1959, se presentó con el joven pianista Burt Bacharach en el teatro 18 de Julio, desgranó un programa de conocidas canciones y conquistó a un público incondicional con el saludo final envuelta en zorros plateados. A los 59 años, mantenía intacta su aureola estelar.

Era una mujer difícil. Enérgica, ambiciosa, liberada, con una firme voluntad de triunfar. Exigente con fotógrafos (ordenaba las poses, los ángulos de iluminación) y si no estaba de acuerdo, la hecatombe se precitivaba con furia. Coleccionó 15 mil fotos suyas, conservadas en excelente estado, adquiridas por el gobierno alemán con destino a la Cinemateca Alemana. Treinta y nueve de esas fotos se exhiben ahora en el Instituto Goethe y aparecen reproducidas en un hermoso catálogo. Una lectura breve que ofrece una visión acertada de la vida (y obra) de Marlene Dietrich. Estampas de la niñez con sus padres y hermana, la adolescencia con sus compañeras de clase, el casamiento con Rudolf Sieber, con su marido e hija en la playa, sola bajo una sombrilla enseñando sus piernas perfectas y su cara (todavía) gordinflona. Los primeros retratos que codificarán su rostro de erótica imprecisión, están firmados por Wolf von Gudenberg (1929) Eugene Robert Richee (1933), los sofisticadísimos de Edwdard Steichen, el amigo de Tina Modotti, George Hurrel y Cecil Beaton, el célebre, el modisto y fotógrafo (los tres de 1937, el apogeo de la actriz).

Otras poses la registran menos estereotipada. Entreteniendo a las tropas americanas con blusa y pantalones, en un ensayo en Las Vegas, estallando de risa, o en un emotivo encuentro con su amiga Tamara Lotan. Son los registros menos conocidos que acerca a la mujer y no a la diva. También hay escenas de filmes. Con Jean Gabin en Marruecos, junto a John Wayne en Seven Sinners, con Gary Cooper en Desiré, y sola en la atmósfera del cabaret de El angel azul. En otras aparece con Max Reinhardt y Ernst Lubitsch, Dorothea Wieck, Josef von Sternberg, Douglas Fairbansks Jr., Fritz Lang, Willy Brandt, así como los saludos de despedida en el Théatre L’Etoile cubierta con un tapado de zorros blancos, en 1959, los mismos que lució en Montevideo. Hay un detalle del rostro, empero, significativo y que conviene observar. Son las cejas. Se puede seguir el paso de los años (y las intervenciones quirúrgicas) en la variedad de formas. Espesas al principio, rectas y disparadas como flechas hacia afuera, arqueadas y redondas, más altas y dibujadas al final, constituyen las señales visibles de una deliberada metamorfosis. Una exposición reveladora para comparar con las estrellitas de hoy, tan fugaces como olvidables, con nombres difíciles de retener.

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje