Grandezas y miserias de la vida conyugal
La Argentina quiere analizarlo y medirlo todo («Si quieres ser feliz como me dices…»). Quizás no sean culpables del estado de alerta permanente, de depender de algo tan transitorio como los noticiarios, que casi por definición registran a gritos lo que no tendrá importancia alguna.
Ese estado de alerta o de alarma se expresa en una monomanía que, si nuestros hermanos no vivieran una de las catástrofes más paradojales de la historia, sería casi cómica, monomanía de la evaluación continua que encuentra estadísticas, cifras y números para todo, aun para objetos que no existen y en los que se cree sin más razón que la de que vienen en medio de cifras proyectadas en una pantalla, suficiente garantía, al parecer, de ciencia y objetividad, como, por ejemplo, las invenciones de la «sensación térmica» y el «riesgo país». Aquí, como es claro por el título, los propósitos son más modestos; pero la obsesión del balance, el juicio y hasta la sanción es la misma. Los desencantos del amor y los percances del matrimonio no tienen la ferocidad de las «Escenas conyugales» de Marcel Jouhandeau, pero «No seré feliz pero tengo marido» se aproxima a «Confesiones de mujeres de treinta» en el tono inteligente y sincero, en una lucidez que tiene un componente, digamos para estar a tono, de un 8% de dolor.
Muy poco se puede innovar en el tema y es tal vez demasiado pronto para esbozar, siquiera tentativamente, cómo será el matrimonio del siglo XXI en la clase media de los países desarrollados (por supuesto, la Argentina, como el Uruguay, lo es, en la privilegiada franja del 10% más rico de su población); pero Viviana Gómez Thorpe no tiene pretensiones, modestia providencial que permite a la autora encontrar su personal ángulo de visión.
Graciela Rodríguez ha logrado crearse un público adicto, definitivamente formado, a nuestro parecer, a partir de «Cómo rellenar un bikini salvaje». La noche en que vimos la obra su aguda sensibilidad pareció jugarle una mala pasada, y su arranque no fue feliz: se apoyó demasiado en el texto, que se oía aprendido, cuando el artista debe eliminar las costuras; parecía vacilar, pero a partir de los veinte minutos iniciales, la actriz recuperó su papel y pudimos compartir la intimidad de la desvalida si que valerosa protagonista. Rodríguez, dirigida aquí por Jorge Denevi, estuvo segura de sí misma sin alardes, dijo todo muy bien sin exhibirse, se movió con soltura no resaltada y llegó, con su especial gracia y delicada presencia, al corazón del público.
Los pronósticos suelen fracasar, pero creemos que «No seré feliz pero tengo marido» tendrá una buena temporada en el Teatro del Centro. *
NO SERE FELIZ PERO TENGO MARIDO, de Viviana Gómez Thorpe, con actuación de Graciela Rodríguez. Escenografía e iluminación de Adán Torres, vestuario de Nelson Mancebo, música de Alfredo Leirós, dirección de Jorge Denevi. En Teatro del Centro Carlos Eugenio Scheck.
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