Discípulo en problemas
Para Muir (Robert Redford), agente de la CIA con numerosas misiones clasificadas, es su último día. Pase a retiro, a cuarteles de invierno. Sin embargo, esa tensión típica de los agentes huele que el jaleo alrededor de su director indica que algo está ocurriendo, que hay un asunto en el tablero que se ha corrido de sitio. Algo no funciona, no cierra en los movimientos con premura de sus colegas y, cuando observa las pantallas, aparece el mapa de China. Habrá que indagar, sobre todo si se está a punto de firmarse un tratado entre el citado país y los Estados Unidos en apenas dos días.
Tony Scott, hermano del gran Ridley, quien se dio a conocer con el filme de culto El ansia (hoy convertida en serie televisiva) y que más tarde obtuvo un ya lejano suceso que fuese Top Gun (espaldarazo de alta popularidad por entonces para Tom Cruise, su protagonista), insiste en colocar el ojo indiscreto en la gestión u operatividad de la CIA y, en particular, en la relación que establece Muir con uno de sus agentes preferidos, Tom Bishop (Brad Pitt), un ex francotirador que intervino en la confrontación bélica en Vietnam, al que transformó en uno de los mejores y más eficientes agentes de la agencia.
Bishop está en fase de cuenta regresiva: atrapado por las autoridades chinas (y sometido a una dura estación en prisión) en una misión personal en territorio chino (por una cuestión amorosa con otro enlace londinense, Catherine McCormack, también prisionera), todo indica que la CIA no hará absolutamente nada por rescatar al ex sniper. Habrá que sacrificarlo para que la firma del tratado entre ambas naciones no obtenga turbulencias colaterales.
Más allá de estos datos que Muir irá constatando por acumulación, el filme se irá enriqueciendo de flashbacks diversos donde éste conoce y enrola en la CIA en Vietnam a Bishop en el entrenamiento de cómo operar como agente, cosa que más tarde quedará ilustrado con misiones como las de un terrorífico Beirut en llamas y bajo los escombros hacia los años ochenta.
Lo que busca decididamente Tony Scott, algo que ya había planteado en Enemigo público con el protagonismo de Will Smith y Gene Hackman, es una vez más constatar el poderío que posee la CIA para escudriñar globalmente el mundo.
La sensación de planeta vigilado, más allá de las internas que se darán entre la decisión de la agencia de no darle soporte a Bishop (Pitt) y lo que efectuará por las suyas Muir (Redford), de posición hegemónica y despiadada es uno de los elementos que sobresalen durante todo el metraje.
En ese contexto, hay aciertos: cómo Scott desnuda la ejecutividad de la CIA y cómo, no obstante, hay códigos de honor –en ese universo glacial, de palabras cortantes, de órdenes irreversibles, de gestualidades paranoides– que en algunos casos hacen que alguien (Muir) se juegue al todo o nada por ese agente condenado a muerte al que entrenó con una devoción mayor.
El trabajo por momentos nervioso de las cámaras, el uso de los primeros planos en el pesado interrogatorio que le practican a Muir los agentes de mayor rango en relación a Bishop, el sepia para las escenas de los flashbacks, enriquecen considerablemente una historia que no posee sorpresas y que, por momentos, modula las dosis de suspenso y la progresión de la dramaticidad con real esmero y un desenlace previsible. Es un filme menor, de género, que posee sus momentos gratos y que posee esmeros de estilo. *
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